viernes, 23 de junio de 2017

EL PERSONAL COACH

EL PERSONAL COACH
ha venido para motivarnos
contesta siempre con paciencia
tiene respuestas positivas para todo
nosotras siempre preguntamos
mucho
para que se quede más tiempo
con su traje ajustado.
Las chicas no reconocemos que no
nos burlamos
de
él
que nos gusta cómo se perfila
el tupé
y se almidona
la pernera.
Nos hemos vuelto laxas
consentidas
risueñas,
todas excepto Martina,
que es una amargada
reprimida
contenida
refrenada.
Nuestro personal coach
se muestra acalorado
cuando nos ponemos
pesadas,
casi pierde ese aire de
don
licenciado.
Siempre recurre a la granja
de su abuelo
que si las vacas, que si los cerdos,
que si las gallinas, que si las cabras,
y yo aún no entiendo la relación,
entre el módulo de producción
y las ubres de la vaca,
repita, por favor, una vez más,
yo es que soy cosmopolita,
y no alcanzo a entender
a qué huele
la granja
de su abuelo,
quiero que me arranque,
el trajecito de moda.
El viernes,
se me mojaron las medias,
cuando el muy listo,
se nos puso cerca del oído
y nos pidió
permiso.
El lunes entré al baño
apurada
y el personal coach salió
acalorado
perfilándose el tupé
almidonándose la pernera.
En un cubículo estaba
Martina
con la cara desencajada
los ojos desorbitados
la sonrisa inevitable,
me llamó al cubículo
entré y eché el cerrojo
me dijo algo que no alcancé a entender
tan ebria Martina,
me acerqué tanto como pude.
Martina olía a granja del abuelo.

                              


                    

sábado, 10 de junio de 2017

CAMBIO DE PLANES

Imagínate por un momento, tampoco va a ser muy difícil, que hoy es puto lunes, que has trabajado de ocho a dos, que los pies te queman bajo el cuero, y estás deseando llegar a casa a comer algo y quitarte por fin esos zapatos. 
Has estado a punto de hacer el ridículo en dos ocasiones. En la primera, mientras mirabas a tu jefa, creías que te estaba hipnotizando con sus ojos, y has dejado cerrar los tuyos, justo cuando has visto el futuro: te desmoronabas en el suelo, vencido por esa falta de sueño que arrastras desde hace siglos. En la segunda, has confundido el teclado con una mullida almohada, y a punto, sólo a punto, has estado de escribir idjgneokfmdfjñjgntielirksdmivo con tu cabeza. 
De vuelta a casa, recuerdas que el frigorífico no es que necesite repuestos, es que está completamente vacío, que te has pasado el fin de semana, como dice la canción, bebiendo, comiendo (fumar ya no se lleva) y sin parar de reír. Y ahora tienes tu pequeña tragedia griega diaria, tu expiación de los pecados, por gozar así, tan inmerecidamente, de los días de descanso, creyendo que el lunes sólo era ciencia ficción, que nunca llegaría.
Imagínate que te has gastado cincuenta y pico euros en el súper. Que la cajera no sólo no te ha mirado a la cara, sino que tampoco te ha ayudado a meter la compra en tus tres bolsas de diez céntimos, que estás tan torpe y dormido que no has colocado bien las cosas, que si la lejía encima de los huevos, que si los plátanos al fondo, y que quizás te has dejado algo en caja. Que te duele hasta el alma cuando llevas las bolsas al maletero, que no importa, que ni siquiera piensas comer, sólo quieres llegar a tu sofá y lanzarte a él como si tu cuerpo nunca hubiera gozado de la posición horizontal. 
Imagínate ahora que estás esperando el ascensor, que te has dejado la compra en el maletero, que ya luego si eso volverás por ellas. Imagínate que el ascensor está en el sexto, que todavía tiene que bajar a ti, que alguien seguro lo ha colocado ahí, porque el mundo, por supuesto, se confabula los lunes contra ti.
                                             
Así que tendrás que esperar esa eternidad, sexto, quinto, cuar-to, ter-ce-ro, seee-guuun-doooo, pri, pri, pri, me, me, me, me, rooooo, baaaaaa, joooooo, cualquier espera desespera en una situación así, sigue imaginando. Justo cuando se abren las puertas del cielo, perdón, del ascensor, ves a una dulce ancianita cargada de bolsas, que no se queja como tú, y que intenta, con sus manos temblorosas, meter las llaves en la cerradura. 
Debe de ser la ancianita del quinto, la que vive justo encima de tu piso, la misma que de vez en cuando se desvela por la noche, que habla sola, o habla con sus muertos, que corre los muebles con esa molesta nocturnidad, y con esa poca fuerza que la vida le reserva. Seguro tiene hijos y nunca vienen a verla. Ábrele la puerta y ayúdala con las bolsas antes de que la pobre se descuajaringue en el portal. Sólo serán dos minutos.
La ancianita no podría ser más dulce. Efectivamente es la del quinto y vive sola, se queja. Le has aconsejado que utilice el servicio de compra a domicilio, pero ella replica que no quiere quedarse en casa a dejar que la vida termine de atropellarla. Tú insistes en que con esa opción, puede seguir saliendo a comprar, llenar su carrito y simplemente dejarlo en caja, pero ella no se entera o no quiere enterarse, así que desistes y vuelves a pensar en tu sofá y en cuánto le pesan los lunes a tus pies. 
Así que la acompañas hasta su misma puerta, y dejas caer las bolsas en el suelo mientras ella ha abierto con atino, dando por terminada tu obra de buena voluntad, pero la ancianita se ha metido en la cocina, dejándote la puerta abierta, de alguna manera obligándote a no marcharte todavía, o diciéndote, de una manera soterrada, si te vas justo ahora echarás por tierra tu buena acción del día, por la grosería de marcharte en el último momento. 
De esa manera te ves dentro de la casa de esa buena mujer, donde todo huele a viejo, hasta tus intenciones de echarte en el sofá, tú, que en el fondo eres un trocito de pan, sientes una inmensa ternura por la mujer que ahora te está tocando los mofletes agradeciéndote infinitamente el detallazo que has tenido con ella. 
Pero tú siempre estás demasiado cansado, demasiado ocupado, ¿cierto? o tienes demasiada prisa, o estás poco receptivo, o tienes demasiadas ganas de que te trague el sofá como para vivir al cien por cien lo entrañable de estos momentos que al fin y al cabo son irrepetibles. Puede que también tengas demasiados prejuicios y pienses que te repugna el café con leche al que la ancianita te ha invitado en agradecimiento, que quizás la leche lleva cien días en la nevera, y que el café ni siquiera es café, que es descafeinado de marca blanca. Tú, precisamente tú, que desde que te compraste esa Nespresso de última generación, aceptas con condescendencia cualquier café al que te invitan, como si el tuyo desdendiera directamente de la pierna de Juan Valdez. 
Imagínate ahora compartiendo mesa camilla con la ancianita, que por alguna extraña razón, has sido incapaz de decir no a la entrañable mujer que ahora se queja de lo mal que anda el mundo y de la poca gente joven que vive en la comunidad. Tu cabeza dibuja ahora una línea vertical, suponiendo que ahí debajo, sólo a unos seis metros, se halla tu sofá, tan solo y deseando la brutalidad de tu cuerpo cansado cayendo de golpe sobre él. Tienes la taza de descafeinado en la mano. La pobre mujer no ha caído en ponerte cucharilla, pero ya qué más da, sólo tienes que darle un par de sorbos y largarte. 
Imagínate que de repente algo no te cuadra mientras bebes. Que en el fondo de la taza, como si se hubiera quedado pegado a echar raíces, hay un objeto extraño que sientes el deseo inexcusable de identificar. Por esa, y sólo por esa razón, sigues bebiendo a sorbitos, sin paladear, para poder sobrellevar las náuseas que te están invadiendo, llevándote el café desde los dientes hasta la garganta, sin dejarlo hacer parada en las encías, y prohibiéndoles a tus glándulas salivares cumplir su función degustativa.  
Mientras la ancianita sigue hablando, tú inclinas la taza, impaciente por saber qué se esconde justo al fondo, cuando por fin la cosa toma forma, y no, no puede ser uno de los huevos de tu compra por tamaño, es algo redondo y más pequeño, algo que en principio no es fácil de reconocer pese a lo evidente, porque las cosas, cuando están fuera del lugar que la naturaleza les ha dado no son tan fáciles de reconocer. 
Pero sí, no te cabe ya la menor duda. El objeto pegado al culo de la taza es un ojo. Un ojo derecho dirías, por la ligera inclinación de la pupila hacia la izquierda. Un ojo que sufre - o sufría - de dacriocistitis, u obstrucción del saco lacrimal, como si su poseedor hubiera querido llorar durante un mes y no hubiera podido. Un iris verdoso de los que no pierden nunca la esperanza. Una esclerótica enrojecida como si hubiera soportado toda la contaminación de Pekín en sus centímetros cuadrados. 
Fijas tu mirada a intervalos, aterrorizado, comprobando que la vieja no tiene un ojo de cristal, y que ha olvidado su ojo original en la taza. No, no parece. La vieja tiene sus dos ojos originales. Ahora tienes dos opciones: decir que estás terriblemente indispuesto y que tienes que marchar ya a casa, o correr a la cocina, a poner el ojo bajo el agua, y creerte que de verdad eso que estás viendo es un ojo humano, y, ah, de paso comprobar que la vieja no guarda un cadáver en la vajilla. - Cogeré una cucharilla. No se moleste, yo voy. 
Guiado por ese instinto incontrolable, te hallas de repente en la cocina, escurriendo la taza bajo el grifo, dándole golpecitos al culo de la taza para que el ojo salga de su escondite. El ojo de repente salta al vacío, justo al borde del desagüe por donde no colaría, mostrándose ahora a la vista, y en su absoluta soledad. Imagínate a ti con las piernas temblando, sin saber qué hacer ni qué pensar. Es un ojo, un ojo humano extraído por ti mismo de una taza de descafeinado de tu vecina del quinto. Y eso no se ve todos los días.
Imagínate ahora que la vieja no está tan desvalida como el prejuicio te hizo pensar, que ha venido de la salita a la cocina a lo Usain Bolt, que se te ha colocado a la altura de la nuca, y te comenta lo muy loco que está el tiempo: que si ahora frío, uff, que si ahora calor, umm.
Imagínate por un momento que tu confundido razonamiento te ha hecho pensar que la vieja es una asesina y que te está intentando seducir, y que tú tienes que mostrarte más inteligente y rápido que ella. Así que tu primer ataque será un contraataque, desplegándole tu arte de la seducción. Imagina que le guiñas un ojo, susurrándole que sí, que mira que calor, umm,
e imagínate por último, que te percatas, de repente y por supuesto, que al guiñarle tu ojo izquierdo, el mundo se te vuelve completamente negro.  



                      

miércoles, 7 de junio de 2017

LOS TACONES DE LUCÍA

Lo que más recuerdo de Lucía son sus tacones, su presencia delatada siempre a través de ese toc toc tan elegante, rotundo, altanero, diría. Uno podría pensar que cuando se oyen tacones en casa alguien está a punto de irse, o acaba de llegar, que el feliz ruido no durará mucho, pero con Lucía ocurría todo lo contrario: su taconeo duraría horas de aquí para allá, ora lento, ora apresurado, pero persistente en el tiempo, como un regalo de fuegos artificiales sin prisas por acabarse. Me he olvidado de la cara de Lucía, incluso de sus gestos, se me ha desdibujado en la cabeza como un ser del pasado que apenas viene a visitarme unos segundos muy de vez en cuando. Pero de su taconeo nunca me olvido. Cada vez que escucho a alguien pisando fuerte, la recuerdo a ella.
Lucía no era de mi familia, pero siempre lo pareció. Mi madre trabajaba de lunes a viernes justo a mi salida de la escuela, y la tía Rosi se encargaba de recogerme. Pero la tía Rosi siempre fue una especie de dúo, una persona que no concebías en soledad, pues andaba siempre acompañada de Lucía. Hubo un tiempo - no sé si días o semanas - en que les dije a mis compañeros de clase que Lucía era mi madre y Rosi era mi tía. Una mentirijilla a medias sólo. Me gustaba pensar que Lucía era mi madre precisamente por aquella elegancia que le salía de los tacones y le irrigaba toda su presencia, lo mismo que un árbol recoge lo mejor de la tierra y lo reparte por sus vasos leñosos de arriba abajo dándoselas de eterno e irrepetible. 
El problema es que Lucía respondió tajante ante las dudas de Magda. No, claro que no, niña. Yo no soy su madre. Sólo soy una vecina. Desde entonces perdí toda posibilidad de encariñarme con Lucía, aquel "sólo soy una vecina" me robó el deseo de una madre nueva, guapa, altísima y que trabajase menos. Me dolió también su frialdad; verme descubierto en la mentira me costó ruborizarme cual tomate durante muchos minutos, y ella, sin embargo, apenas le dio importancia al tema, y siguió a lo de siempre. Que qué es lo de siempre. Pues hablar, hablar sin parar con la tía Rosi. Era su hobby favorito. Yo nunca entendía por qué ni de qué hablaban tanto, pues lo hacían siempre con la boca llena de deícticos, este, ese, aquel, eso que te dije, lo del otro día, nena, ya sabes tú, una especie de código secreto que nadie excepto ellas entenderían. Yo, en el camino del cole a casa de la tía Rosi, me quedaba rezagado, observando quizás los tacones de Lucía, y sin que ellas ni yo pusiéramos empeño en que la conversación fuera a tres bandas. 
Creo que lo mismo le pasaba al tío Luis, el marido de la tía Rosi. Cuando Lucía estaba en casa, que era de sol a sol más o menos, el tito se mostraba en modo off, se repantigaba en su sofá, se ponía a Verdi, o metía sus pies en una palangana, y con algún periódico viejo en las manos, se dejaba acariciar por Morfeo. De vez en cuando entreabría los ojos, semidespertado por las carcajadas de Lucía o de la tía Rosi. El tito respondía con un semi-ja, con el que intentaba mostrarse complaciente con la presencia de Lucía, en casa a todas horas, sus tacones retumbando desde la planta de arriba, cuando las dos cotorras venían de El Corte Inglés con ropa nueva, y dejaban tiradas las etiquetas por el suelo, o se probaban vestidos del año catapum y no los devolvían al armario, creando esa sensación adolescente, con los vestidos por aquí y por allá, de que la vida, sus vidas, era una fiesta siempre a punto de empezar. No ocurría lo mismo con los tacones que Lucía guardaba en la casa de los titos. Los tacones siempre debían estar en orden, cuidadísimos, cada par recogidito en su caja original, y ordenados todos por orden alfabético y cronológico: Chanel 1995, Chanel 1997, Christian Louboutin, Dior, Emporio Armani, Louis Vuitton 1999, Louis Vuitton 2000. 
Si en casa ajena guardaba todos aquellos tacones, entenderán que en la suya tenía toda una estancia dedicada a ellos. Y también entenderán ahora por qué de Lucía no recuerdo su rostro ni sus gestos, y que sólo conserve el recuerdo de sus pies y de sus pasos. Casi sin cariño, sobre todo porque ella nunca me lo mostró a mí. Ni siquiera percibió la fascinación que yo sentía por su colección de tacones. Tampoco sé si le pedí que me enseñara el cuarto de su casa donde los atesoraba, pero sí sé que deseé por encima de cualquier cosa verlos, que me llevaran allí una sola vez, y saciar ese primitivo fetichismo. Una vez ambas se marcharon; era verano, imagino, justo cuando más echaba de menos a mamá, que pasaba las temporadas estivales en Mallorca, trabajando de cocinera en un hotel, yo andaba por la casa en bañador, mis piernas apenas viendo florecer mi primer vello, subí al cuarto donde Lucía guardaba los tacones de estar en casa de la tita. Los olí, les pasé la punta de mis dedos a todos, y decidí probarme unos rojos de Vuitton. Me miré todo alzado en el espejo, y comprobé que sólo ella podía hacerlos elegantes. Así que me los quité raudo y nunca más sentí el deseo perturbador de vérmelos puestos. 
                                         

Pronto las dos amigas volverían con sus prendas nuevas, o con la cesta de la compra discutiendo sobre las virtudes de las verduras, que si lo de la zanahoria para la vista es un mito, que si las espinacas apenas tienen calorías, que si la sandía no engorda pero te hincha que casi es peor, y juntas preparaban un estofado riquísimo, que el tío Luis y yo esperábamos ansiosos en el salón. Piensen que esta escena es muy machista, si quieren. Puede que lo fuera. A favor del tío Luis y de mí, tengo que decir que esas dos mujeres no nos dejaban entrar en la cocina, que si lo hacíamos, ambas y al unísono gritaban quita quita quita que todavía no está, anda y vete pal salón y no comas nada todavía. El tío Luis tenía cara de resignado. Nunca se oponía a la presencia de Lucía, a que incluso mandara más que él en su propia casa. Creo que a veces había una especie de guerra fría entre ambos: él parecía querer decir, al fin y al cabo, el marido de Rosi soy yo, y cuando llega la noche tú te vas; ella parecía decir, tu mujer sin mí no sería feliz. Pero todo era, entiéndanme, de buen rollo. Nadie discutía en aquella casa. Cuando el tío Luis estaba de buen humor, usaba su cámara para inmortalizar a las mejores amigas del mundo, que se abrazaban, se tocaban, se divertían, posaban como auténticas modelos, y sobre todo, siempre salían desternilladas, lo sé, entre mis recuerdos, porque las recuerdo a ambas con esos ojos chiquitos que se te ponen cuando la risa es muy fuerte, intentándole hacer hueco a tanta dicha, y porque también se sujetaban la una a la otra para no acabar tiradas por el suelo, como las etiquetas y los vestidos viejos. 
Como de Lucía no recuerdo el rostro, la última vez que recuerdo verla es de espaldas, haciéndole la cucharita a la tía Rosi en el hospital. La pobre tía Rosi sufrió un infarto que la tuvo seis días moribunda en la UVI, cada día más inconsciente. Al principio, Lucía, que no se separó de ella ni un minuto, le leía revistas del corazón para animarla, con su lenguaje cada vez menos deíctico, luego se limitaba a acariciarla, desde la silla de acompañante, mientras el tío Luis se tapaba los ojos con las manos en el pasillo. Cuando finalmente la tía Rosi se iba, Lucía se acurrucó en cucharita junto a ella, con su vestido incómodo y la alargadera del gotero enredada entre sus piernas. Los tacones de Lucía se quedaron por el suelo, aquí y allá. De cualquier manera. El uno debajo de la cama, el otro en la puerta del servicio. El uno de lado, el otro bocabajo. Expuestos ambos a que alguien los pisara. Aquí y allá, lejos del cuidado de Lucía. Como si ya nada importase. 

                        
                        

                        

domingo, 4 de junio de 2017

LOVE HANDLES

Esta mañana
cuando la teacher ha contado
que a los michelines los llaman
love handles
-manillares del amor-
ha tenido una reminiscencia, sí.
Se ha acordado del primer beso,
que le dieron.
No sabe si fue a los 13 o a los 14
-no sería tan importante-
pero sí se acuerda del chico, Luis.
16 años de supervivencia
1,67 metros de fobias
68 kilos de inseguridades
y 15 centímetros de deseo.
La apretó por las caderas
con la fuerza con la que se agarra
un manillar.
-15x68x1,67x16-
y con el hambre con el que su padre
agarraba a su madre a las 3 y 15 de la noche,
-3x15-
Ella, que siempre había soñado con
dar la vuelta al mundo en 80 versos
se preguntaba dónde estaba la poesía
-si sólo era bicicleta-
Y así es como recuerda el primer be(r)so,
sin rima,
- pero con metáfora gracias a la teacher-
y OMG! se sintió tan incompleta
como la madre de Luis
a las 3 y 25
-de la noche-

                       

               

BRILLOS

He eliminado mi perfil de facebook, ¿a que no se habían dado cuenta? Adiós al flashy flashy. Ha sido mi definitiva desaparición de las redes sociales sin contar whatsapp (eso nunca) y blogger, claro, este denostado subapartadillo de google que sobrevive sólo y precisamente gracias a las redes sociales.
                                            


No es más que una cuestión de ahorro. Ahorro de tiempo. Una vez me hice una cuenta de Tuitter y mi incapacidad para decir basta me demostró que podía pasar horas, horas, digo bien, tanto para soportar una discusión sobre el animalismo de Alex Gibaja, como para leer una guerra fratricida entre susanistas y sanchistas. Bueno, en facebook, me pasa que busco a mis amigos, a los de verdad, pero para eso tengo que pasar por dos gifs de gatitos lindos, tres frases para la posteridad (mañana) acompañando una foto que ¡oh! se mueve, se mueven las cejas, se mueven los labios, se mueven los ojos, se mueve el pelo. Bien, lo confieso. Puede que no haya sido por esto. Después de los dos gifs, las tres fotos, y un post que te conmina a compartir si de verdad estás contra el maltrato animal, no encontré nada de mis amigos, los de verdad digo. Quizás duele el azar (uno no sabe a qué horas se conectan sus amigos) de que una foto mía sacándome el último moco obtenga más reacciones que la muerte de mi madre. Y uno no quiere ser un inquisidor, no quiere decidir quién es su amigo o no en función de sus reacciones cibernéticas teniendo en cuenta que puedo contarlos con los dedos de mis manos, y debo, si no cuidarlos, al menos no perderlos. Así que supongo por ahí van los tiros, por mi afición a la inquisición. No soportaría convertirme en un inquisidor, de esos que saben distinguir tan bien entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, de qué debe hablar la gente y de qué no, incluso con quién debe posar y con quién no. Hay un usuario con aires de líder, cuyas reflexiones voy a echar de menos. Comentaba cada día cómo las redes apaleaban a un personaje público por decir algo que no casaba con lo establecido como políticamente correcto. Hablaba de la estupidez humana de Instagram, que nos hace sentir buenos fotógrafos, del Tuitter, que nos hace sentir inteligentes, y del facebook no sé, la verdad, porque es esa extraña mezcla entre las dos anteriores, edulcorada hasta tal punto, que mire usted, en facebook uno tiene a la suegra, al jefe, al vecino, al profe de bachata, y no, no todo congenia. 
Tanta sobrestimulación, tanto flash, tanto perrito, tanto morrito, tanto gatito, tanto guiño, tanto lince en peligro de extinción, tanto compartir sin compartir, qué te voy a decir que te conmueva entre tanto color, tanto destello, tanto ruido, tanto run run, tanta pantalla encendida que ya no ilumina a nadie. Si quieren ustedes hablamos de la muerte, debería haber propuesto antes de irme, pueden comentar lo que se les ocurra entre foto y foto de su prima segunda en Tenerife, que por fin se atreve a enseñar las lorzas, el desayuno, la habitación donde se aloja, cómo separa la ropa blanca de la ropa de color, y las ganas que usted tiene de ocultar sus actualizaciones, pero se le aparece la abuela en plan pacificador, intentando recordar lo unida que debe estar la familia. Si quieren hablamos de por qué los niños no hablan inglés ni yendo a un bilingüe, pueden aportar sus fotos de niños rubios finlandeses, todos concentrados y sonrientes con sus tablets, pueden hacerlo después de compartir la foto ficticia de ese asesino hijo de puta que anda en búsqueda y captura no por su peinado ochentero, sino por alguna muerte que no conoce, y que le dará alas para declararse excepcionalmente a favor de la pena de muerte y enseñar con más orgullo su tattoo selfie, que es tan flashy flashy y alucinante, qué bueno esto, qué malo lo otro, odio las patatas gajo del telepizza tanto como la humanidad odia a Donald Trump, sí, lo digo en serio, es un aporte importante a la personalidad, yo con la cebolla lloro tanto como se puede llorar con un cartelito de fondo oscuro pray for whatever city in the western world!! 
Todos somos la madre Teresa de Calcuta, también Einstein, Neruda, superpapis, supermamis, superfriends, llenaron un día de me gustas su foto de perfil y otro día no se dieron cuenta de que la cambiaron, un día alguien se va a suicidar porque no le comentaron su foto de Instagram, qué voy a decirle a usted si acaba sus oraciones con un lol, xddd, y sus afirmaciones son un sip que le hacen parecer indiferente, la cosa consiste en juntar palabras acompañando a su sonrisa profidén, y lo demás es coser y esperar a que sus autómatas pulsen un botón para aplaudirle, babearle, sonriéndole a esa nada que es tan nada y tan reflashy, tan sin palabras, para qué escribió usted la parrafada que luego tiene que pedir disculpas, por qué no mandó sus palabras a la mierda, si algún día nos quedaremos en silencio, un flashy silencio que nos asfixie las ideas, que nos vuelva tan lerdos que digamos no leo libros, pero sí leo en las redes, que es lo mismo y más variado.
Supongo que lo hice para vivir más y por coherencia, yo, el ser más incoherente, porque quería vivir fuera de ese vertedero mental tan flashy flashy. Y es cierto, ahora, me siento un poco más muerto. 

                    

miércoles, 31 de mayo de 2017

CONFESIÓN

                                   



¿Sabes? Hace tiempo quiero decirte algo: te quiero.
Imagino que ya habrás oído esto varias veces en tu vida.
Pero no quiero que lo tomes como uno más.
Porque no es un te quiero más. 
Es un te quiero grande, en serio, tan grande que no me cabe,
tan grande que te lo he tenido que soltar sabiendo que nada va a cambiar.
Es un te quiero apenas egoísta, pues no espero nada.
No es un te quiero para quererme a mí mismo, ni para que me quieras.
No es un te quiero de tu cuerpo desnudo ni de besos robados.
Es un te quiero de esos que te miran mientras ríes
que te miran mientras hablas
mientras te irritas
mientras te concentras
mientras piensas la palabra exacta
y entonces yo exclamo, ¡joder! ¡cómo te puedo querer tanto!
No es un te quiero de te quiero para mí, no creas que sufriría si dejara de verte
si te fueras con el chico del polo amarillo,
si besaras al hombre que vende seguros,
es un te quiero libre que me vuela de dentro afuera
por eso no he podido evitar regalártelo justo ahora
cuando menos lo esperabas.
Es un te quiero de deseos, de los mejores deseos,
de qué bonito que disfrutes,
de qué bonito cuando bailas,
de qué bonito cuando miras y sonríes,
es un te quiero desinteresado, de los que no buscan quitarte la ropa,
aunque no estaría mal,
de los que buscan besos desesperados en el ascensor,
que también,
no es un te quiero de disculpas,
no es tu quiero para que me des explicaciones,
no es un te quiero para que te quedes,
es un te quiero de cosquillas cuando 
apareces de repente,
y me miras,
te sientas,
me tocas,
y de repente me levanto, y te invito a salir, a que mires, a que nunca dejes de mirar, a que nunca te falte ese motivo que no tiene nombre pero que te hace vibrar, y no importa si soy yo, el motivo, o es una cosa, o persona, o animal, eso no te importa,
es un te quiero desprovisto de mis egos,
no tiene fecha de caducidad,
ni condicionamientos espaciales o temporales, 
sólo es un te quiero,
sí, 
justo ahora,
que te vas,
es un te quiero minimalista,
yo no existo,
sólo ayudo,
sólo traigo,
lo que pidas,
lo que quieras,
sólo voy, 
o me quedo,
donde quieras,
es tan simple que se resume en tus ganas de reír, en tus ganas de gruñir, en tu obsesión por las cosas y las causas justas, tómalo,
es mi te quiero,
¿lo has cogido?
Guárdalo.

                    

miércoles, 24 de mayo de 2017

MY SOCIAL LOSER 2.0

Deja de hablarme de tus obligaciones como
community manager,
cuéntame a cambio cómo resistías
sin pestañear
los soplidos de diente de 
león.
No me cuentes otra vez que has sido
trending topic
en siete ocasiones, háblame a cambio de cuando tenías
siete años.
Deja de hablar de tus follows y unfollows
de tus likes y tus haters,
no entiendo por qué a ellos también los necesitas,
intenta porfa buscar una palabra que defina
el olor de la lluvia de
verano.
                                                                    


Olvídate por un día de tu fandom,
y recuérdame el camino en bicicleta al
río.
Cuéntame si los besos con naranjas en las manos
aún están en tu 
bucket list.
Qué tal si recordamos una noche en el cine de
verano.
Apuesto lo que quieras que no te provocaré un solo
phone-yawn.
Concédeme el siguiente de tus
digital detox.
Te lo pido así
b
  a
    j
      i
        t
          o
sin las networks de testigos,
no es mi intención que mañana sufras
digital hangover.
Apaga tu phablet
y háblame otra vez de tu
primer amor,
o háblame de mí a los quince años,
que para el caso...

                      

jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO DE COBRO

Katy Perry, o la gata en la cocina de mármol empieza a impacientarse. Su dueño, el topillo, no suele despertar mucho más tarde del amanecer. Van a ser las nueve, y el topillo sigue sin aparecer. Katy donaría dos o tres de sus afiladas garras por un café con leche de esos deliciosos a los que acostumbra a recibir desde que la Yoli no aparece por casa. Es lo que tiene el despecho, que suele propiciar la búsqueda de otros vicios. La gata, que ya sólo responde a los gestos de su dueño, hace unos días que olvidó su nombre, porque el topillo apenas mueve la boca excepto para toser. Miren que el topillo tenía su gracia tiempo ha, que la delincuencia no va reñida con el humor, y la Yoli se le reía a carcajadas en el pecho cuando le contaba los nombres de cada uno de los gatos que tuvo. El primero fue Michael Jackson, un gato que nació negro como el tizón y que desde el segundo día comenzó a desteñirse hasta acabar pardo, y no sólo de noche. La segunda fue Sabrina, una gata que en los noventa era la dueña de todas las miradas, tan exhibicionista ella, jugueteando en la barandilla. La tercera se llamó Infanta Elena, no me pregunten por qué. Y luego vino, Katy Perry, porque no había gata en el mundo que se pareciera tanto a un can. O eso decía el topillo, cuando hablaba, cuando Yoli no se había ido. 
Nadie lo sabe. El topillo aunque no habla con nadie, llora de madrugada. Lo hace sin querer. Se despierta porque empapa su almohada de lágrimas y de ese líquido transparente que te sale sin permiso de la nariz cuando el llanto es inconsolable. El topillo entonces toca la almohada como aterrado, porque no sólo no se reconoce, sino que tampoco se soporta. Para olvidar la escenita se levanta de un bostezo, y camina raudo a la cocina donde Katy Perry aguarda por su culillo de café con leche. Hay días en que piensa que la Yoli aún está en la salita o en el cuarto de baño, pero la realidad golpea cada día más y peor. Luego se va al cuarto de baño, se mira de reojo en el espejo, y se frota con fuerza las ojeras para hacer desaparecer ese topillo que no quiere ser. Es un hombre de la vieja escuela, de los que piensan que los hombres ni deben ni pueden llorar. Entonces comienza de verdad su día, una vez desprendido de ese topillo llorón que intenta suplantarle la identidad con nocturnidad y alevosía.
Katy ya lo está esperando en la puerta meneando su colita, dispuesta a su paseo matutino. La gata lo sabe. Claro que lo sabe. El topillo está muy mal, y tiene muchas ganas de morirse. Pero qué podrá hacer ella más que consolarlo con algún lametazo a traición, o utilizar su boquita para maullarle de esa manera tan canina.
                                         


A Katy, el pueblo, sin embargo, no la conoce como Katy, sino como el gato-perro. Ya se lo pueden imaginar. Katy pasea, menea la colita, muerde, come mucho, caga en la calle y casi ladra. Es lo poquito de especial que le ha quedado al topillo. Es triste, ¿no? Ser especial a través de otro ser. Cuando los niños lo detienen por la calle, nadie mira al topillo, ni nadie puede advertir sus ojeras hinchadas de tanto llorar, con lo temido y respetado que él ha sido, con tantas veces como consiguió mantener en jaque a la poli en sus tiempos, tan famoso como se hizo cuando lo pillaron excavando un túnel entre su casa y el banco. De ahí viene su mote. No me digan que no es original la forma que tienen los pueblos de rebautizarte y señalarte de por vida. Ni Hawthorne lo habría hecho mejor en La letra escarlata. Aunque para ser justos, hemos de decir que el topillo llevaba su marca con orgullo por mucho que la Yoli intentó borrársela vistiéndolo en condiciones y convirtiéndolo en un hombre de provecho, alejado de fechorías. Entre su arrepentimiento y su fama de Robin Hood, evitó dar con sus dientes en la cárcel. Una santa, la Yoli. Hasta que se fue.
Ay Dios si el topillo me leyera la frase prohibida, sí, sí, esa que acaban de leer más arriba, que se fue, que lo abandonó, pero miren que yo no tengo la culpa de ser un narrador omnisciente y no debo ni puedo faltar a la verdad como él sí hace, que sigue diciendo que la Yoli se murió de repente una noche de verano, cuando todo el mundo, también la gata-perra, de vez en cuando se la encuentran en la puerta del supermercado con un carro rebosante de comida. Parece ser que ella y su novio compran para un mes, pues viven en una casita en el campo, idílicos, bucólicos y apartados y todo eso, dicen, hablo de oídas porque mis poderes narrativos no llegan tan lejos, en una eterna luna de miel. 
Al topillo, con tanto negar la realidad, sólo le quedan ganas de morirse. Pero qué terca es la muerte que se niega a darle gusto. Él mismo le había dado esquinazo tantas veces, como cuando en el 83 sobrevivió a dos balazos, que quizás ahora era la parca quien tomaba venganza, y se hacía de rogar. A veces vienen a buscarlo sus amigos encorvados, mellados, alicaídos. Quieren que una tarde se acerque al bar Los niños. Qué poco fiel a la realidad en este caso el lenguaje. Aunque mirándolo bien, es la forma que tiene la lengua de ahuyentar las décadas, el desgaste, los achaques, el dolor que te llega hasta las trancas y la cercanía de la muerte. Pero el topillo no quiere ir a los niños, no insistáis. Una vez accedió y al volver borracho, creyó ver a la Yoli en la mecedora con Katy Perry en el regazo. 
- No, yo con mi Yoli muerta no quiero salir ni probar pecado.
- Deja de inventar, topillo, que tú no mereces esto, hombre. El otro día salía del Ahorramás, ¡y había comprado marisco!
Entonces Katy Perry ladra como para advertirle. ¡No lo mates! Pero el topillo, al que se le han vuelto los ojos blancos de la ira, levanta al atrevido un palmo o dos del suelo y amenaza: si vuelves a venir a mi casa con ese cuento otra vez, te mato. El atrevido pone pies en polvorosa. El topillo cierra la puerta y se asombra de la reacción de su cuerpo: corazón acelerado, muñecas temblorosas, piernas que amenazan con dejarlo allá en el suelo. De repente se da cuenta, de repente, quizás, bueno, (entiéndanme, esto es duro) quizás la parca no andaba tan lejos. 
De noche no llora. Bien hecho. Está tan entusiasmado que ha olvidado darle café con leche a Katy Perry. Madura la idea. Luego duerme. Despierta. Es el día de cobro. Guau, guau, dice Katy, que traducido al español sería algo así como no lo hagas, ¡por San Antón!
Pero el topillo lo tiene claro. Este será el golpe de su vida. Abre la puerta del garaje y a la tercera consigue arrancar el Fiat amarillo que le compró a la Yoli por su cuarenta cumpleaños. Le duele la ciática al apretar el acelerador pero sólo será un minuto. Es la primera vez que tiene dos sueños. Si no atrapa el botín, pues está la otra opción. Bueno, ya saben, es duro. El topillo, el de verdad, el que no llora de noche no tiene nada que perder. 
En la tarde siguiente, los niños, los del bar, andan silenciosos. Lo único que se escucha es la tele y sus noticias: corrupción, Donald Trump, las primarias, sucesos. Butronero muerto en intento de alunizaje. Qué favorecido han sacado al topillo por la tele. Los niños brindan. Katy Perry sorbe su café con leche y suelta un maullido bien auténtico. Hasta siempre, Tomás. 

                      

AGAINST ALL ODDS

Sobre la idea 
de ti y de mí
dijeron
que no tenía
ni pies ni cabeza.                      

La verdad,
a día de hoy,
es que
tú vistes con sombrero,
yo calzo zapatos.

                       

martes, 2 de mayo de 2017

OCHENTAITANTOS

Ayer en la noche llovía, mamá. Podrían contarse las gotas que han caído desde que te fuiste, pero un buen rato caía con ganas. Tú sin embargo volviste en la caída de la tarde de un día de junio del ochentaitantos. Lo sé porque la calle estaba bulliciosa, sembrada de niños jugando al bote-bote, los vecinos con las sillas en la acera y sus botijos, el sudor en la frente anhelando una gotica de poniente. Me cogiste del brazo para evitar tropezarte con los adoquines más antiguos del pueblo y me alegró sobremanera tu manera de caminar, ese sobresfuerzo por parecer ligera como papá cuando sus cervicales le daban tregua. Qué grande se te ha puesto ya el gatillo, te dijo la vecina, tu matrona, esa mujer que nunca se sentaba en la calle con la silla, supongo que por su estatus, y que siempre olía bien cuando me llamaba gatillo y a mí me entraban ganas de decirle miau, qué perfume usas mujer, ya no soy un gatillo por mucho que lo pareciese al nacer. Y tú me apretabas con fuerza, con mucha más fuerza que la última noche de reyes, cuando salíamos de casa, y el niño te rozó sin querer, tú lo sabes que fue sin querer, y te me caíste como un castillo de naipes, poco a poco, rogándome que no te agarrara con fuerza que te hacía daño, y por fin en el suelo, feliz de amortiguar como pude tu caída, triste porque tu caída metaforizaba que el tiempo me te quitaba de las manos, a ti, precisamente, que te quiero tanto tantísimo y de esta manera irracional que hace que aparezcas en una tarde noche de junio del año ochentaitantos. Portabas ese calor tan tuyo en las manos que yo me asía a ellas olvidándome de la ilógica de las cosas. Pasamos de largo de la casa, querías pasear, reconocer la calle como si llevaras tiempo sin verla, mira, la casa del panadero, sigue igual de abandonada, espero que no nos entren ratas a nosotros, miraste de soslayo la casa de las gemelas y te preguntaste en voz alta qué será del parricida, si habrá salido ya de la cárcel, hace tiempo que no se oye nada, y yo quise pasar de puntillas sobre el tema, pues todavía recuerdo las gemelas, con sus vestiditos blancos saltando la comba con esa ligereza propia de las niñas delgadísimas y altísimas para su edad, con esa suerte de ordinaria valentía que les daba el hecho de ser dobles y exactamente iguales. 

Las gemelas aparecieron muertas en el pozo de su propia casa después de tres días de búsqueda infructífera por el pueblo y la provincia. Entramos en la leyenda más negra de la España más profunda, junto a Puerto Hurraco y otros hechos. Ninguno de los chicos de mi pandilla se atrevía a hablar de las gemelas de noche, por miedo a que se colasen por su almohada. Murieron - las mataron - en una época en que la muerte para nosotros no estaba en la agenda. Morirse era un pecado, un macabro atrevimiento penado con el infortunio de no pronunciar más el nombre del difunto. Imagino que por eso la memoria colectiva convirtió a las gemelas en lo más parecido a una película de pura psicosis, de esas niñas dobles que la mente perversa, y a las tres de la mañana, te planta a ambas en sendos extremos del pasillo, en modo El Resplandor, de esas niñas valientes que no tienen nada que perder y cuya mirada has de evitar a toda costa. Fuimos calle abajo y te colmé de besos porque no sabes cuánto me pesa no haberte acompañado aquel último e inesperado día tuyo. Pero te mostrabas tan parlanchina que me dejé llevar por tu brazo siempre almohado, y tus manos cálidas, con ese lunar justo debajo de tu índice, el mismo sitio donde se me dibuja a mí un corazón de tres aurículas. ¿Habrá pasado ya la lechera? Anoche se me pegó y desperdicié por lo menos medio litro. No creo, te dije, suele pasar sobre las diez. Aquí vive Rubén. ¿Cómo están? ¿Sabes si su padre ha encontrado trabajo? El pobre está entrampado hasta la médula. Pasaban coches con esa velocidad moderada tan de los ochenta, los gritos alegres de los niños, las naranjas podridas caían de sus naranjos, y las salamanquesas empezaban a buscar la luz de las farolas. Pasó Paquita con su hijo en el coche, intentando buscar aparcamiento. Dijiste que querías verla, llevabas mucho sin hablar con ella. Me enfurecí y te regañé. Mamá, Paquita pasa de ti. Sólo te ha utilizado cuando necesitaba que le prestaras cuatro duros. Tuve que comerme mis palabras; cuando Paquita te vio, os abrazasteis como pocas veces, y yo, que soy tan sentimental, me contuve dos hipos y tres lágrimas que me avisaron de que Paquita, ¿Paquita no había? ¿No había...? ¿Dos años antes que tú?
Entramos en la casa. Las macetas en su sitio. El olor a jazmín todavía delataba la reciente primavera. Corriste las cortinas y el toldo. Dejaste que la luz entrara y también llegó la hermana Mari. Sus ojos como platos buscándote hasta el servicio. La acompañé como quien quiere mostrar un hallazgo. Vas a ver cuando la mires. Está tan tan bien. Y os dejé a solas en vuestro encuentro. Nunca fui celoso con las hermanas. Me querías tanto que no me importaba compartirte. Me asomé con esa alegría propia de una tarde de junio de un año ochentaitantos, con las vacaciones recién comenzadas; la vida, una fiesta a punto de empezar; la muerte, un acontecimiento de leyenda que no habitaba nuestras agendas. 
Por detrás escuché a la Mari quejárseme, ¿dónde está? ¡yo no la veo! Fuera, en la calle, las gemelas saltaban la comba y me miraron con esa sonrisa valiente de quien se sabe repetido. Recordé a Nicole Kidman, su ética avasallada por la terrible idea de que los muertos no deben mezclarse con los vivos. Comprendí. Traté de pronunciar el nombre de mi hermana. M-A-R-I. El esfuerzo de pronunciar los cuatro fonemas de su nombre me despertó y salí de mi cama con un escalofrío que me bajaba y me subía desde el hombro derecho hasta la cintura. 
Ya no llovía, mamá. Pero tú no estabas. 
                     

lunes, 1 de mayo de 2017

LO SIENTO

Corcoveo cuando me tocas
(sin avisar)
A veces pienso
que seas
él.
                              

MORIR DE MADRID

Ahora que he perdido las raíces y tú no dudas en culparme, siento que todo nace y todo muere en Madrid. Que una madre sin rostro me da a luz cada día frente a uno de esos centros de ilegales, o en los orinales de una estación de tren. Que huyo rehúyo busco y rebusco el peligro para no morir cada noche de tanto escalofrío.

Y todavía dices que la culpa la tuve yo.

Que cada vez que muero de Madrid, de policías pidiéndome datos sin que se atrevan a explicarme el porqué, de euros mal gastados, de asfixia, mis fosas nasales negándose a respirar oxígeno romántico ahora que mamá no está, que cada vez que sufro sobredosis de Madrid, marcho al sur...

Y todavía dices que tú pusiste todo de tu parte.

A pasarme los inviernos tomando salmorejo y arroz con leche a falta de las faldas de mamá, hablar inglés con los turistas y creerme que quizás aún soy útil, ver los aviones volando hacia Madrid como tú nunca lo haces, caminando olivares a medianoche y fumando porro a mediodía. 

Y todavía dices que yo no te quise de verdad.
                                           



Tengo amigos vanidosos que me quieren suficiente, que me alojan en sus casas y me charlan de corazones altruistas,
hermosos,
puros,
intensos,
sin ánimo de lucro,
rotos, mientras yo los utilizo para escudarme de la parca.

Y todavía dices que todo fue por una traición.

Le hago el amor a mi vecino musculoso allá donde antes había mimos y oxígeno romántico. Viste desnudo en primavera, despide a su esposa con un pico, me miran complacientes y me exclaman, ey, tío, ¿cuándo nos harás un poema? perpetúanos antes de que olvides nuestros nombres o mueras de Madrid.

Y todavía crees que yo no te quise. Qué sabrás.

Creí ahogarme en Malasaña, recibir un tiro en el templo de Debod, desmayarme sin oxígeno al salir del Museo del Romanticismo. Todo me nace y me muere en Madrid, ahora. Te fuiste tan con cara de quizás que yo vivo entre paréntesis, 
ahora.

Pero fuiste tú que me soltaste. 

                                

                    

                    

                    

                    

domingo, 16 de abril de 2017

OJOS DE OTRO

Anoche vino Oaks a verme y no veas qué sorpresa.
Su esclerosis y mi vacío lo han dejado sin tapujos
y sin pelos en la lengua.
Me dijo que merezco algo mejor que tú,
yo te defendí con el mismo argumento con el que tú te defiendes,
me quieres, me quieres, me quieres,
me miró a los ojos,
todo su dolor concentrado en las bolsas de sus ojos,
hablando con la certeza de quien no espera convencer, 
y me dijo que querer no es suficiente,
si no piensas
hacer
nada
al respecto.                         
                    

lunes, 10 de abril de 2017

NIÑO REPELENTE

Dice que Bob Esponja no es más que un niño acomplejado que busca llamar la atención de todos
que Patricio sólo será capaz de salir del armario si su amigo un día se le declara
que el señor Cangrejo representa la burguesía más rancia, que se mantendrá en la riqueza mientras haya trabajadores tan serviles y lameculos como esa esponja irritante
que plankton representa los poderes subversivos, terroristas, hackers y demás que no desistirán nunca en su empeño de destruir el capitalismo del crustáceo
Dice que ya no admira a Steven Universe porque es un conformista que nunca saldrá de las faldas de las gemas
Dice que Dora terminará perdida en la calle, que terminará uniéndose a Swiper cuando termine dándose cuenta de que se ha pasado la infancia sin sus padres, y acompañada por un mono,
                                  

que, si algún día crecen, Shizuka pasará de Novita, que es una niña pija, una wannabe del Instagram, que será la novia del más mazado del instituto,
que los padres de Novita son la peor representación del machismo oriental, tan sexista como el nuestro, que la madre morirá corcobada de no haber trabajado más que de mujer de su casa
y el padre de un infarto, de tanto estrés en la oficina.
Dice incluso que ya no siente nada por Goku, que es un post-super hombre, así en plan nazi, ¿no me entiendes? uno que está dispuesto a implantar la superioridad de un ser omnipresente sobre la tierra y sobre el resto de planetas, aprovechando que Dios ni está ni se le espera.
Dice, también, que echa de menos a la abuela. 
                        

martes, 4 de abril de 2017

TÚ SÍ SABES QUERERME

Estaba a punto de desconectarme cuando me hablaste con tu habitual "hola, buenas noches", y me pregunté qué hacía un tipo (tan educado) como tú en un sitio como éste. Inmediatamente te dije sí, hablemos y veámosnos, cómo no, por qué no, si el universo sólo te brinda una única posibilidad, uno no puede dejarla escapar, consciente o inconscientemente. Yo me quedaba chiquito en la esquina superior derecha de la pantalla, y tú aparecías en grande en aquel mi primer portátil, como una metáfora de que desde aquel momento tendría a alguien a quien adorar. Luego vino la pregunta del destino, el mismo que nos había reunido, quería saber ahora si estábamos seguros de continuar con algo que duraría para toda la vida. Que cómo lo hizo... me congeló la pantalla en tiempos en los que aún no existía el wifi, o yo no lo conocía, se me ha parado, se me ha parado, si me esperas a que reinicie... Claro que sí, claro que te espero. Yo, acostumbrado a la mentira como estaba, pensé que era mi oportunidad de irme a la cama y acabar con todo aquello, pero sólo hacía falta un minuto, un reinicio, un volvamos a empezar, el tiempo se detiene, quizás cuando yo vuelva le hayas dicho no al destino, tres, dos, uno, estás, hola, buenas noches. Qué hace un tipo como tú en un sitio como éste. 
¿Cómo te llamas?
Nómbrame tú.
30.
23.
¿23?
¿Te importa?
No, claro que no.
¿Y me contarás que hay en tu sonrisa que a la vez que me derrite tiene ese adorable poso de tristeza?
Quizás.
Recorres con tu mano que son mías el camino hasta tu ombligo allá donde te nace el primer vello, mientras yo me enamoro para siempre a velocidad vertiginosa. Te detienes en el primero de tus lunares, justo a dos besos de tus costillas. Sé que no tienes prisa, que estás dispuesto a enseñarte entero y sincero.
¿Fumas?
No.
¿Bebes?
No.
¿Te drogas o te has drogado?
Tampoco. 
¿Eres promiscuo?
No, no, no.
Debo mentir en todo para que aceptes todo nuevo. Las mentiras son necesarias para renacer el mundo. Se establece la fantasía de la virginidad, del no hubo mundo antes de ti. Pero qué vas a saber tú con esa carita de niño.
¿23? ¿De verdad 23?
Así es.
Tú eres el amor naciendo, con esa mirada en órbita, brillante y profunda, eres el amor naciendo como una fuente que brota agua limpia y nueva, y refleja el universo, el nuevo, el que existe desde hace unos segundos. No vayas a salir de esta noche de cielos, no vayas a escaparte de este incierto tacto ni de la certeza de mis ojos, no te vayas que ya voy, espérame que llego, de tu ansia magnífica me beberé el todo y los restos (...)
                                        

Este texto con omisiones y pequeños cambios pertenece a La vida de Manu. No le tengo especial cariño, pero quería poner una canción que me encanta y no sabía qué excusa (en forma de texto) poner. Ya sabes que quien tuvo retuvo. 
                                   
                       

domingo, 26 de marzo de 2017

MAMI, TENGO NOVIO

Otra vez. 
Mi chico es un hombre grande de manos grandes
que me desviste por desorden alfabético.
Él no se entera de que amo sus manos grandes,
si lo supiera no esperaría a que lo forzara 
a agarrarme por la cintura
cuando me coge.
Ni siquiera sabe que no siento nada en sus otros juegos malabares
mientras no me pone las palmas de sus manos
en la cintura o en el costado
cuando me coge.
Mi chico tiene los ojos grandes de color porno, 
también cree que me gusta el porno 
pero no sabe que yo lo miro sólo para ver pasar sus manos grandes
sobre mi teclado.
                                

Cuando se pierde dentro de mí se le olvida cogerme con las dos manos,
y entonces le grito que pare porque yo sin sus manos sobre mi vientre no siento nada. 
Luego me pide agua.
Mi chico no bebe alcohol ni fuma.
Se le incendia el teléfono con otras mujeres, creo que rebota rebota de cama en cama, pero a mí no me importa, he aprendido a hacerme la tonta y cuando le hablo a sus manos y les digo te amo, él cree que le hablo a sus ojos color porno. 
Luego del agua me pide que le preste un billete de cincuenta, que la casera ya lo ha avisado tres veces, y yo me hago la tonta de nuevo, y le aliso el billete en la palma de su mano derecha, y espero no encontrarlo de nuevo, y sin que él lo sepa, en esa calle donde cuelgan zapatillas desgastadas por el vicio. 
                                           
Mi chico de manos grandes
sabe más de la primavera que las propias flores,
porque brota en deseo de sus manos cada cuatro o cinco días,
cuando le digo que lo amo, 
y él escucha atentamente, 
y a lo mejor sabe que miento,
pero no hace drama.
Hay días que no hablamos, sobre todo si es lunes o jueves,
porque somos independientes, decimos, cuando el teléfono le arde a putas y mentiras. 
Pronto me olvidaré de sus manos grandes 
y sus ojos porno,
él no hará drama,
comprenderá cuando entre en su whatsapp
y ya no nos vea - a ti y a mí - en la foto de perfil.

                    

viernes, 24 de marzo de 2017

TÚ Y YO A PESAR DE OAKS

                        
Anoche te traje a la cama. Es una lástima que mis gritos lo estropearan todo, pero ya sabes que hay cosas que uno hace sin querer, o que hace como si realmente no las hiciera, más bien pasan, inevitablemente, como cuando sales sin paraguas y te llueve. Llevabas años sin aparecer por allí, por mi cama que ya no es mi cama, pero se te veía igual que en los noventa, como un planeta de poderosa gravedad que hace que mi cuerpo celeste o inferno sólo aspire a pegarse a tu superficie de esta manera tan torpe que tengo de pegarme a tu superficie, de pasar las palmas de mis manos por tu espalda, de girar mis dedos para que no sólo las puntas se llenen de ti, de enredar mis piernas en tus piernas con la desesperación de un adolescente que por primera vez te experimenta. Te conté que era la primera noche sin mi madre en la cama que ya no es mi cama, y accediste, en deuda quizás por todas las veces que ella te abrió la puerta cuando no tenías donde dormir, y por los colacaos preparados con batidora a media tarde de verano. Me mirabas con ternura y cierta preocupación ante mi insistencia en que ella volvería a esta cama que ya no es mi cama, que aparecería con buenas noticias acerca del más allá y todo eso que yo no sé explicar, por eso me enredo, se me enredan las palabras en el paladar, y cuando veías que me ahogaba, accedías a mi chantaje emocional y te dejabas abrazar igual que en los noventa, aunque ya no me quieras, aunque ya no te quiera, o eso creía hasta anoche, cuando traspasé todas tus atmósferas, y olías y sentías igual que en los noventa, y yo no sabía dónde esconderme el sexo para que no pensaras que aquello no era más que amor y todas las historias de los noventa cuando mi madre sí era mi madre, cuando uno no pensaba en el más allá, cuando incluso Dios sobraba en la habitación, cuando teníamos las esperanzas y el corazón tan llenos que no nos cabía ni una duda, y todos los demás nos sobraban. 
Incluso Oaks. Anoche también se vino a dormir a la cama de al lado. Él siempre tan discreto (en los noventa sabía cuánto te quería pero nunca dijo nada, ni siquiera cuando nos emborrachábamos). Y tan ingenuo. En mis relatos eligió poner su apellido en inglés para que nadie lo reconociera, como si nadie más que nosotros fuera a aprender inglés. Oaks no portaba anoche el brillo de los noventa. Traía en su cara la oscuridad de su esclerosis, el frío de la certeza de que no mereció la pena vivir. Por eso lo coloqué en la cama de al lado, para que no salpicara mis sábanas con sus malos pensamientos. 
Y me limité a seguir abrazándote, tocarte con toda la superficie de mis dedos como si allí se hallara mi memoria, adaptarme a tu figura decúbito prono y absorberte con la ansiedad de quien cree que una última vez será suficiente. Hacía tanto calor como en los noventa, pero a mí no me importaba que nuestras glándulas sudoríparas por momentos no supieran si pertenecían a mi cuerpo al tuyo o a esa cama que ya no es mi cama. 
Así que por fin llegó mi madre, supongo es lo que quería. Te había llamado a ti, a Oaks y a los noventa para evocarla. Subía quejándose del calor y de su cuerpo, no le encontré la sonrisa, me despegué de ti a pesar de la gravedad, y te gritaba, te lo dije, te lo dije, te lo dije, sabía que esta noche sí vendría, y la toqué, era de carne y hueso, la toqué para asegurarme de que me creerías, pero no le encontré la sonrisa de los noventa, y le pregunté por qué no me había avisado a tiempo para prohibirle la muerte, encadenarla a un conjuro de nunca jamás, pero no logré la sonrisa que antecede a su te quiero, entonces la busqué a gritos, mami, mami, mami, y aun así seguías sin creerme, ni tampoco el oscuro Oaks que trató de mostrarse comprensivo encendiendo la luz de la habitación. No funciona, dijo, no funciona el interruptor, así que tú abriste el balcón para que pudiéramos coger aire fresco y algo de luz, y nos sentamos a ver la noche, mami, mami, mami, seguí gritando yo al otro lado del sueño. 
                                        


Las piernas nos colgaban del balcón. Parecíamos las macetas de mamá asomadas al vacío. Las flores en descenso hacia la superficie sin miedo a que los transeúntes les cortaran el cuello. Hay que ver lo poderosa que es la gravedad. Oaks había vuelto a dormirse. Tampoco la vida onírica le valía la pena ni la sorpresa ya. Dios, qué calor hace, me dijiste. Mañana sin falta nos compramos a medias un bono de sesenta días para la piscina. 

                   

domingo, 19 de marzo de 2017

EJERCICIO DE SINCERIDAD

Simplificando un poco, no es tan difícil de entender. Les ocurre a

todos. Se casan y se quieren unos cuantos sueldos más. Trabajan

para realizarse porque lo personal nunca es ni fue suficiente.

Trabajan mucho. Trabajan duro. Trabajan con la promesa por

incumplirse de que algún día se les reconocerá el mucho y duro

trabajo. Pasan los besos, que no, nunca son suficientes y cada vez

saben a menos, los porvenires cerrándose lentamente. Las facturas

acechan, las obligaciones no pedidas se aceptan sin reclamo. La

infelicidad interiorizada pero no expresa es el peor de los

boomerangs. Un mar de sueños no deseados se cierne sobre sus

sombras.

El sufrimiento es tan silencioso como el mutismo en la cena. Se

sufre sin querer, claro, y también sin darse cuenta. Se sufre durante

años y nadie lo sabe. Se sufre antes y después de saber que se

sufre. 


Entonces uno de los dos se va. El otro sin saber que lo hace con

alivio, respira. Comienzan las explicaciones, adónde, cómo,

cuándo, por qué. ¿Es esto para siempre? Y se necesitan muchas

palabras falsas para explicar la verdad, incluso firmas de textos

que ninguno entiende en su totalidad. Palabras y más palabras

nunca tampoco imaginadas con la sintaxis rota en sus órganos más

rosas. Que cuando había amor, todo era magia, y la magia no debe

explicarse, si no, se rompe, si no, está rota. 
                                               


Tan roto como ella, amanece cuando ella ya no está, y se le rompen

hasta los huesos sus palabras de convencimiento, no me hace falta

ser feliz para volver a inventarlo intentarlo todo, y él está más roto,

ahora sí que lo sabe, no porque ella no esté, sino por el vacío de

todo, y sabe que la naturaleza odia el vacío, y que pronto

remendará el horror vacui con collages de mentira, pero no con 

mentiras a ella, sabe que tiene en su boquita el truco mágico para

que ella regrese y quizás, sólo es pura probabilidad, ella podría 

regresar precedida de tres fonemas sibilantes, sí, sí, sí, hechizada

por la hipnosis de las bilabiales de él, te amo, se me olvidó

decírtelo todo aquel tiempo, y ahí tan roto, pero qué roto, 

permanecerá callado, porque no, ella no, ni yo tampoco,

merecemos más mentiras. 

Quedábamos en que si explicábamos el truco se nos acabaría la

magia. Desde cuando tú.