lunes, 27 de febrero de 2017

78

(esto es lo único que puedo hacer ya por ti, hablar contigo y de ti)
78
veces creímos aquella noche que volverías, que cruzarías esa puerta de cristal y nos interrumpirías con aires de reclamo, ¡oye! ¡si estáis hablando de mí tendré que estar yo presente! Porque a ti te encantaba que hablaran bien de ti, que te reconocieran todo el amor que nos diste. Que no eras una amante de esas que dan sin esperar nada a cambio. En verdad, no esperabas nada, ni siquiera amor, pero sí reconocimiento. Por eso te escribo, porque ya va a hacer una semana que no te oigo y quiero reconocerte ante los demás. Porque me duele horrores y de ti no sé escribir bonito. Lo único bonito de todo esto es el contenido: tú. Porque intentaré buscar un final feliz para esta historia, pero lo demás sigue doliendo, y creo que dolerá siempre, hablo de caminar por la calle y todas esas historias banales y cruzarme con tu voz llamándome con la suavidad con la que sólo tú sabes hacerlo, de verte la nuca en el reflejo de un cristal, de sentir en el aire que tu olor está presente en cada cosa que digo o que hago. Hablo de todo ese dolor, de la cárcel de lo inolvidable. Pero no voy a hablar de eso, que como ya dije alguna vez, hay dolores demasiado personales para las redes sociales. Sólo hablo para reconocerte. 
Del techo salía una especie de calefactor que expulsaba un aire caliente y desagradable de esos que tú detestas, y a su lado, otro aparato con rejillas, se encendía para refrigerar, intentando equilibrar la temperatura a veintiséis grados. Cada diez minutos calefactor y refrigerador se turnaban automáticamente, produciendo una especie de bajada de tensión eléctrica que al intentar restablecerse, disminuía ligeramente la potencia de las luces e incluso producía un ligero temblor en la puerta de cristal donde parecía que dormías, provocando setenta y ocho veces la ilusión de que todo aquello no era más que un mal sueño, que te incorporarías a nuestras charlas repletas de huecos a comentar que es cierto que apenas tienes arrugas y aseverar que un día fuiste guapa y delgada, no tanto como tu hermana, pero que también tenías tu aquel. Eso sí, después de parir cinco hijos pues una no podía ser la misma. Entonces, como más vale una imagen que setenta y ocho palabras, irías a tu cuarto a enseñarnos tu foto en blanco y negro, pero por el camino quizás perdieras el hilo de la conversación y habrías vuelto con la foto de tu esposo en la mano culpando al tabaco, al hambre y al campo de que no llegara a ser el Paul Newman de Jaén. Que mira que te lo dijo veces tu madre, no escojas un hombre de campo, que el campo es desagradecido y esclavo, pero tú elegiste al bajito de ojos verdes azulados, el que mejor te iba a querer y sin dinero ni futuro te las apañaste para vivir el amor en blanco y negro como te habían enseñado a vivirlo, desde la lealtad de los que están dispuestos a caminar juntos hasta el final. 
A medida que nos fuiste naciendo a cada uno de nosotros cinco, tu vida, la personal, la que uno guarda para sí con celo debajo de las sábanas, se fue haciendo chiquita chiquita, y te convertiste en una mujer sin secretos que necesitaba hablar con quien fuera y de lo que fuera. Cómo te arrepentías de haber sido tan tímida de pequeña, cuando amaneciste a la vida en plena posguerra y os obligaron a marcharos a Sevilla, con una familia de señoritas andaluzas venidas a menos, pero con la suficiente elegancia como para que tú quisieras copiarles las formas correctas de la clase afortunada. Digamos que no sufriste de odio de clases, porque te declaraste ingenua y agradecida de presumir de que allí en aquella misma calle vivía la Piquer, y de que allí conociste por primera vez el mundo del celuloide, tan fascinante, Rita Hayworth y todas esas mujeres que adivinabas infelices, pero que sabían transmitir magia a través de la pantalla, mujeres sin prejuicios dignas de tu más pura admiración. Digamos que el cine fue tu pequeño gran fetiche. Sí, señor. Habrías dicho la otra la noche al abrir por fin la puerta. Cuando salía con vuestro padre, si teníamos dos pesetas y sólo daban para elegir entre el cine y dos cervezas, yo sin duda elegía el cine. Luego ya vino el nacernos, y dejaste que tu vida se achicara para agrandarnos la nuestra, y empezaste a conformarte con las películas de la tele, que menudas tardes de frustración en Antena3 con la tvmovies, esas pelis, te quejabas, bien repetidas, bien con argumento y reparto escasos. Por eso fuiste una de las primeras vecinas en comprarte la tele, y como eres una mujer de puertas abiertas, no dudaste en compartir con los vecinos los grandes acontecimientos de los 80, como aquel inolvidable España-Malta, cuando llamabas a tu vecina, eres pura alegría, pura generosidad desinteresada, treinta años después te convertiste en su mejor escudo anti-alzéimer, nadie sabía hacerla reír como tú, con nadie encontraba tanto calor como contigo que sabías disfrazarle las tragedias en pura comedia, luego se marchaba y tú soltabas un suspiro de cansancio, se me olvidó decirte muchas veces, tienes un corazón así de grande, pero yo creo que ya lo sabes. 
En segundo lugar, como parte de ese resquicio de tu vida chiquita, estaba la música. A Julio Iglesias y a la Pantoja te gustaba escucharlos pero no verlos, con Machín lo querías todo, más de una vez te descubrimos un suspiro cantando aquello de madresita del alma querida, justo lo mismo que yo quiero hacerte ahora, pero el dolor todavía no me deja. Me acuerdo de cuando tú perdiste a tu madre, volviste a casa tan de negro que tuve que asirme a tus gemelos para abrazarte, por ser ellos la parte más blanquita de tu cuerpo. A los once me asustaba tu figura tan oscuro acostumbrado como estaba a tus vestidos floreados, cuando la vida aún se me dibujaba eterna y tú no eras más que un cielo, daba igual si azul radiante u oscurecido de problemas económicos, eso no importaba, yo sólo tenía que decir tu nombre y tú contestarías, una existencia sempiterna e incondicional, un sí o sí, un estoy detrás de las tormentas y caídas, un siempre me encontrarás velando por ti, deseosa de nada para ti y de todo lo mejor para nosotros. Tú eres lo más parecido al concepto de Dios. Uno podía separarse de ti un tiempo, volver a casa y encontrar tu sonrisa en forma de sorpresa entre fingida y ensayada extendiéndose por el suelo de tu casa como una alfombra gigante, bienvenidos a casa, hijos, regalándonos un sentido de pertenencia, regalándonos siempre gratis un sentido de pertenencia, de raíces tan bien arraigadas en la tierra por mucho que nuestras ramas se troncharan en lo inviernos duros. 
Tu amor incondicional fue mermando lo que yo llamo tu propia vida, la personal, la que te hace pedir deseos propios. La perdiste cuando te dedicaste en cuerpo y alma a tu chico de ojos verdes azulados, cuando te empeñaste en suplir nuestras carencias con tus viajes improvisados, cuánto te gustaba viajar en tren. Tú y tu maleta. Ayer la abrimos. Allí guardabas los recuerdos del día de la madre, sin reparo, sin desconfianza de que nadie te robara los recuerdos y tesoros, porque tú nunca guardabas secretos. Te encantaba regalarlos, por eso salías a la calle a hablar con las vecinas y uno no sabía cuándo volverías, y cuando por fin aparecías, traías cara de adolescente rebelde, sí, me he parado a hablar una hora y media, ¿algún problema? Eres una mujer de puertas abiertas, así te recuerdan todas las chicas que yo llevaba a estudiar a casa, les extendías la alfombre de bienvenida a casa, qué moderna tu madre, me decían, ¿moderna? contestaba yo incrédulo. Les contabas batallitas del pasado y algún chiste que provocaba más carcajadas por la forma que por el contenido, mientras yo mantenía una tensa sonrisa temeroso de que se te escapara alguna intimidad. Hablabas a la par que pensabas. No había censura. Alguna vez te acusé de imprudente y tú me castigabas con silencio, pero el silencio y tú nunca os llevasteis bien, por eso mantuvimos intacta la esperanza de que saldrías de aquel cuarto aquella noche cada vez que crujía la puerta de cristal, y nos dirías, ¡no! ¡no! ¡que no cunda el pánico! este es un guion equivocado de la vida, este día no podía llegar tan pronto y sin avisar, porque yo soy eterna, debo ser eterna viendo que me queréis tanto tanto y ahora tengo más motivos aún para ser lo que más me gusta ser: la espectadora feliz de vuestras vidas felices. En nuestros últimos meses las conversaciones se redujeron a una ¿ya ha merendado el niño? ¿y tú? ¿qué has comido? e incluso en los peores días de sándwich plastificado, yo me inventaba un plato suculento para oírte decir, coño, entonces te has preparado, daba gusto la facilidad de tu felicidad. Entonces mi imaginario plato repleto de proteínas e hidratos se convertía en objeto de tu conversación con quien fuera que hablases. Y yo volvía a quejarme. A la vecina no le importa si mi pollo era frito o asado, mami, y volvías a molestarte, niño, déjame que hable de lo que yo quiera. Daba gusto sentirte tan feliz con tan poquito. Yo casi nunca quería abrazarte, creo que somos tan parecidos, que nos conocemos muy bien, temía que pensaras que te abrazaba porque barruntaba tu marcha, yo sé que comprendes mi silencio, que me conocías demasiado bien como para no saber cuánto te quiero, sabes incluso que cuando te sentabas a mi lado en el sofá, yo adoraba tocarte ese lunar azul pero lo disimulaba todo convirtiendo el tacto en una fingida exploración dermatológica. Qué bien se sentían tus manos, qué bien se sentía tu voz de fondo, otra vez acercándote al concepto de Dios, otra vez eres cielo, hay días que quizás no te pensé demasiado porque eras cotidiana y omnipresente, no era necesario invocarte, por eso me parecía increíble que la otra noche no salieras por la puerta de cristal, que tú, destinada a ser eterna, ya te habías librado de unas cuantas, y ésta, ninguna, podía ser la definitiva. Como aquella peritonitis antes de nacernos, cuando por fin despertaste y te encontraste con tu Paul Newman, con sus ojos azules tan abiertos, que decidiste lanzarte a ellos para vivir en ellos hasta el final. Desde entonces lo elegiste a él y para siempre, porque aunque no supiera decirlo y expresarlo como en las películas de Hollywood, el amor era el mismo. 

                            

Qué suerte tan infinita los que hemos sido tus hijos, mami. Qué bien olían tus mañanas de granos de café en el molinillo, mis amaneceres de Edipo de ocho a diez, tus cenas de pan con tomate y aceite, tus noches de sueño ligero con la puerta de tu dormitorio siempre abierta, atenta a quién entraba y salía. Qué fortuna tan inmensa mirar a la derecha y saber que una vez en casa y pronunciado mi nombre, dormirías más tranquila. Qué reconfortante tu mano en la frente cuando vomitaba por empacho y tus manos untadas de vicks vaporub para aliviar la tos, qué alegría tan inmensa gritar tu nombre y saber que me responderías desde cualquier parte de la casa que estuvieras, qué suerte tan inmensa recibirte en mi casa con tu maleta medio llena de unas mudas, tus caramelos Werthers, y tu minicafetera para hacerte descafeinados, tu presencia siempre grata, tu amor infinito no siempre verbalizado pero siempre visible como un aura en el sillón donde pasabas tus tardes de bostezo, más allá siempre de cualquier miedo, por encima del relámpago, tan real como tus manos y tus ojos incapaces de enhebrar agujas pero dispuestas siempre a inventarte trucos de la nada, enseñándome a tener paciencia justo para estos días, cuando te buscara, y ya no pudiera encontrarte. Nuestro nombre tiene tu voz. 
¿Sabes? A medida que despuntaba ese horrible día de frío levante, el crujido de la ventana se hizo imperceptible por el bullicio de la gente que vino a despedirte, y la esperanza del milagro de tu voz se nos desvanecía con una crueldad indecible. Hablar sobre una realidad sin retorno es lo más difícil que he podido escribir, y aunque he de confesar que me ha costado horrores, has de saber que lo he hecho por ti, no por mí, para reconocerte. Que alguna vez hemos envidiado a los famosos de la tele, pero no a los del corazón, sino a los que pueden presumir de haber hecho algo grande en su vida. Tú también tienes algo grande de lo que presumir: TÚ.
Y todo el amor regalado y esparcido sin secretos ni censuras a lo largo de tus setenta y ocho años de vida. Hasta que aquella mañana comprendimos que no saldrías por ninguna puerta porque ya corrías por nuestra sangre, porque ya nos habitabas dentro, porque ya sólo Dios sabe cuánto te queremos, porque tu amor incondicional ya tatuaba la piel de cada uno de nosotros cinco. 
Tú no te irás nunca.


                       

1 comentario:

  1. Aquí, mi querido amigo, poco que comentar de nuevo. por más que lo leo mi cabeza queda en blanco y mi corazón lleno de ese sentimiento tan tuyo. Sólo me queda decirte que es un orgullo y un honor que escriban así de bello sobre uno. No hay mejor homenaje. TK

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