sábado, 10 de junio de 2017

CAMBIO DE PLANES

Imagínate por un momento, tampoco va a ser muy difícil, que hoy es puto lunes, que has trabajado de ocho a dos, que los pies te queman bajo el cuero, y estás deseando llegar a casa a comer algo y quitarte por fin esos zapatos. 
Has estado a punto de hacer el ridículo en dos ocasiones. En la primera, mientras mirabas a tu jefa, creías que te estaba hipnotizando con sus ojos, y has dejado cerrar los tuyos, justo cuando has visto el futuro: te desmoronabas en el suelo, vencido por esa falta de sueño que arrastras desde hace siglos. En la segunda, has confundido el teclado con una mullida almohada, y a punto, sólo a punto, has estado de escribir idjgneokfmdfjñjgntielirksdmivo con tu cabeza. 
De vuelta a casa, recuerdas que el frigorífico no es que necesite repuestos, es que está completamente vacío, que te has pasado el fin de semana, como dice la canción, bebiendo, comiendo (fumar ya no se lleva) y sin parar de reír. Y ahora tienes tu pequeña tragedia griega diaria, tu expiación de los pecados, por gozar así, tan inmerecidamente, de los días de descanso, creyendo que el lunes sólo era ciencia ficción, que nunca llegaría.
Imagínate que te has gastado cincuenta y pico euros en el súper. Que la cajera no sólo no te ha mirado a la cara, sino que tampoco te ha ayudado a meter la compra en tus tres bolsas de diez céntimos, que estás tan torpe y dormido que no has colocado bien las cosas, que si la lejía encima de los huevos, que si los plátanos al fondo, y que quizás te has dejado algo en caja. Que te duele hasta el alma cuando llevas las bolsas al maletero, que no importa, que ni siquiera piensas comer, sólo quieres llegar a tu sofá y lanzarte a él como si tu cuerpo nunca hubiera gozado de la posición horizontal. 
Imagínate ahora que estás esperando el ascensor, que te has dejado la compra en el maletero, que ya luego si eso volverás por ellas. Imagínate que el ascensor está en el sexto, que todavía tiene que bajar a ti, que alguien seguro lo ha colocado ahí, porque el mundo, por supuesto, se confabula los lunes contra ti.
                                             
Así que tendrás que esperar esa eternidad, sexto, quinto, cuar-to, ter-ce-ro, seee-guuun-doooo, pri, pri, pri, me, me, me, me, rooooo, baaaaaa, joooooo, cualquier espera desespera en una situación así, sigue imaginando. Justo cuando se abren las puertas del cielo, perdón, del ascensor, ves a una dulce ancianita cargada de bolsas, que no se queja como tú, y que intenta, con sus manos temblorosas, meter las llaves en la cerradura. 
Debe de ser la ancianita del quinto, la que vive justo encima de tu piso, la misma que de vez en cuando se desvela por la noche, que habla sola, o habla con sus muertos, que corre los muebles con esa molesta nocturnidad, y con esa poca fuerza que la vida le reserva. Seguro tiene hijos y nunca vienen a verla. Ábrele la puerta y ayúdala con las bolsas antes de que la pobre se descuajaringue en el portal. Sólo serán dos minutos.
La ancianita no podría ser más dulce. Efectivamente es la del quinto y vive sola, se queja. Le has aconsejado que utilice el servicio de compra a domicilio, pero ella replica que no quiere quedarse en casa a dejar que la vida termine de atropellarla. Tú insistes en que con esa opción, puede seguir saliendo a comprar, llenar su carrito y simplemente dejarlo en caja, pero ella no se entera o no quiere enterarse, así que desistes y vuelves a pensar en tu sofá y en cuánto le pesan los lunes a tus pies. 
Así que la acompañas hasta su misma puerta, y dejas caer las bolsas en el suelo mientras ella ha abierto con atino, dando por terminada tu obra de buena voluntad, pero la ancianita se ha metido en la cocina, dejándote la puerta abierta, de alguna manera obligándote a no marcharte todavía, o diciéndote, de una manera soterrada, si te vas justo ahora echarás por tierra tu buena acción del día, por la grosería de marcharte en el último momento. 
De esa manera te ves dentro de la casa de esa buena mujer, donde todo huele a viejo, hasta tus intenciones de echarte en el sofá, tú, que en el fondo eres un trocito de pan, sientes una inmensa ternura por la mujer que ahora te está tocando los mofletes agradeciéndote infinitamente el detallazo que has tenido con ella. 
Pero tú siempre estás demasiado cansado, demasiado ocupado, ¿cierto? o tienes demasiada prisa, o estás poco receptivo, o tienes demasiadas ganas de que te trague el sofá como para vivir al cien por cien lo entrañable de estos momentos que al fin y al cabo son irrepetibles. Puede que también tengas demasiados prejuicios y pienses que te repugna el café con leche al que la ancianita te ha invitado en agradecimiento, que quizás la leche lleva cien días en la nevera, y que el café ni siquiera es café, que es descafeinado de marca blanca. Tú, precisamente tú, que desde que te compraste esa Nespresso de última generación, aceptas con condescendencia cualquier café al que te invitan, como si el tuyo desdendiera directamente de la pierna de Juan Valdez. 
Imagínate ahora compartiendo mesa camilla con la ancianita, que por alguna extraña razón, has sido incapaz de decir no a la entrañable mujer que ahora se queja de lo mal que anda el mundo y de la poca gente joven que vive en la comunidad. Tu cabeza dibuja ahora una línea vertical, suponiendo que ahí debajo, sólo a unos seis metros, se halla tu sofá, tan solo y deseando la brutalidad de tu cuerpo cansado cayendo de golpe sobre él. Tienes la taza de descafeinado en la mano. La pobre mujer no ha caído en ponerte cucharilla, pero ya qué más da, sólo tienes que darle un par de sorbos y largarte. 
Imagínate que de repente algo no te cuadra mientras bebes. Que en el fondo de la taza, como si se hubiera quedado pegado a echar raíces, hay un objeto extraño que sientes el deseo inexcusable de identificar. Por esa, y sólo por esa razón, sigues bebiendo a sorbitos, sin paladear, para poder sobrellevar las náuseas que te están invadiendo, llevándote el café desde los dientes hasta la garganta, sin dejarlo hacer parada en las encías, y prohibiéndoles a tus glándulas salivares cumplir su función degustativa.  
Mientras la ancianita sigue hablando, tú inclinas la taza, impaciente por saber qué se esconde justo al fondo, cuando por fin la cosa toma forma, y no, no puede ser uno de los huevos de tu compra por tamaño, es algo redondo y más pequeño, algo que en principio no es fácil de reconocer pese a lo evidente, porque las cosas, cuando están fuera del lugar que la naturaleza les ha dado no son tan fáciles de reconocer. 
Pero sí, no te cabe ya la menor duda. El objeto pegado al culo de la taza es un ojo. Un ojo derecho dirías, por la ligera inclinación de la pupila hacia la izquierda. Un ojo que sufre - o sufría - de dacriocistitis, u obstrucción del saco lacrimal, como si su poseedor hubiera querido llorar durante un mes y no hubiera podido. Un iris verdoso de los que no pierden nunca la esperanza. Una esclerótica enrojecida como si hubiera soportado toda la contaminación de Pekín en sus centímetros cuadrados. 
Fijas tu mirada a intervalos, aterrorizado, comprobando que la vieja no tiene un ojo de cristal, y que ha olvidado su ojo original en la taza. No, no parece. La vieja tiene sus dos ojos originales. Ahora tienes dos opciones: decir que estás terriblemente indispuesto y que tienes que marchar ya a casa, o correr a la cocina, a poner el ojo bajo el agua, y creerte que de verdad eso que estás viendo es un ojo humano, y, ah, de paso comprobar que la vieja no guarda un cadáver en la vajilla. - Cogeré una cucharilla. No se moleste, yo voy. 
Guiado por ese instinto incontrolable, te hallas de repente en la cocina, escurriendo la taza bajo el grifo, dándole golpecitos al culo de la taza para que el ojo salga de su escondite. El ojo de repente salta al vacío, justo al borde del desagüe por donde no colaría, mostrándose ahora a la vista, y en su absoluta soledad. Imagínate a ti con las piernas temblando, sin saber qué hacer ni qué pensar. Es un ojo, un ojo humano extraído por ti mismo de una taza de descafeinado de tu vecina del quinto. Y eso no se ve todos los días.
Imagínate ahora que la vieja no está tan desvalida como el prejuicio te hizo pensar, que ha venido de la salita a la cocina a lo Usain Bolt, que se te ha colocado a la altura de la nuca, y te comenta lo muy loco que está el tiempo: que si ahora frío, uff, que si ahora calor, umm.
Imagínate por un momento que tu confundido razonamiento te ha hecho pensar que la vieja es una asesina y que te está intentando seducir, y que tú tienes que mostrarte más inteligente y rápido que ella. Así que tu primer ataque será un contraataque, desplegándole tu arte de la seducción. Imagina que le guiñas un ojo, susurrándole que sí, que mira que calor, umm,
e imagínate por último, que te percatas, de repente y por supuesto, que al guiñarle tu ojo izquierdo, el mundo se te vuelve completamente negro.  



                      

5 comentarios:

  1. Combatir la fatalidad con un buen toque de surrealismo. Seguro se está arrepintiendo de haber aceptado el café... Espero que la viejita no haya tenido que ver en la oscuridad que se ha ceñido por completo sobre el personaje o tendré que desechar la idea de que al hombre del texto se le caían literalmente los ojos del cansancio. Ojalá esté imaginando o soñando sobre el teclado sin advertirlo, porque sería el colmo de los males perder también la vista el lunes. Que descanse un poco, así al menos conserva el ojo izquierdo, jaja. ¡Abrazotes, Javier! ;)

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    1. Pista: a nadie se le cae un ojo de cansancio. Y hasta aquí puedo leer como dirían en el UN, Dos, TRES.

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    2. O sea que... Vaya, vaya, qué lunes tan macabro te has pintado!

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  2. Guauuuu!!! Que disfrute! La primera parte no me resultaba difícil de imaginar, diablos !hoy es lunes! Luego viene la trama de la anciana y claro que se sigue imaginando uno en la piel del pobre narrador y en su debate interno entre ser educado y realizar su buena acción o irse al sofá. Me he muerto de risa con lo de la Nexpreso y la pierna de Juan Valdez!! Jaja. Y después, ese espeluznante historia del ojo me ha puesto los pelos de punta. Me quedo imaginándome que pasa con la visión de su ojo izquierdo, y me encanta todas las respuestas que imagino, aunque seguro no acertaría la tuya. Siempre me sorprendes... Agradablemente! Besotes. como me gusta empezar los lunes contigo!

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    1. Bueno, tus respuestas pueden ser tan válidas como la mía, que ni sé si tengo. Lo que está claro, es que si estás demasiado cansado, no debes pararte a nada, aunque la ocasión lo merezca. Besos!!

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