martes, 2 de mayo de 2017

OCHENTAITANTOS

Ayer en la noche llovía, mamá. Podrían contarse las gotas que han caído desde que te fuiste, pero un buen rato caía con ganas. Tú sin embargo volviste en la caída de la tarde de un día de junio del ochentaitantos. Lo sé porque la calle estaba bulliciosa, sembrada de niños jugando al bote-bote, los vecinos con las sillas en la acera y sus botijos, el sudor en la frente anhelando una gotica de poniente. Me cogiste del brazo para evitar tropezarte con los adoquines más antiguos del pueblo y me alegró sobremanera tu manera de caminar, ese sobresfuerzo por parecer ligera como papá cuando sus cervicales le daban tregua. Qué grande se te ha puesto ya el gatillo, te dijo la vecina, tu matrona, esa mujer que nunca se sentaba en la calle con la silla, supongo que por su estatus, y que siempre olía bien cuando me llamaba gatillo y a mí me entraban ganas de decirle miau, qué perfume usas mujer, ya no soy un gatillo por mucho que lo pareciese al nacer. Y tú me apretabas con fuerza, con mucha más fuerza que la última noche de reyes, cuando salíamos de casa, y el niño te rozó sin querer, tú lo sabes que fue sin querer, y te me caíste como un castillo de naipes, poco a poco, rogándome que no te agarrara con fuerza que te hacía daño, y por fin en el suelo, feliz de amortiguar como pude tu caída, triste porque tu caída metaforizaba que el tiempo me te quitaba de las manos, a ti, precisamente, que te quiero tanto tantísimo y de esta manera irracional que hace que aparezcas en una tarde noche de junio del año ochentaitantos. Portabas ese calor tan tuyo en las manos que yo me asía a ellas olvidándome de la ilógica de las cosas. Pasamos de largo de la casa, querías pasear, reconocer la calle como si llevaras tiempo sin verla, mira, la casa del panadero, sigue igual de abandonada, espero que no nos entren ratas a nosotros, miraste de soslayo la casa de las gemelas y te preguntaste en voz alta qué será del parricida, si habrá salido ya de la cárcel, hace tiempo que no se oye nada, y yo quise pasar de puntillas sobre el tema, pues todavía recuerdo las gemelas, con sus vestiditos blancos saltando la comba con esa ligereza propia de las niñas delgadísimas y altísimas para su edad, con esa suerte de ordinaria valentía que les daba el hecho de ser dobles y exactamente iguales. 

Las gemelas aparecieron muertas en el pozo de su propia casa después de tres días de búsqueda infructífera por el pueblo y la provincia. Entramos en la leyenda más negra de la España más profunda, junto a Puerto Hurraco y otros hechos. Ninguno de los chicos de mi pandilla se atrevía a hablar de las gemelas de noche, por miedo a que se colasen por su almohada. Murieron - las mataron - en una época en que la muerte para nosotros no estaba en la agenda. Morirse era un pecado, un macabro atrevimiento penado con el infortunio de no pronunciar más el nombre del difunto. Imagino que por eso la memoria colectiva convirtió a las gemelas en lo más parecido a una película de pura psicosis, de esas niñas dobles que la mente perversa, y a las tres de la mañana, te planta a ambas en sendos extremos del pasillo, en modo El Resplandor, de esas niñas valientes que no tienen nada que perder y cuya mirada has de evitar a toda costa. Fuimos calle abajo y te colmé de besos porque no sabes cuánto me pesa no haberte acompañado aquel último e inesperado día tuyo. Pero te mostrabas tan parlanchina que me dejé llevar por tu brazo siempre almohado, y tus manos cálidas, con ese lunar justo debajo de tu índice, el mismo sitio donde se me dibuja a mí un corazón de tres aurículas. ¿Habrá pasado ya la lechera? Anoche se me pegó y desperdicié por lo menos medio litro. No creo, te dije, suele pasar sobre las diez. Aquí vive Rubén. ¿Cómo están? ¿Sabes si su padre ha encontrado trabajo? El pobre está entrampado hasta la médula. Pasaban coches con esa velocidad moderada tan de los ochenta, los gritos alegres de los niños, las naranjas podridas caían de sus naranjos, y las salamanquesas empezaban a buscar la luz de las farolas. Pasó Paquita con su hijo en el coche, intentando buscar aparcamiento. Dijiste que querías verla, llevabas mucho sin hablar con ella. Me enfurecí y te regañé. Mamá, Paquita pasa de ti. Sólo te ha utilizado cuando necesitaba que le prestaras cuatro duros. Tuve que comerme mis palabras; cuando Paquita te vio, os abrazasteis como pocas veces, y yo, que soy tan sentimental, me contuve dos hipos y tres lágrimas que me avisaron de que Paquita, ¿Paquita no había? ¿No había...? ¿Dos años antes que tú?
Entramos en la casa. Las macetas en su sitio. El olor a jazmín todavía delataba la reciente primavera. Corriste las cortinas y el toldo. Dejaste que la luz entrara y también llegó la hermana Mari. Sus ojos como platos buscándote hasta el servicio. La acompañé como quien quiere mostrar un hallazgo. Vas a ver cuando la mires. Está tan tan bien. Y os dejé a solas en vuestro encuentro. Nunca fui celoso con las hermanas. Me querías tanto que no me importaba compartirte. Me asomé con esa alegría propia de una tarde de junio de un año ochentaitantos, con las vacaciones recién comenzadas; la vida, una fiesta a punto de empezar; la muerte, un acontecimiento de leyenda que no habitaba nuestras agendas. 
Por detrás escuché a la Mari quejárseme, ¿dónde está? ¡yo no la veo! Fuera, en la calle, las gemelas saltaban la comba y me miraron con esa sonrisa valiente de quien se sabe repetido. Recordé a Nicole Kidman, su ética avasallada por la terrible idea de que los muertos no deben mezclarse con los vivos. Comprendí. Traté de pronunciar el nombre de mi hermana. M-A-R-I. El esfuerzo de pronunciar los cuatro fonemas de su nombre me despertó y salí de mi cama con un escalofrío que me bajaba y me subía desde el hombro derecho hasta la cintura. 
Ya no llovía, mamá. Pero tú no estabas. 
                     

2 comentarios:

  1. Escampa, mas (adentro o afuera) siempre nos moja la ausencia.

    Por cierto, está linda la perra. ¡Abrazotes!!

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  2. Casi pasea uno con vosotros. !Qué bellísimo! Ya sabes tu dulce melancolía llega hasta donde esté y hasta donde estamos. Besotes

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