jueves, 26 de enero de 2017

ALAS

 ¿No eras tú quien me hablaba? Sí, ahora lo recuerdo todo. Estábamos felices de coincidir en el mismo sueño. Imagino que por todo lo que eso implica: sí, estábamos tan compenetrados que teníamos el mismo sueño y caminábamos juntos por él. A quién no le parecería espectacular semejante simbiosis onírica. 
- Salta, salta con más fuerza, es como si estuviéramos en la luna. 
- ¿Pero de verdad crees que esto es un sueño? 
- Pues claro. En los sueños no existe el gusto ni el tacto ni el olfato ¿A que no puedes comerte esta tajada de sandía?
- Salta, salta con más fuerza. Aprovecha el momento y vuela. Y no grites, si gritas uno de los dos despertará y se acabará todo esto.
-¿Y por qué no saltas conmigo?-
- Mira, intenta explotar esta pompa - y yo me quedaba mirando el vacío, como intentando atrapar una mosca que no existe. - Si esto no fuera un sueño, se te habría roto en los dedos- 
- ¿Salto con el niño? - te pregunté.
                                            

- No - lo cogiste - podría llorar de la impresión y despertarnos. ¿Y tú no quieres que despertemos, verdad, cielo?
Por fin salté. Y cuando te vi comprobar que el bote de hacer pompas estaba tan vacío como tu sonrisa, la gravedad ya celebraba con anticipo su victoria. 
                            

                      

miércoles, 25 de enero de 2017

MERCROMINA

-¿Te acuerdas cuando me obsesioné con aquella canción, mamá? ¡Lo más cercano a Michelle Pfeiffer que hayas conocido!
-Sí, la del nudo en la garganta, siempre te gustó nadar a contracorriente. 
- Me gusta cuando me la cantas, aunque se me haga un nudo en la garganta porque te equivocas con la letra. 
- ¿Quieres que te la cante otra vez?
                                
Madre e hijo, Pablo Picasso. -Aceite-
- Sí, por favor.

- Yo te canto y tú me cuentas otra vez los motivos por los que amabas tanto a tu papá.
- Hecho.
                          
                      
A mi papá lo amaba tanto porque siempre me quitaba los miedos escondidos debajo de la cama. Porque su voz se extendía por toda la casa como un perfume de esos caros, que apenas percibes pero sabes que está. Porque sus ojos casi siempre eran los míos y mis miradas eran un puzzle por hacer que sólo adquiría forma cuando sus ojos me veían.
A papá lo amaba cuando tú me regañabas. Siempre sería posible que él llegara, te desdijera, y levantara tus castigos, aunque tú te fueras a la cama. También lo amaba cuando me cogía en volandas, y giraba y giraba, mis brazos abiertos, un poco de dolor en las muñecas, quizás, pero valía la pena volar con la seguridad de que no habría zarpazo teniéndolo a él como eje del mundo. También lo amaba cuando llegaba con un ramo de flores para ti; tú te levantabas de la cama, salías por fin de tu habitación, no sabes qué triste era que pasaras la tarde con el maquillaje, todo el tiempo sombra aquí, todo el tiempo sombra allá, que si tonos grises en los pómulos, que si un rojo cada vez más escarlata. Además, un ramo de flores indicaba que para mí seguro había regalo. Cógelo, mamá, pensaba yo. No le hagas ascos al ramo, él te trae amapolas porque estás tan mohína, dale las gracias y no vuelvas a hacer como la otra vez, que se las pisoteaste. No estaba bien que le hicieras eso, mamá. 
Pero, ¿sabes cuál fue el día que más lo amé, mamá? Fue el día en que se fue. ¿Te acuerdas? Dejaste de pintarte los labios con mercromina. 

lunes, 23 de enero de 2017

YOGURES

De profesión, follador empedernido. Su corazón cerrado con llave al amor y sus diminutivos. Gozaba del descaro y la imprudencia propios de los de diecinueve, si bien aseguraba tener diez más. Me pedía casi sin el miedo que hace creíble el ruego que no lo olvidara cada vez que lo devolvía al tren con destino a otra ciudad fantasma. Yo no podía olvidarlo. Él a mí, sí. Eran esas las reglas no escritas con errores ortográficos. Joven hermoso con manos de martillo. ¿Qué comeremos? Medallones de solomillo, tu plato favorito. Mientras, sírvete. Su lugar favorito era la cocina. No le dejo a nadie fumar en ningún sitio que no sea la cocina. Allí siempre le esperaba su botella de ron cacique, y un saquito de marihuana anudado con cintas doradas que compraba con premeditación y cariño cada jueves. Mientras yo terminaba de cocinar, abría la puerta de la nevera con esa naturalidad propia de los de diecinueve, y yo me sentía ya sin ropa, como si se me hubiera asomado sin permiso a mi corazón hueco. 
                                         


-Tu nevera parece la de un hombre, nena. Esos yogures te van a caducar, nena, ¿me los como? 
- Con que me dejes uno para la noche, vale.
-¿Podré venir mañana, nena?
- No, sólo los viernes. Ya sabes.
Mis respuestas solían ser simples, tratando de adaptarse a la simplicidad de sus preguntas, y a su memoria de pez. ¿Me olvidarás? No. ¿Me vas a bloquear otra vez? No. Y sus manos subían por mi entrepierna balbuceando alguna canción olvidada del verano. Le daba indicaciones precisas para que no divagara. 
Aquí.
          Así. 
                  Allí. 
Nunca más allá, por lo impreciso del adverbio. No lo llamaré mañana viernes, ni tampoco el resto de mis quintos días de la semana. Aunque no me olvide de sus manos, ni de sus infiernos que tan bien encajaban con mi nevera vacía. No me olvido de sus monosílabos, ni del gusto de escucharlo llamarme puta para que se le pusiera del todo dura, ni tampoco de su manera de hacerme flotar en la encimera. 
Intentaré recordarlo. Y si amenaza el olvido, tengo su nombre tatuado en los yogures. 
             

viernes, 6 de enero de 2017

GAFAS

Era mayo de 2016, toda una eternidad, ya ven, el mes de tu cumpleaños, un detalle que nada tiene que ver si exceptuamos aquella canción que decía y que se muera hoy hasta el último poeta, pero que me quedes tú.
El mundo entero casi se nos cae - otra vez - como cuando descubrimos los retoques de la señora Cecilia sobre el Ecce Homo de Borja, casi como cuando los españolitos nos desternillábamos de risa a costa de Ana Botella y su relaxing cup of café con leche y nos rasgábamos las mentiduras, bilingües todas, y criadas en OV&RP (original version and received pronunciation).
En aquella ocasión el objeto que provocó nuestro grito en los cielos, oh, sí, fueron unas gafas. Éstas:
                                        

El harte a muerto, el apocalipsis se está acercando, la raza humana se está yendo a la mierda, decían todas esas personas tan expertas en arte y que sienten el deber moral de establecer el punto exacto de dónde empieza el arte y dónde acaba. Son ellos unos enviados de Apolo que viven en la tierra con el fin de salvaguardar nuestro gusto estético, y no dudarán en decirnos qué debemos leer, qué debemos ver, y qué debemos escuchar. 
Así que yo, que también sé mucho de arte, pues he estado una vez en el Reina Sofía, y dos en El Prado, he decidido hacer mi propia aportación - erudita - al tema. No piensen que no comprendo el sentimiento de vergüenza, ajena, por supuesto, porque todos somos muy dignos siempre y cuando el ridículo lo hagan otros, pero antes de que se acaben los anuncios del Sálvame, no, no, yo no... yo soy más de Acacias 38, piensen por un momento: ¿es necesario que haya unos señores que nos digan lo que es arte y lo que no? Aquellas gafas en el museo eran arte porque el contexto lo propició, ¿no creen? No quiero tampoco que se alarmen, no estoy proponiendo llevar pastas de dientes ni cargadores de móviles al Guggenheim de Santander. Sólo digo que de vez en cuando deberíamos mirar más allá de esos talibartes, comprender que el arte es jodidamente anárquico, y que si esa gente consideró que las gafas colocadas con viralidad y alevosía por un adolescente que pretendía reírse del mundo eran puro arte, déjenlos, joder, o es que ¿no han soñado nunca que su primera carta de amor era una auténtica obra de arte? Que ya sé que es un topicazo, pero la belleza está en los ojos de quien mira. 
Mírenme a mí, por ejemplo. Optimista artístico perdido. Llevo escritos cuatro párrafos y ya he pensado varias veces que éste es el mejor artículo del mundo sólo porque no paro de pensar en esas gafas. Son exactamente iguales que las que tú llevabas cuando te quedaste a dormir en el cuarto de al lado y otros cuentos. 
                                   
                        y