jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO DE COBRO

Katy Perry, o la gata en la cocina de mármol empieza a impacientarse. Su dueño, el topillo, no suele despertar mucho más tarde del amanecer. Van a ser las nueve, y el topillo sigue sin aparecer. Katy donaría dos o tres de sus afiladas garras por un café con leche de esos deliciosos a los que acostumbra a recibir desde que la Yoli no aparece por casa. Es lo que tiene el despecho, que suele propiciar la búsqueda de otros vicios. La gata, que ya sólo responde a los gestos de su dueño, hace unos días que olvidó su nombre, porque el topillo apenas mueve la boca excepto para toser. Miren que el topillo tenía su gracia tiempo ha, que la delincuencia no va reñida con el humor, y la Yoli se le reía a carcajadas en el pecho cuando le contaba los nombres de cada uno de los gatos que tuvo. El primero fue Michael Jackson, un gato que nació negro como el tizón y que desde el segundo día comenzó a desteñirse hasta acabar pardo, y no sólo de noche. La segunda fue Sabrina, una gata que en los noventa era la dueña de todas las miradas, tan exhibicionista ella, jugueteando en la barandilla. La tercera se llamó Infanta Elena, no me pregunten por qué. Y luego vino, Katy Perry, porque no había gata en el mundo que se pareciera tanto a un can. O eso decía el topillo, cuando hablaba, cuando Yoli no se había ido. 
Nadie lo sabe. El topillo aunque no habla con nadie, llora de madrugada. Lo hace sin querer. Se despierta porque empapa su almohada de lágrimas y de ese líquido transparente que te sale sin permiso de la nariz cuando el llanto es inconsolable. El topillo entonces toca la almohada como aterrado, porque no sólo no se reconoce, sino que tampoco se soporta. Para olvidar la escenita se levanta de un bostezo, y camina raudo a la cocina donde Katy Perry aguarda por su culillo de café con leche. Hay días en que piensa que la Yoli aún está en la salita o en el cuarto de baño, pero la realidad golpea cada día más y peor. Luego se va al cuarto de baño, se mira de reojo en el espejo, y se frota con fuerza las ojeras para hacer desaparecer ese topillo que no quiere ser. Es un hombre de la vieja escuela, de los que piensan que los hombres ni deben ni pueden llorar. Entonces comienza de verdad su día, una vez desprendido de ese topillo llorón que intenta suplantarle la identidad con nocturnidad y alevosía.
Katy ya lo está esperando en la puerta meneando su colita, dispuesta a su paseo matutino. La gata lo sabe. Claro que lo sabe. El topillo está muy mal, y tiene muchas ganas de morirse. Pero qué podrá hacer ella más que consolarlo con algún lametazo a traición, o utilizar su boquita para maullarle de esa manera tan canina.
                                         


A Katy, el pueblo, sin embargo, no la conoce como Katy, sino como el gato-perro. Ya se lo pueden imaginar. Katy pasea, menea la colita, muerde, come mucho, caga en la calle y casi ladra. Es lo poquito de especial que le ha quedado al topillo. Es triste, ¿no? Ser especial a través de otro ser. Cuando los niños lo detienen por la calle, nadie mira al topillo, ni nadie puede advertir sus ojeras hinchadas de tanto llorar, con lo temido y respetado que él ha sido, con tantas veces como consiguió mantener en jaque a la poli en sus tiempos, tan famoso como se hizo cuando lo pillaron excavando un túnel entre su casa y el banco. De ahí viene su mote. No me digan que no es original la forma que tienen los pueblos de rebautizarte y señalarte de por vida. Ni Hawthorne lo habría hecho mejor en La letra escarlata. Aunque para ser justos, hemos de decir que el topillo llevaba su marca con orgullo por mucho que la Yoli intentó borrársela vistiéndolo en condiciones y convirtiéndolo en un hombre de provecho, alejado de fechorías. Entre su arrepentimiento y su fama de Robin Hood, evitó dar con sus dientes en la cárcel. Una santa, la Yoli. Hasta que se fue.
Ay Dios si el topillo me leyera la frase prohibida, sí, sí, esa que acaban de leer más arriba, que se fue, que lo abandonó, pero miren que yo no tengo la culpa de ser un narrador omnisciente y no debo ni puedo faltar a la verdad como él sí hace, que sigue diciendo que la Yoli se murió de repente una noche de verano, cuando todo el mundo, también la gata-perra, de vez en cuando se la encuentran en la puerta del supermercado con un carro rebosante de comida. Parece ser que ella y su novio compran para un mes, pues viven en una casita en el campo, idílicos, bucólicos y apartados y todo eso, dicen, hablo de oídas porque mis poderes narrativos no llegan tan lejos, en una eterna luna de miel. 
Al topillo, con tanto negar la realidad, sólo le quedan ganas de morirse. Pero qué terca es la muerte que se niega a darle gusto. Él mismo le había dado esquinazo tantas veces, como cuando en el 83 sobrevivió a dos balazos, que quizás ahora era la parca quien tomaba venganza, y se hacía de rogar. A veces vienen a buscarlo sus amigos encorvados, mellados, alicaídos. Quieren que una tarde se acerque al bar Los niños. Qué poco fiel a la realidad en este caso el lenguaje. Aunque mirándolo bien, es la forma que tiene la lengua de ahuyentar las décadas, el desgaste, los achaques, el dolor que te llega hasta las trancas y la cercanía de la muerte. Pero el topillo no quiere ir a los niños, no insistáis. Una vez accedió y al volver borracho, creyó ver a la Yoli en la mecedora con Katy Perry en el regazo. 
- No, yo con mi Yoli muerta no quiero salir ni probar pecado.
- Deja de inventar, topillo, que tú no mereces esto, hombre. El otro día salía del Ahorramás, ¡y había comprado marisco!
Entonces Katy Perry ladra como para advertirle. ¡No lo mates! Pero el topillo, al que se le han vuelto los ojos blancos de la ira, levanta al atrevido un palmo o dos del suelo y amenaza: si vuelves a venir a mi casa con ese cuento otra vez, te mato. El atrevido pone pies en polvorosa. El topillo cierra la puerta y se asombra de la reacción de su cuerpo: corazón acelerado, muñecas temblorosas, piernas que amenazan con dejarlo allá en el suelo. De repente se da cuenta, de repente, quizás, bueno, (entiéndanme, esto es duro) quizás la parca no andaba tan lejos. 
De noche no llora. Bien hecho. Está tan entusiasmado que ha olvidado darle café con leche a Katy Perry. Madura la idea. Luego duerme. Despierta. Es el día de cobro. Guau, guau, dice Katy, que traducido al español sería algo así como no lo hagas, ¡por San Antón!
Pero el topillo lo tiene claro. Este será el golpe de su vida. Abre la puerta del garaje y a la tercera consigue arrancar el Fiat amarillo que le compró a la Yoli por su cuarenta cumpleaños. Le duele la ciática al apretar el acelerador pero sólo será un minuto. Es la primera vez que tiene dos sueños. Si no atrapa el botín, pues está la otra opción. Bueno, ya saben, es duro. El topillo, el de verdad, el que no llora de noche no tiene nada que perder. 
En la tarde siguiente, los niños, los del bar, andan silenciosos. Lo único que se escucha es la tele y sus noticias: corrupción, Donald Trump, las primarias, sucesos. Butronero muerto en intento de alunizaje. Qué favorecido han sacado al topillo por la tele. Los niños brindan. Katy Perry sorbe su café con leche y suelta un maullido bien auténtico. Hasta siempre, Tomás. 

                      

4 comentarios:

  1. Ainsss! Y que será ahora da la gata sin el topillo? Pasará a compartir la luna de miel de Yoli. ..
    Me encantó como el mote se viste al personaje pegándose como una segunda piel y esa negación de la realidad, más profunda en las noches, donde se permite el llanto y esa gata- perro conocedora de tantas cosas convertida en una narradora excepcional. Muy bueno. I love it. Besotes

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    1. Yo no creo que la gata se vaya con la Yoli. Mejor que se quede con "los niños" y les dé un poco de vidilla. Gracias Amparo. Besos para ti también.

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  2. Menuda imaginación la del topillo para nombrar a sus gatos. A Katty Perry solo le faltaba cantar, si es que no lo hacía ya. Mira que sí fue el golpe de su vida y no sé si se la ha cobrado el domingo o la tristeza. Por lo menos murió haciéndole honor a su marca y con su fama intacta. Me encanta el relato con sus toques de gracia que compensan la nostalgia y el hondo sufrimiento de Tomás. ¡Besos y un abrazote! ;)

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    1. Gracias entonces por percibir ese ligero humor... hay que ser atrevido para intentar hacer gracia...

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