lunes, 23 de enero de 2017

YOGURES

De profesión, follador empedernido. Su corazón cerrado con llave al amor y sus diminutivos. Gozaba del descaro y la imprudencia propios de los de diecinueve, si bien aseguraba tener diez más. Me pedía casi sin el miedo que hace creíble el ruego que no lo olvidara cada vez que lo devolvía al tren con destino a otra ciudad fantasma. Yo no podía olvidarlo. Él a mí, sí. Eran esas las reglas no escritas con errores ortográficos. Joven hermoso con manos de martillo. ¿Qué comeremos? Medallones de solomillo, tu plato favorito. Mientras, sírvete. Su lugar favorito era la cocina. No le dejo a nadie fumar en ningún sitio que no sea la cocina. Allí siempre le esperaba su botella de ron cacique, y un saquito de marihuana anudado con cintas doradas que compraba con premeditación y cariño cada jueves. Mientras yo terminaba de cocinar, abría la puerta de la nevera con esa naturalidad propia de los de diecinueve, y yo me sentía ya sin ropa, como si se me hubiera asomado sin permiso a mi corazón hueco. 
                                         


-Tu nevera parece la de un hombre, nena. Esos yogures te van a caducar, nena, ¿me los como? 
- Con que me dejes uno para la noche, vale.
-¿Podré venir mañana, nena?
- No, sólo los viernes. Ya sabes.
Mis respuestas solían ser simples, tratando de adaptarse a la simplicidad de sus preguntas, y a su memoria de pez. ¿Me olvidarás? No. ¿Me vas a bloquear otra vez? No. Y sus manos subían por mi entrepierna balbuceando alguna canción olvidada del verano. Le daba indicaciones precisas para que no divagara. 
Aquí.
          Así. 
                  Allí. 
Nunca más allá, por lo impreciso del adverbio. No lo llamaré mañana viernes, ni tampoco el resto de mis quintos días de la semana. Aunque no me olvide de sus manos, ni de sus infiernos que tan bien encajaban con mi nevera vacía. No me olvido de sus monosílabos, ni del gusto de escucharlo llamarme puta para que se le pusiera del todo dura, ni tampoco de su manera de hacerme flotar en la encimera. 
Intentaré recordarlo. Y si amenaza el olvido, tengo su nombre tatuado en los yogures. 
             

2 comentarios:

  1. ¡Qué chévere leerte! Si alguien sale perdiendo, el olvido no ha cerrado un buen acuerdo. Por eso a las reglas selladas con errores ortográficos vale más no hacerles caso. Tal parece que los yogures se eternizarán a su nombre o, quién sabe, quizá su nombre caduque con los yogures. ¡Abrazote!! ;)

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  2. Cierto, el nombre, aunque tatuado, caducará con los yogures seguramente, pero esta forma tan tuya de hablar de olvido, infiernos y placeres carnales, se tatúa en el alma. !Una gozada leerte!
    Y un inciso personal, !caray, que poco me gustan las reglas implícitas no pronunciadas!
    Besazos

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