miércoles, 7 de junio de 2017

LOS TACONES DE LUCÍA

Lo que más recuerdo de Lucía son sus tacones, su presencia delatada siempre a través de ese toc toc tan elegante, rotundo, altanero, diría. Uno podría pensar que cuando se oyen tacones en casa alguien está a punto de irse, o acaba de llegar, que el feliz ruido no durará mucho, pero con Lucía ocurría todo lo contrario: su taconeo duraría horas de aquí para allá, ora lento, ora apresurado, pero persistente en el tiempo, como un regalo de fuegos artificiales sin prisas por acabarse. Me he olvidado de la cara de Lucía, incluso de sus gestos, se me ha desdibujado en la cabeza como un ser del pasado que apenas viene a visitarme unos segundos muy de vez en cuando. Pero de su taconeo nunca me olvido. Cada vez que escucho a alguien pisando fuerte, la recuerdo a ella.
Lucía no era de mi familia, pero siempre lo pareció. Mi madre trabajaba de lunes a viernes justo a mi salida de la escuela, y la tía Rosi se encargaba de recogerme. Pero la tía Rosi siempre fue una especie de dúo, una persona que no concebías en soledad, pues andaba siempre acompañada de Lucía. Hubo un tiempo - no sé si días o semanas - en que les dije a mis compañeros de clase que Lucía era mi madre y Rosi era mi tía. Una mentirijilla a medias sólo. Me gustaba pensar que Lucía era mi madre precisamente por aquella elegancia que le salía de los tacones y le irrigaba toda su presencia, lo mismo que un árbol recoge lo mejor de la tierra y lo reparte por sus vasos leñosos de arriba abajo dándoselas de eterno e irrepetible. 
El problema es que Lucía respondió tajante ante las dudas de Magda. No, claro que no, niña. Yo no soy su madre. Sólo soy una vecina. Desde entonces perdí toda posibilidad de encariñarme con Lucía, aquel "sólo soy una vecina" me robó el deseo de una madre nueva, guapa, altísima y que trabajase menos. Me dolió también su frialdad; verme descubierto en la mentira me costó ruborizarme cual tomate durante muchos minutos, y ella, sin embargo, apenas le dio importancia al tema, y siguió a lo de siempre. Que qué es lo de siempre. Pues hablar, hablar sin parar con la tía Rosi. Era su hobby favorito. Yo nunca entendía por qué ni de qué hablaban tanto, pues lo hacían siempre con la boca llena de deícticos, este, ese, aquel, eso que te dije, lo del otro día, nena, ya sabes tú, una especie de código secreto que nadie excepto ellas entenderían. Yo, en el camino del cole a casa de la tía Rosi, me quedaba rezagado, observando quizás los tacones de Lucía, y sin que ellas ni yo pusiéramos empeño en que la conversación fuera a tres bandas. 
Creo que lo mismo le pasaba al tío Luis, el marido de la tía Rosi. Cuando Lucía estaba en casa, que era de sol a sol más o menos, el tito se mostraba en modo off, se repantigaba en su sofá, se ponía a Verdi, o metía sus pies en una palangana, y con algún periódico viejo en las manos, se dejaba acariciar por Morfeo. De vez en cuando entreabría los ojos, semidespertado por las carcajadas de Lucía o de la tía Rosi. El tito respondía con un semi-ja, con el que intentaba mostrarse complaciente con la presencia de Lucía, en casa a todas horas, sus tacones retumbando desde la planta de arriba, cuando las dos cotorras venían de El Corte Inglés con ropa nueva, y dejaban tiradas las etiquetas por el suelo, o se probaban vestidos del año catapum y no los devolvían al armario, creando esa sensación adolescente, con los vestidos por aquí y por allá, de que la vida, sus vidas, era una fiesta siempre a punto de empezar. No ocurría lo mismo con los tacones que Lucía guardaba en la casa de los titos. Los tacones siempre debían estar en orden, cuidadísimos, cada par recogidito en su caja original, y ordenados todos por orden alfabético y cronológico: Chanel 1995, Chanel 1997, Christian Louboutin, Dior, Emporio Armani, Louis Vuitton 1999, Louis Vuitton 2000. 
Si en casa ajena guardaba todos aquellos tacones, entenderán que en la suya tenía toda una estancia dedicada a ellos. Y también entenderán ahora por qué de Lucía no recuerdo su rostro ni sus gestos, y que sólo conserve el recuerdo de sus pies y de sus pasos. Casi sin cariño, sobre todo porque ella nunca me lo mostró a mí. Ni siquiera percibió la fascinación que yo sentía por su colección de tacones. Tampoco sé si le pedí que me enseñara el cuarto de su casa donde los atesoraba, pero sí sé que deseé por encima de cualquier cosa verlos, que me llevaran allí una sola vez, y saciar ese primitivo fetichismo. Una vez ambas se marcharon; era verano, imagino, justo cuando más echaba de menos a mamá, que pasaba las temporadas estivales en Mallorca, trabajando de cocinera en un hotel, yo andaba por la casa en bañador, mis piernas apenas viendo florecer mi primer vello, subí al cuarto donde Lucía guardaba los tacones de estar en casa de la tita. Los olí, les pasé la punta de mis dedos a todos, y decidí probarme unos rojos de Vuitton. Me miré todo alzado en el espejo, y comprobé que sólo ella podía hacerlos elegantes. Así que me los quité raudo y nunca más sentí el deseo perturbador de vérmelos puestos. 
                                         

Pronto las dos amigas volverían con sus prendas nuevas, o con la cesta de la compra discutiendo sobre las virtudes de las verduras, que si lo de la zanahoria para la vista es un mito, que si las espinacas apenas tienen calorías, que si la sandía no engorda pero te hincha que casi es peor, y juntas preparaban un estofado riquísimo, que el tío Luis y yo esperábamos ansiosos en el salón. Piensen que esta escena es muy machista, si quieren. Puede que lo fuera. A favor del tío Luis y de mí, tengo que decir que esas dos mujeres no nos dejaban entrar en la cocina, que si lo hacíamos, ambas y al unísono gritaban quita quita quita que todavía no está, anda y vete pal salón y no comas nada todavía. El tío Luis tenía cara de resignado. Nunca se oponía a la presencia de Lucía, a que incluso mandara más que él en su propia casa. Creo que a veces había una especie de guerra fría entre ambos: él parecía querer decir, al fin y al cabo, el marido de Rosi soy yo, y cuando llega la noche tú te vas; ella parecía decir, tu mujer sin mí no sería feliz. Pero todo era, entiéndanme, de buen rollo. Nadie discutía en aquella casa. Cuando el tío Luis estaba de buen humor, usaba su cámara para inmortalizar a las mejores amigas del mundo, que se abrazaban, se tocaban, se divertían, posaban como auténticas modelos, y sobre todo, siempre salían desternilladas, lo sé, entre mis recuerdos, porque las recuerdo a ambas con esos ojos chiquitos que se te ponen cuando la risa es muy fuerte, intentándole hacer hueco a tanta dicha, y porque también se sujetaban la una a la otra para no acabar tiradas por el suelo, como las etiquetas y los vestidos viejos. 
Como de Lucía no recuerdo el rostro, la última vez que recuerdo verla es de espaldas, haciéndole la cucharita a la tía Rosi en el hospital. La pobre tía Rosi sufrió un infarto que la tuvo seis días moribunda en la UVI, cada día más inconsciente. Al principio, Lucía, que no se separó de ella ni un minuto, le leía revistas del corazón para animarla, con su lenguaje cada vez menos deíctico, luego se limitaba a acariciarla, desde la silla de acompañante, mientras el tío Luis se tapaba los ojos con las manos en el pasillo. Cuando finalmente la tía Rosi se iba, Lucía se acurrucó en cucharita junto a ella, con su vestido incómodo y la alargadera del gotero enredada entre sus piernas. Los tacones de Lucía se quedaron por el suelo, aquí y allá. De cualquier manera. El uno debajo de la cama, el otro en la puerta del servicio. El uno de lado, el otro bocabajo. Expuestos ambos a que alguien los pisara. Aquí y allá, lejos del cuidado de Lucía. Como si ya nada importase. 

                        
                        

                        

4 comentarios:

  1. Caray profe, como estaba disfrutando esta entrada. Que sana envidia Y cuanto cariño y amor entre ambas, compartido con luis y el narrador sólo en la medida que ellas querían. Me gusta que llegaran a este silencioso acuerdo donde eran felices todos, incluso el chico que la añoraba de madre, pues parece que siempre nos suele pasar a esa edad que nos gustan todas menos nuestra madre, esto se soluciona con el tiempo, cuando ala echaba de menos en verano al irse a trabajar y seguro no la hubiera cambiado. Ya sabes que adoro cuando te centras en un detalle, los tacones, me encanta como gira todo alrededor de ellos y sólo lamento el triste final, con esos tacones que ya no valen nada para Lucia. Dulce melancolía. Adepta total a ella y a ti, me declaro. besotes profe

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    1. Cuánta verdad dices, en lo de todas menos la nuestra. Luego son bobadas. Sabía que te gustaría mucho y me gusta que cojas esa idea de felicidad entre ellas, consentida por el hombre, y disfrutada de lejos por el narrador.
      Y ¡por supuesto! gracias por la corrección! pasar a pc de madrugada no es buena idea en cuanto a errores!!
      Besos!!

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  2. Confieso que el título me trajo reminiscencias de otro personaje, pero pronto reparé en que solo compartían el nombre. Te ha quedado genial y bonita la entrada, las sensaciones que deja al final se acompasan con el ritmo de la canción. Qué categoría la del armario de Lucía! Y a pesar de ello queda opacado por su amistad. La superficialidad siendo desplazada elegante y sutilmente por la profundidad o la estética quedando relegada a segundo plano ante una belleza más real.
    Siempre he admirado cómo cuentas retazales de vida de personajes o personas que se nos van haciendo cercanos entre líneas.
    ¡Besos y un abrazote!! ;)

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    1. Sí, aquella pobre Lucía. Es un nombre muy inspirador para mí, seguro que Serrat tiene que ver en esto.
      Gracias por la admiración hacia esa forma de narrar contando detalles aparentemente nimios. La primera vez que me llamaron la atención fue leyendo a Carmen Martín Gaite, y supongo sólo intento imitar. Aunque en el detalle está el cariño, eso lo tengo claro. Besos Fritzy!!!

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