viernes, 24 de marzo de 2017

TÚ Y YO A PESAR DE OAKS

                        
Anoche te traje a la cama. Es una lástima que mis gritos lo estropearan todo, pero ya sabes que hay cosas que uno hace sin querer, o que hace como si realmente no las hiciera, más bien pasan, inevitablemente, como cuando sales sin paraguas y te llueve. Llevabas años sin aparecer por allí, por mi cama que ya no es mi cama, pero se te veía igual que en los noventa, como un planeta de poderosa gravedad que hace que mi cuerpo celeste o inferno sólo aspire a pegarse a tu superficie de esta manera tan torpe que tengo de pegarme a tu superficie, de pasar las palmas de mis manos por tu espalda, de girar mis dedos para que no sólo las puntas se llenen de ti, de enredar mis piernas en tus piernas con la desesperación de un adolescente que por primera vez te experimenta. Te conté que era la primera noche sin mi madre en la cama que ya no es mi cama, y accediste, en deuda quizás por todas las veces que ella te abrió la puerta cuando no tenías donde dormir, y por los colacaos preparados con batidora a media tarde de verano. Me mirabas con ternura y cierta preocupación ante mi insistencia en que ella volvería a esta cama que ya no es mi cama, que aparecería con buenas noticias acerca del más allá y todo eso que yo no sé explicar, por eso me enredo, se me enredan las palabras en el paladar, y cuando veías que me ahogaba, accedías a mi chantaje emocional y te dejabas abrazar igual que en los noventa, aunque ya no me quieras, aunque ya no te quiera, o eso creía hasta anoche, cuando traspasé todas tus atmósferas, y olías y sentías igual que en los noventa, y yo no sabía dónde esconderme el sexo para que no pensaras que aquello no era más que amor y todas las historias de los noventa cuando mi madre sí era mi madre, cuando uno no pensaba en el más allá, cuando incluso Dios sobraba en la habitación, cuando teníamos las esperanzas y el corazón tan llenos que no nos cabía ni una duda, y todos los demás nos sobraban. 
Incluso Oaks. Anoche también se vino a dormir a la cama de al lado. Él siempre tan discreto (en los noventa sabía cuánto te quería pero nunca dijo nada, ni siquiera cuando nos emborrachábamos). Y tan ingenuo. En mis relatos eligió poner su apellido en inglés para que nadie lo reconociera, como si nadie más que nosotros fuera a aprender inglés. Oaks no portaba anoche el brillo de los noventa. Traía en su cara la oscuridad de su esclerosis, el frío de la certeza de que no mereció la pena vivir. Por eso lo coloqué en la cama de al lado, para que no salpicara mis sábanas con sus malos pensamientos. 
Y me limité a seguir abrazándote, tocarte con toda la superficie de mis dedos como si allí se hallara mi memoria, adaptarme a tu figura decúbito prono y absorberte con la ansiedad de quien cree que una última vez será suficiente. Hacía tanto calor como en los noventa, pero a mí no me importaba que nuestras glándulas sudoríparas por momentos no supieran si pertenecían a mi cuerpo al tuyo o a esa cama que ya no es mi cama. 
Así que por fin llegó mi madre, supongo es lo que quería. Te había llamado a ti, a Oaks y a los noventa para evocarla. Subía quejándose del calor y de su cuerpo, no le encontré la sonrisa, me despegué de ti a pesar de la gravedad, y te gritaba, te lo dije, te lo dije, te lo dije, sabía que esta noche sí vendría, y la toqué, era de carne y hueso, la toqué para asegurarme de que me creerías, pero no le encontré la sonrisa de los noventa, y le pregunté por qué no me había avisado a tiempo para prohibirle la muerte, encadenarla a un conjuro de nunca jamás, pero no logré la sonrisa que antecede a su te quiero, entonces la busqué a gritos, mami, mami, mami, y aun así seguías sin creerme, ni tampoco el oscuro Oaks que trató de mostrarse comprensivo encendiendo la luz de la habitación. No funciona, dijo, no funciona el interruptor, así que tú abriste el balcón para que pudiéramos coger aire fresco y algo de luz, y nos sentamos a ver la noche, mami, mami, mami, seguí gritando yo al otro lado del sueño. 
                                        


Las piernas nos colgaban del balcón. Parecíamos las macetas de mamá asomadas al vacío. Las flores en descenso hacia la superficie sin miedo a que los transeúntes les cortaran el cuello. Hay que ver lo poderosa que es la gravedad. Oaks había vuelto a dormirse. Tampoco la vida onírica le valía la pena ni la sorpresa ya. Dios, qué calor hace, me dijiste. Mañana sin falta nos compramos a medias un bono de sesenta días para la piscina. 

                   

4 comentarios:

  1. Yo también pondría a dormir a Oaks en la cama de al lado, aunque quién sabe, quizá las sábanas compartidas lo llenaban de buenos pensamientos, de pronto solo necesita que alguien se los transmita... Pero claro, hay que tener en cuenta que tres son multitud. Bonito ejercicio de evocación, vivificar en otras épocas siempre hace más llevaderas las esperas de éste lado de la realidad. Por cierto que ese bono para la piscina no luce nada mal.
    ¡Besotes y un abrazo enorme!!

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    1. Oaks siempre fue un pesimista, y su realidad le dio la razón. Hay cosas que no cambian ni siquiera al otro lado de la realidad. Besosssss

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  2. Me resulta difícil creer que Oaks se muestre pesimista y débil ;)
    Ahí va otro de tus trucos de magia.
    Y dado este inciso, se que sabes que aquí me tocó mis lágrimas. Las evocaciones son dulcemente tristes pero en ti siempre, siempre, preciosas. Me encantó. Besotes

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    1. Gracias por acompañar con lágrimas sentimientos que ni yo sé cómo externalizar. Y gracias por seguir llamando al dolor "dulce melancolía". Besos!!!

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