sábado, 11 de noviembre de 2017

AHORA SÍ

que me voy
no me voy a llevar nada
de todo lo que te di

Voy a dejarte a mí también
entre la habitación
tuya y mía

Voy a dejarme el cuerpo 
colgando del dintel
que te reciba cuando entres
bienvenida soledad

Voy a dejarme la sombra
vagando en el pasillo -y a oscuras-
que te siga persiga cuando camines
tu incertidumbre

Voy a dejarte mi canción favorita
enredada entre las cuerdas de tu guitarra
que te ayude a afinarte
el corazón

Voy a dejarte todos mis libros
medio caídos -con algo de polvo- en la estantería
por si te da por leer-te-
el alma

Voy a dejarte mis especias guardadas
en el segundo cajón de la cocina
por si quieres hervir de nuevo a fuego lento 
tus mentiras

Voy a dejarte el cansancio de
todas mis noches sin ti
que se acomode en tu intento de
olvido
                                       

Voy a dejarte sin pilas
mi reloj de pulsera
que te marque la hora
en que se me agotó el amor y
la paciencia
que no repitas jamás
el conjuro de creerte único
e irrepetible
e inolvidable

Voy a dejarte enredado en el cabello
el amor de mentira que me diste
y entre tus manos y tus dedos -con cuidado-
voy a dejarte las ilusiones que contigo
yo me hice
que se te escurran poco a poco
como el agua que sostienes
como la cuerda floja que te sostiene
y que anuncia
tu abismo

Voy a dejarte las fotos de mí
desperdigadas en todos los rincones de la casa
que te hablen de mí cuando te estés consumiendo
de ginebra y 
melancolía

Voy a dejarte mi aliento impregnado
en los cuatro picos de la almohada
para que no comulgues con ella 
cuando otros te insuflen 
sueños nuevos o no tanto

-también-
en algún lugar de la casa donde nunca te dé por mirar
voy a dejar mi recuerdo favorito
aquel en que yo habitaba debajo de ti
y tú te crecías inmenso encima de mí
y me dominaba el gigante
que yo amaba
y tus gestos y tu cara
me sometían y redimían
y yo por último sonreía
antes de abandonarme
-no encuentres esto o tendrás que buscarme-

Voy a dejarte mi nombre
mas me llevaré mis ojos
para que en tu nueva historia
yo nunca te mire
y tú,
algún día,
mirando a otro,
me nombres a mí. 

                     

BOGOTÁ

Al final resultó que la felicidad era algo más que bajar contigo los veintisiete peldaños de la escalera que conducía al sótano. La felicidad - flotar - no sentir peso - perder el amarillo desconfiado de mis ojos- consistía en tener treinta y tantos y patear contigo una ciudad desconocida para ir derrumbando uno a uno cada uno de los prejuicios en torno a ella. Estuvimos de mañana en el Museo del Oro donde nos cogimos fuertemente de la mano para sentir el poder de la tierra y el pasado. Conocí allí la leyenda de Fura y Tena, y como no existía nada más en el mundo que no fuéramos tú y yo, asumí que el destino de aquellas dos montañas bien podría haberse inventado sólo para que el mundo nos advirtiera del nuestro, y aun así, valía la pena arriesgarse. Porque nada importa si tienes treinta y tantos y te importa un carajo las explicaciones que ya no piensas dar, estás enamorada como nunca lo has estado, y el pasado, simplemente, no existe. 
Sin apenas notar el cansancio, recorrimos dos cuadras más hasta llegar a La Candelaria. Me asombraron sus empedrados, sus casitas bajas de estilo colonial. Pero más me asombró el hecho de que cada uno de nuestros pasos a diez mil kilómetros de mi ciudad, me pareciera un acto poético. Llegamos finalmente a la Plaza Bolívar. El ambiente allí se me hacía extraño. Había gente. Poca. Una manifestación a favor del alcalde y contra el gobierno, relativamente cerca de nosotros. Los oíamos como de lejos. Como si el aire fuera denso. Unos globos de colores arañaban el cielo, como pidiéndole permiso para perderse en él. Flotar, sólo flotar. La felicidad había dejado de ser un concepto abstracto. 
                                       

Luego cogimos un taxi que te dejó a ti en la carrera doce porque querías llevarle comida a tu papá. Yo continué hacia el norte de la ciudad, prometiendo que te esperaría a cambio de un plato de sancocho. Puedes ahorrarte la mazorca - reí -.
Al taxista le contagié la risa. Me miró curioso por el retrovisor y preguntó. Señora. ¿Está usted enamorada? Nunca una tercera persona me había hecho semejante pregunta. -Sí- respondí - refugiando mi espontánea timidez en un libro de Gabo que compramos frente al Museo del Oro. 
- No sabe cuánto la compadezco, señora - rio más fuerte.
Yo le acompañé la risa con una sonrisa entre la timidez y la insolencia. Tenía las llaves de un apartamento en una ciudad desconocida. Tú vendrías en un rato. El riesgo nunca había sido tan hermoso. Ni la felicidad. 
                      

domingo, 22 de octubre de 2017

¡TAXI!

Eva entró al taxi como pudo. Fuera el viento sonaba enloquecedor, como acompañando a las revueltas que se extendían por la ciudad, creando una atmósfera caótica, como de fin del mundo. Lo primero que vio al entrar fue una estampa de San Cristóbal, que colgaba del espejo retrovisor, a punto de caerse, y volvió a tener la sensación de que el mundo - su mundo - pendía de un hilo, o de un celo mal pegado. 
                                   
- Hasta el Hospital Sur
- ¿Por el centro, o circunvalación?
¿Qué pregunta era aquella? Él sabría por dónde tendría que ir, no Eva. - Es porque el centro está imposible con las manifestaciones. Dicen que hay barricadas y todo. - Vaya entonces por la circunvalación, pero vaya ya - respondió Eva, lo más seca posible. 
Respiró hondo, y sacó su móvil para escribirle a Ana, decirle ok, ya estoy, todo bien. Pero no era más que uno de esos actos de autómata, porque hacía diez minutos que su móvil se había quedado sin batería, obedeciendo a la ley Murphy, o a la ley de la pereza. Necesitas un móvil nuevo, que este no coge batería, y puede que lo necesites en el peor momento, le habría dicho Ana en tono madre. El taxista puso la música a todo volumen mientras ella trataba de acomodarse, irse para adentro, cruzarse de piernas, pero no había espacio, no había espacio para ella. Asfixia.  Él la miró con sus ojos negros penetrantes, pequeños y redondos como canicas, a punto de dispararla a ella, que justo esa noche se sentía tan susceptible, tan fácil de derribar como el San Cristóbal del retrovisor, Eva era el blanco fácil de un juego de canicas a punto de salir disparadas de la faz de aquel señor.  Se sentía incómoda, así que bajaba la vista a cada rato para evitar que sus miradas volvieran a cruzarse. - Póngale atención a la carretera - le habría dicho en cualquier otro viaje que no fuera el de aquella noche. 
- ¿Estás incómoda? Si quieres te corro más este asiento.
La estaba tuteando. Mal presagio. Otro mal presagio. ¿Quién le había dado esa confianza? Algo raro empezó a flotar en el aire, algo tan espeso que Eva tuvo el impulso de bajar la ventanilla, pero no quiso parecer alarmada y se contuvo. 
- No, gracias. No hace falta. 
Además empezó a sentirse mal. Había entrado bien, pero ahora estaba mal. Apoyaba la cabeza en la mano, para sostenerla, que no le fuera a caer del cuello y salir rodando. Cerraba los ojos con los dedos de su mano en un vano intento por no sentir, por no pensar, por creer que todo saldría bien cuando las cosas estaban saliendo rematadamente mal. Dejaba un hueco entre su dedo corazón y su índice para mirar el mundo, digamos que para permanecer alerta y enseguida se topaba con los ojos del taxista, acechando su privacidad, diría Eva que hambriento por saber, con esas canicas que flotaban en las malas intenciones.  
- ¿Por dónde te has metido? - fuera estaba oscuro, sólo a lo lejos podían verse ambulancias, y varios contenedores en llamas - 
- Tú, tranquila. Yo me ocupo.
¿Que él se ocupaba? ¿Pero qué se creía? ¡Qué atrevimiento! Como si se conocieran de algo, como si fuera un amigo que le está haciendo un favor. Entonces Eva ya estaba aterrada, pero el dolor no le dejaba espacio al miedo, igual que el asiento de delante no le dejaba espacio a ella, como fuerzas antagonistas a punto de estrellarse las unas con las otras, y acabó emitiendo un breve y casi inaudible gemido. El tipo sin embargo lo escuchó, y la miró de arriba abajo, sin tapujos, con todo el descaro que ella odiaba. Un coche los adelantaba por el segundo carril en la glorieta, y en la salida casi se incrusta en su puerta, obligando al taxista a frenar en seco, y a Eva a gritar fuerte, esta vez sí, de puro dolor. El taxista se salió del carril y echó el freno de mano. El barrio estaba a oscuras y no había ni Dios, del que nunca se acordaba. La ciudad era pura desolación y negrura. Eva temblaba de miedo y de dolor. San Cristóbal cayó al suelo mientras el taxista intentaba abrir la puerta de atrás. No pudo. Se había atrancado. Se fue al otro lado. -Tendrás que salir por aquí ¡Abre, coño! -
Eva recostó su cabeza lo más que pudo, dejó los ojos entrecerrados, y con pavor dijo ¡no! ¡no lo haré! Vio como el taxista se irritaba más, y metió su brazo para abrir él mismo desde fuera. 
- Venga. Ahora relájate, vente. 
- ¡No! No puedo.
- Sí que puedes, ¿cómo no vas a poder? ¿no ves que no hay nadie y no te queda otra? - ahora había adoptado un tono conciliador, acompañado de una sonrisa que pareciera una calabaza en Halloween- 
Tiró suavemente de sus piernas, para dejarlas fuera de los asientos. Ella se dejó, comprendiendo que así era, que no le quedaba otra. No había alternativa. Eva gritó fuerte, gritó sin tapujos ni prejuicios. El taxista la agarró con sangre fría, con cierta maestría, como si no fuera la primera vez. Aun así, con las caderas de Eva tan adentro, no llegaba bien a ella, y le pidió que se moviera un poco más hacia fuera. Eva sollozaba, el dolor se le hacía ya casi insoportable, moqueaba en el asiento y nadie parecía apiadarse de ella. 
- ¡No puedo! ¡No puedo más! -le dijo- 
- Venga, que ya no queda nada, un último empujón -dijo él ya con ese descaro que ya se hacía familiar, el mismo que le otorgaba el hecho de que Eva se hallara completamente indefensa. 
Y así es como Abel vino al mundo. El taxista lo sujetó por la cabeza nada más asomarse a él. Luego le cortó el cordón umbilical, se lo puso a Eva en el pecho, y sin prisas ya, los llevó al Hospital Sur. 

                         

CARACOLES

                                          

Caracoles
Aquel día de verano volví a acordarme de ti, de tu voz inolvidable y de un año de esos en los que aún parecerías eterna. Digamos 1989.
Tú comprabas caracoles o papá te los traía. Yo me entretenía mirando cómo los pobres se retorcían en la cazuela, gritos diminutos de auxilio imaginados por mí sólo, llamadas desesperadas ahogándose en su propio jugo, trepando por el acero inoxidable en busca de la salvación.
Algunos conseguían refugiarse en la encimera. Otros deshacían el camino andado como la roca de Sisifo.
¿No podrían morirse de otra manera?
- A mí también me da lástima, no creas -
Me respondiste, cuchara en mano, devolviendo al infierno a los rebeldes. A mí me valía tu frase, y hacía lo mismo con los campeones de la encimera.
Aquel día de verano me volví a acordar de ti. Desde la ventana, vi que hacía un sol de justicia, que sólo había un hombre sin camisa sin afeitar y con otros sines más arrastrando restos de un frigorífico Bosch en un carro del Lidl.
Me acordé tanto de ti que pude verte de nuevo haciendo caracoles en 1989.
¿ No se pueden morir de otra manera, mami?
- Son sólo caracoles, hijo - me dijiste con tu voz inolvidable de 1989, mientras dejabas caer una hoja de laurel sobre la muerte.
                                    
                     

domingo, 15 de octubre de 2017

COLATERAL

Desconoce Eva la razón por la que le pasa todo esto. Lo raro es que le pasa siempre en casa, al tumbarse en la cama o en el sofá. Lo raro es también que le gusta, y eso sí que es raro. Porque a nadie le gusta sangrar por la nariz, que te caiga una auténtica lluvia roja, y a veces el papel higiénico no sea suficiente para proteger tu camisa favorita. Lo raro también es que el chorreo no es más que un aviso de esa bajada de tensión que le llega después, todo empieza a girar, las piernas no aguantan el peso de su cuerpo, pero como ya ha tenido el aviso de la sangre, se ha resguardado en el sofá, o en la cama, o se ha dejado caer en la pared para evitar un golpe, y entonces flota, flota durante unos segundos en los que siente que desaparece, y le gusta, para qué nos va a mentir Eva si ella no cree en el paraíso ni en pecados capitales. 
                                        


O le gustaba. La caída de ayer marcó un antes y un después. Porque ayer vino sin el aviso del sangrado. Y eso sí que es peligroso. Estaba en la cocina cuando de repente se sintió como un saco de tomates arrojados a la calle desde su séptimo piso. Incluso perdió la conciencia durante unos segundos en los que no flotaba, sino que la gravedad se ensañó con todo su cuerpo. Luego pudo incorporarse, y notó que los glóbulos blancos y rojos que le brotaban no provenían de la nariz, sino del ojo derecho. Ahora sí que su camisa favorita sería un estropicio. Se levantó y se fue al baño a comprobar que se había partido la ceja contra el suelo, que quizás tenía que ir al médico a que le echaran un vistazo a la herida, pero pensó que mejor un poco de betadine. Luego cogió el cubo y la fregona y limpió el charco de sangre de la cocina y salió corriendo al bar donde trabaja. 
Su jefe le preguntó qué le había pasado, y le mintió. Le dijo que se había escurrido en la bañera, y que se había dado una hostia contra el toallero, sonriendo mientras pronunciaba h-o-s-t-i-a para que todo pareciera creíble, y el humor quitara importancia al asunto. Diego la habría mandado al médico directamente, pero justo ayer había mucho curro, y no quería que se quedara solo. Eso sí: la semana que viene, martes o miércoles, pediría cita para contarle al médico lo de sus breves desmayos. Así que el día continuó normal, sin sangrado ni de ceja, ni de nariz, ni tampoco acontecieron esos breves y placenteros vahídos. Pero luego vino Ana, su mejor amiga, con la que se va de tapas al terminar el trabajo un día sí otro no. Son como hermanas, son las muy mejores amigas, Ana le habla de su ex, Eva le habla de su marido, Ana le habla de sus tres hijos, Eva le habla de que ya es tarde para tener hijos, Ana le habla de su trabajo en la oficina, Eva le habla de los clientes del bar, Ana le habla de su padre, Eva le habla de su madre; ambas hablan de recetas de cocina, del tiempo, de perder el tiempo con una nueva dieta antes del verano que viene, de esas vacaciones las dos solas en una playa, alojadas en hotel con pulserita donde te lo den todo hecho. Así que Eva considera que sería un pecado no contarle a Ana lo de la caída, lo del desmayo y todo eso, aun sabiendo que Ana reaccionaría como una histérica, que la querría llevar ella misma al médico a contárselo todo, eres una inconsciente Eva, le dijo Ana con forma de Dios, si el martes que viene no vas al médico me voy a enfadar contigo. Y eso sí que sería perder el paraíso, así que Eva prometió hacerlo. Luego sin saber por qué ni a qué se pusieron a hacer cuentas, y gracias a Ana, Eva se dio cuenta de que tenía un retraso de dos semanas. Bueno, ya sabes lo irregular que soy. No te preocupes que no conozco ningún embarazo que se manifieste a través de hostias contra el suelo, y volvió a pronunciar h-o-s-t-i-a-s con una amplia sonrisa, más falsa que un billete de euro, escondiendo que a Eva le aterraba la idea, la mínima minimísima posibilidad de estar embarazada. Ahora. 
Luego se despidió de Ana con un fuerte abrazo. La dejó en la parada para coger el 61, y se marchó a casa. De camino se paró en la tintorería a recoger su camisa favorita, y el traje de su marido. Al llegar dejó el traje de Juan -¿pensaban que se llamaría Adán? volvamos a lo terrenal- en el armario. Inspeccionó su camisa, y vio que había restos de sangre todavía. Pensó en llamar a quejarse a la tintorería, pero optó finalmente por volverla a meter en la lavadora con Kalia-oxi-action, mientras ella hacía la cena. Estaba poniendo ya el mantel sobre la mesa cuando llegó Juan. Parecía cansado, tan cansado que no le vio la herida de la ceja. Voy a ducharme primero. Ok, respondió Eva. Lo esperó durante quince minutos en la cocina, jugueteando con el tenedor y la ensalada. Cuando por fin Juan salió del cuarto de baño y del dormitorio, llevaba una maleta en la mano. 
Me voy de casa, dijo. También dijo alguna cosa más pero Eva no se acuerda. Tenía demasiada hambre y demasiadas cosas que hacer al día siguiente: pedir un aumento de sueldo a Diego, comprar un test de embarazo, ir al médico, tirar todo lo que Juan no se hubiera llevado, y empezar a cuidarse. 
                        

PUNTOS SUSPENSIVOS

Hay signos del lenguaje a los que se les debería levantar un monumento, pero como nadie está por la labor, ni nadie apostaría siquiera por dedicarle un hashtag, deberíamos al menos en desagravio concederles un significante. Estoy hablando, como ya habrán leído en el título, de los puntos suspensivos. Yo sé que el silencio muchas veces habla por sí solo, pero al fin y al cabo es la nada. Los puntos suspensivos, por la variedad de su significado, por la riqueza de sus connotaciones, merecerían un significante aplicable a todas las lenguas. Por ejemplo, propongo, un sonido gutural intermitente que dure unos tres segundos, y que imite el ronroneo de un gato. No en vano el ronroneo de un gato viene a significar algo así como mira-qué-a-gusto-me-he-quedado-que-siga-la-fiesta. ¿No les parece que los puntos suspensivos pueden querer decir todo eso y más? Sí, ya sé que sería difícil ahora que alguien me patentara esta idea, pero torres más altas han caído. Piensen en que la rueda tuvo que esperar un cambio de era para hacerse popular, o en los abrefácil, los muchos detractores que tienen, o en las gafas de sol a rayas, ha tenido que venir Kanye West a resucitarlas. 
Los puntos suspensivos son mucho más que un etcétera, son mucho más que el silencio, son contradictorios, son irónicos, son mordaces. Piensen.
- ¿Te quieres casar conmigo?
- ...
                                                  ...
- Declaro la independencia ... y la suspendo ...
                                                  ...
- Les dejo hasta el lunes 16 para que aclaren si se ha proclamado independencia o no.
- ... estamos abiertos al diálogo... para instaurar una Cataluña independiente.
- ... ¿eso es un sí o un no? Pues señores ... me veo obligado a ...
                                                  ...
- Gracias por todo, de verdad... no sé qué haría sin ti.
- ...
                                                  ...
- Me pasaría la vida aquí contigo mirando las estrellas.
- ...
- Vámonos ya.
- ...
No me digan que no son ricos los puntos suspensivos, que no encierran no sólo silencios, sino paradojas, sarcasmos, cosas que no valen la pena decir, a) porque no las entenderían nuestros interlocutores b) porque estamos cansados de repetir siempre lo mismo c) es imposible mantener la conversación contigo porque yo erre que erre y tú-más. Los puntos y seguidos son unos suicidas, los puntos y apartes unos camicaces, los puntos finales unos terroristas. Las comas sólo añaden y respiran, los puntos y comas viven en tierra de nada, levantan expectativas que no cumplen, las interrogaciones son demasiado inquisitivas, las exclamaciones maleducadas, los paréntesis nos hablan como si fueran idiotas, pero los puntos suspensivos... ay, los puntos suspensivos. Dicen todo y nada. Nada y todo. Reflejan como nadie nuestro quiero y no puedo, la chispa de la vida que nos otorga la ilusión de comunicarnos como ningún otro ser en la tierra, y la desilusión de estrellarnos contra nuestra propia incomprensión, mientras valoramos la gracia de caer (cada vez con mayor frecuencia) al vacío. 
               
                                                  
                       

sábado, 14 de octubre de 2017

VEINTISIETE

Bajar al sótano de tu casa era una misión arriesgada. La puerta de la cocina que conducía hasta él, se cerraba irremediablemente, dejándonos a oscuras en un trayecto de veintisiete peldaños. Conteníamos el aliento por el miedo a caer escaleras abajo. Yo me agarraba a tu cintura, tú me cogías de los hombros. Reíamos nerviosos hasta que en el decimotercero, nos parábamos a besarnos en mitad de aquella espesa negrura. Proseguíamos abrazados desde atrás, mientras tú contabas uno a uno los peldaños que quedaban. Al llegar abajo, cuando ya cada uno llevaba una parte del otro consigo, y justo antes de que tú prendieras la luz, una idea sobrevolaba mi mente: la felicidad era aquello. Éramos tú, yo, la nada, y el miedo a llegar al peldaño veintisiete. 

                       

Sé que sientes mariposas, yo también sentí sus alas
                                       
como un vallenato de esos viejos que nos gustaba

domingo, 8 de octubre de 2017

CINCUENTA POR CIENTO

En honor a la verdad, no puedo decir que esté enamorado de Petra. Creo que estoy demasiado mayor para esas cosas, mayor, y pasado de rosca como dicen por ahí. Las cosas ocurren porque uno está en el momento oportuno, en el sitio correcto, y las personas se dicen lo que deben decirse. Y que conste que no creo en la magia. Si ocurriera algo distinto, o dejáramos que ese algo no ocurriera, el gallo no cantaría. Además, un hombre a estas alturas no puede permitirse elegir, menos después de aquel subidón de tensión que me dejó medio lelo todo el lado izquierdo del cuerpo. Encima soy zurdo. Qué mala suerte, ¿no? Podría haber sido el derecho, pensarán, pero la suerte siempre es relativa según con qué se la compare. Cierto es que tenía un cincuenta por ciento de probabilidades de que fuera el lado izquierdo, pero puestos a mirar estadísticas, también podría haber entregado la pelleja y no lo hice. Admitirse rechazable no es cuestión de tener poco amor propio, es cuestión de lealtad a la verdad, creo yo. En el amor verdadero uno lo acepta todo. En el acto físico de enamorarse, no. Eso lo sabe uno bien cuando ve mujeres hermosas pasar de la mano de tipos erguidos a los que la pierna no le renquea como a mí, sobre todo cuando cruzo un semáforo, y el muñequito se me pone intermitente a la mitad, y las mujeres hermosas se impacientan en sus coches, tan bien acompañadas, y yo me pongo nervioso, me miro la pierna como si quisiera arrancármela, acto seguido las miro a ellas a ver si se da la magia y me comprenden, me invitan a subir al coche a hacer el amor en los asientos traseros, cambiarle el guion a esta historia, y de paso terminar creyendo en la magia. No ocurre nada de eso, por supuesto. Pero me quedo con el cincuenta por ciento bueno, el de que nadie me atropella. A veces incluso lo celebro con una buena paja, si es que se le puede llamar bueno a haber tenido que aprender a hacérmela con la mano derecha, porque con la izquierda, a velocidad excesiva, siento un hormigueo horrible que se me extiende brazo arriba hasta el hombro, y saltándome al cuello y a la nuca, se me queda esta como acolchada. La suerte, insisto, es relativa, y aunque Petri no sea el amor de mi vida, Petri es una suerte en mi vida. 

Juanjo me borró de un plumazo las lágrimas de la mañana. No saben lo que es llorar cada mañana durante media hora, como si fuera una necesidad fisiológica más. Despertar con el nudo en la garganta, o peor, que el nudo en la garganta te despierte, tener que hacerle un hueco en tu agenda, y aprender a levantarte media hora antes que todo el mundo cada día para poder hacerlo a solas y sin interrupciones. Yo lloraba a solas y muda, todo el llanto consistía en lágrimas cayéndome en la cara, sin ruidos de dentro ni nada, todo lágrimas. Al acabar me miraba en el espejo y me veía la cara hinchada. Esa no era yo. Imagino que aquel era el motivo de mis lágrimas mudas, que el tiempo y sus circunstancias me habían pillado mirando para otro lado, y no aceptaba estas caderas ultra-ensanchadas sin medida, bueno, después de un embarazo de mellizos es normal, me decían, pero yo no me creo nada. Ver mis caderas ahí desparramadas en mi espacio era la constatación de que mi sueño de ser bailarina se había desvanecido ya por completo. Miren que yo luché para serlo, la de madrugones que me pegué siendo niña todavía, y la de cosas lindas que me rondaban la cabeza. Hasta mi nombre parecía de bailarina: Petra, tiene como aire ruso contundente. Fíjense que fue el primer defecto que le encontré a Juanjo, que me llamara Petri, aunque él diga que parece así más cariñoso. No llegué a nada. Esa historia, supongo, ya la conocen, la del futbolista que llega a veinticinco y ya no pinta nada en la cantera; la de la modelo que no ha pasado de anunciar ropa del Carrefour, la del cantante que no ha salido de su canal de Youtube, la del escritor que ya sólo espera que sus amigos le den aplausos por facebook... no hay libro de autoayuda que te quite del todo esa sensación de ¿fracaso? Todas las lágrimas me vinieron, eso sí, cuando Francisco me dejó de la noche a la mañana, otra historia demasiado común como para contarla con detalles. Conoció a una mujer más joven y se lo pensó poco. Me dejó una pensión generosa para que no protestara y poder llevarse a los niños sin problemas fines de semana y fiestas de guardar. Cuando estaba con él, todavía me creía bailarina. Sobre todo cuando terminábamos de hacer el amor. Me levantaba de la cama talones juntos y pies hacia fuera, separaba las piernas y divisaba dónde habían caído mis bragas, o cualquier picardía, cruzaba las piernas para restablecer el orden de las sábanas, y terminaba el show dando una voltereta dentro del nórdico para buscar el condón usado de Francisco que a esas alturas ya casi se había dado la vuelta en la almohada para entregarse a Morfeo. Les engañaría si les dijera que Juanjo es el amor de mi vida, pero sí el responsable de que por la mañana temprano, no me despierte el nudo en la garganta. 

Así que no puedo decir que Petri sea el amor de mi vida, pero es que nadie lo fue. Los años me pasaron casi sin darme cuenta, quizás por egoísmo, o porque preferí amistades y familia a compromisos, pasaron dos o tres mujeres por mi vida sin pena ni gloria. Petri dice que es que yo soy un tío egoísta, que no se entrega demasiado, y a las mujeres les gusta la entrega y el compromiso. Esa es la razón de mi soledad. La primera noche que hablamos de sexo me preguntó si todos estos años de soledad, no me había ido de putas, y eso me molestó sobremanera, le dije que a mí me gusta el sexo sólo si hay deseo mutuo, si no, no lo quiero. En verdad no me molestó la pregunta, lo que me molestó es que no me creyera, me dieron ganas de salir corriendo y dejarla allí tirada en un momento tan importante para ambos, pero me contuve, y además, ya saben que correr no podía ser mi opción más acertada. De hecho hay algo que me encanta de ella. Con ella puedo caminar a mi ritmo, noto que no me mete prisa, que soy capaz de acompasarla; la gente en cambio, los transeúntes, suelen ponerse nerviosos, intentan disimularlo, pero noto en mi cogote su ansia por adelantarme en las aceras estrechas, te dejan la sensación de que están apurados, apuradísimos, que sus vidas, sintiéndolo mucho, no pueden ir al ritmo de la mía. Por eso no me gusta ir al centro. No me gusta caminar con la gente, excepto con Petri. Ella tiene esa forma lenta, como sosteniendo la gravedad de sus caderas, como de no tener adónde ir, que me gusta. Los lunes por la tarde, mientras sus niños están en inglés, nos damos una vuelta por el barrio, por las calles donde no hay tiendas ni gente ni nada más que pisos tristes y sin alma. Hay un bar donde no entra nadie. Es una especie de taberna de la de antes que maneja un chino. Extraño, ¿no? Los chinos ponen tiendas de comestibles, pero no tabernas de mala muerte. El caso es que como allí nadie nos mira, hemos convertido el bar del chino en nuestro particular sitio romántico de los lunes por la tarde, y la cerveza acompañada de pipas que nos pone, nos parece un manjar, porque en ese rato, nos sentimos solos en el mundo, alejados de él, como si este corriera aparte, y a nosotros no nos importara estando solos. A la media hora nos levantamos y nos vamos. El chino apenas se da cuenta, pues tiene Intereconomía o algo así puesto a todo trapo. Volvemos despacio por donde vinimos, nos cogemos un rato de la mano, y sonreímos. 

Ahora entiendo el verdadero significado de aquel dicho "nunca digas de este agua no beberé". Porque yo nunca me habría fijado en Juanjo. No me entiendan mal. Yo no me creo una top model, como creo ha quedado claro. Pero Juanjo es cojo, a veces tartamudea, y el pobre hombre apenas tiene conversación. Nadie sabe de esta historia, ni siquiera mi madre, a la que siempre se lo cuento todo, excepto lo de las lágrimas por la mañana cuando las tenía, y esto. Creo que lo menos le gustaría de él, sobre todo y ante todo, es escucharlo llamarme Petri. Sería la gota que colmara el vaso. Empezaría a despreciarnos de esa manera tan suya, colmada de refranes, para venirnos a decir, en última instancia, que somos unos desgraciados que no llegaremos a ninguna parte. A nuestra edad. Por eso entre semana me gusta ir a escondidas con él, como si fuéramos dos adolescentes. Me acuerdo cuando estoy con él, de esa canción de Violeta Parra, lo miro, y le canto, "volver a los diecisiete, después de vivir un siglo". El fin de semana, cuando Francisco se lleva a los niños, me voy a su casa, toda descuidada. Dirán las feministas que soy lo peor, que menudo paso hacia el machismo y todo eso, pero no puedo remediar ponerme a limpiar como una loca. No lo hago por él, diré en mi defensa, pero es que si quiero quedarme allí a dormir, necesito un mínimo de limpieza. A mi madre le digo que voy a un balneario a hacer terapia para mujeres divorciadas. No es una mentira al cien por cien, pues estar con Juanjo es una terapia. Él sí me escucha. Desconozco si le importa lo que digo porque no suele contestarme, pero cuando empiezo a hablar de mi juventud, él me abraza, me toca el pelo, y me mira atento, y me siento bien. Ya no siento ese nudo en la garganta. Y no es por el sexo, que también lo tenemos. Cuando terminamos hago la misma función de bailarina que hacía con Francisco, exceptuando la voltereta, porque a él no le dejo que se quite el condón en ningún momento, y entiéndanme, no hay nada que buscar entre las sábanas, pero hago más pasos de bailarina frente a él, y desnuda, sin vergüenza alguna. Él no se da media vuelta para irse a dormir, sino que permanece atento a mi actuación, a veces incluso noto que se le empalma de nuevo, eso sí, sólo al cincuenta por ciento. No lo suficiente para un segundo polvo. Luego me visto y lo abrazo, él se queda dormido en mis brazos. Hay noches en las que siento que me besa entre sueños; luego le pregunto y dice no acordarse. Es raro eso. Me gusta.

                                                 


Me gusta que Petri esté presente, porque casi siempre es silenciosa como yo, excepto antes de hacer el amor. En ese rato habla de cuando era bailarina. No me pide que la entienda, sólo que la escuche. En ese rato la siento tan cercana, su piel tibia tan próxima, sus carnes rodeándome por todos lados, siento que mi cuerpo se equilibra, que el lado izquierdo siente como antes, que no hay hormigueos ni parálisis, me sumerjo en su voz, y me siento a tope, con unas ganas tremendas de que hagamos el amor. Luego ella sabe moverse procurando que a mí se me olvide que puedo empujar a medias, que puedo gemir a medias, que puedo penetrar a medias, y que por fin, puedo sentirla, al cien por cien. Algunas noches su madre la llama, o la llama su ex, ella se pone muy nerviosa, como temerosa de que yo vaya a alzar la voz, yo abro un ojo, y ya está ella en guardia rogándome silencio con su dedo en la boca. Un par de noches se fue. Algo feo tuvieron que decirle para que se fuera de esa manera. Suerte que yo no pregunto, para que no se sienta más incómoda. Otros días en cambio hemos amanecido juntos. Lo primero que veo al despertar es su sonrisa hermosa y luminosa. Me pregunta si me acuerdo de cuando la he abrazado en la noche, y la verdad, no me acuerdo, le digo que no, y ella ríe a carcajadas. Eso me encanta. Es raro pero me encanta. Siento que quiero escucharla reírse así muchas veces. Y que eso es amor. Y que debo decírselo. Pero se me amontonan las palabras en la boca, y prefiero quedarme callado. 

Me pregunto qué siente Juanjo por mí. Qué piensa cuando marcho a casa con los niños y se queda solo. Si no se da cuenta de que lo llevo siempre por las calles donde nadie nos conoce. Me pregunto si no me echa de menos cuando los domingos por la tarde desaparezco, si siente mi aroma reciente, como en las películas románticas. A veces le echo en falta un poco de arrojo. Que me pida que me quede. Que me coja por detrás cuando estoy abriendo la puerta, y me diga que es pronto, que quiere más. 

Este fin de semana dice que quizás no venga. Que está con eso de las mujeres. Yo le he dicho qué más da. Que no la quiero sólo por el sexo. Ella ha respondido con esa incredulidad que aborrezco, pero no se ha dado ni cuenta de la causa de mi enfado. 

Los hombres no se enteran de nada. Cuando más cariño necesita una, menos atención te ponen. Hoy Juanjo está especialmente desagradable y silencioso. Me dan ganas de zarandearlo, pedirle que despierte, que quizás, sólo quizás, le estoy pidiendo amor a gritos. 

Otra vez con lo mismo. Perdone usted la ofensa. Prometo no llamarla Petri nunca más. De verdad que no entiendo que eso sea tan importante. 

Y va y me dice que si no llego a las nueve y media se marcha. 

Y va y me dice que no sabe si vendrá.

No crean que no lo he pensado veces. Que no hago las cosas a lo loco. Pero finalmente he decidido no acudir a mi cita con Juanjo. No sé si algo tiene que ver que esta mañana me desperté llorando.

Petra no ha llegado a nuestra cita. Le dije que si no llegaba a las nueve y media, me iría, y en honor a la verdad, marché a veintinueve. No se preocupen por mi suerte. Había un cincuenta por ciento de posibilidades de que viniera, y otro cincuenta de que no viniera. Y esta vez me alegré del lado en que cayó la balanza. 

                       

sábado, 7 de octubre de 2017

AIRPORT FAREWELL

                    

AIRPORT FAREWELL

Ella se ha pintado la cara este día. Nunca lo hace. Hoy sí. Él ha


llorado. Hoy sí. Ambos tienen la cara negra. No es que la de ella

sea negra por todos lados, pero sí que hay trazos negros de

maquillaje difuminados de manera irregular. El caso es que ambos 

tienen la cara negra. Aquí y allá. Él le ha besado a ella la cara negra

con su negra cara. Aquí y allá.

Él la ha visto llorar a ella primero y al intentar detenerle el llanto

ha reaccionado con deseo. Son esas extrañas apariciones del deseo

cuando menos se le espera. Entonces un solo pensamiento ha 

fulminado el deseo: ya no más, ya no más, alguien le ha dicho - 

quizás simplemente ha sido él mismo el que se lo ha dicho a sí 

mismo. Y ese pensamiento ha desencadenado las lágrimas. Las de

él. Aquí y allá. Las lágrimas se evaporan con prisa. Debe de ser por

el calor que hace. Antes de evaporarse algunas se mezclan, las de 

él con las de ella, y viceversa. Otras se vuelven negras des-

maquillaje. Entonces ella llora más. Llora como una niña. Hipa,

incluso. Él intenta sofocar esta lluvia de lágrimas torrencial a base

de besos. Intenta bebérsela. Ella es agua. Hoy sí. Aquí. Porque no

hay más allá. El allá muerde. El mañana mata. 

Él ya no llora. Será de pellizcarse tanto la muñeca. Será ese manido

truco de comprobar si la vida es sueño. Ella no quiere soñar. Él

tampoco. Hoy menos. Ni aquí ni allá.

Él ya no llora porque ha de acercarse a ventanilla. Cuarenta años -

casi- pesan, Pesan demasiado como para regalarse una tercera

adolescencia. Por eso no llora. No le gusta ni puede permitirse que

alguien que no sea ella lo vea llorar. La mujer de la ventanilla lo

mira con ternura. La sal de las lágrimas evaporadas le otorga una

suerte de renacimiento a su cara negra des-maquillaje. Aunque

como ya se ha dicho, ahora no llora. Ella, en cambio, sí. Llora

mientras lo mira de espaldas en ensayo general al adiós definitivo.

Sus bocas que no se tocan forman un segmento finito. En dos

minutos serán dos líneas paralelas sin esperanza secante. Porque el

dolor no permite ver el allá, sólo el aquí. Son dos bocas sucias y

negras. Una de besar y otra de ser besada y viceversa. 

Él vuelve. La besa más arriba de las cejas aprovechándose de que él

mide unos quince centímetros más. Hay restos de lágrimas allá

más arriba de las cejas. Cómo es posible. Son lágrimas ya

evaporadas, eso sí, gracias al calor. Hace calor antes del infierno.

Él alza ahora los tobillos para besarle a ella el peinado que no se

hizo esta mañana antes de salir al aeropuerto, y antes de pintarse la

cara. Ella siempre se peina. Hoy no. La cara de él se llena del

cabello de ella, aquí y allá. Una última llamada. Un último beso.

Ese ya no sabe a nada. Quema. Duele. Duele mucho. Casi mata.

Mata el deseo y el optimismo también. 

Él se despega. Le dice algo al oído mientras la mira firmemente a

los ojos. Debe haberle dicho sonríe, porque ella ha sonreído su

boca sucia y negra, y sus ojos acuosos bebidos transparentes. A él

se lo traga la puerta de embarque. El tiempo siempre tiene prisas

por comerse la vida. Ella se gira y se aleja sonriendo, como si de

repente Da Vinci la hubiera inmortalizado. Ella también se clava

las uñas en la muñeca. Será ese manido truco de comprobar a

pellizcos y uñas largas que la vida es sueño. O si la vida es sueño.

Sus uñas están peligrosamente afiladas. Tanto que sangra. Sangra 

tanto como llora y sonríe. Pero ella no nota el dolor de sus muñecas

heridas. Ese dolor -aún- no existe para ella. Sólo existe el otro. El

de aquí y allá. 
                                  
                                    





sábado, 30 de septiembre de 2017

TES YEUX EN CROIX



(imagen de Colton Haynes)


Aquel verano me despertaba tan marica
que me afeitaba hasta la última hombría,
prendía el ventilador para aventarme la peluca,
me ponía una base gruesa de maquillaje
rimmel y pintalabios
de esos que no borran ni el infortunio
ni los besos
que ya no estaba dispuesto a darte
la faja me la apretaba
ajustaba los glúteos
la panza
y me colocaba el tutú
no estabas
color rosa neón.
Intentaba volar andando de puntillas,
tuc, tuc,
como la profesora de baile,
pero yo sólo toc, toc,
a veces
tac, tac,
no podría ser como ella,
tan frágil y volátil,
que cualquiera diría
entraba por la ventana,
¡Manu! Te toca,
releveè                                plieé
detourneè                            demi plieè
developeè                           en croix
lloraba hacia dentro porque nunca podría ser como ella
hasta que me sacaste a la fuerza,
tirándome de la peluca,
y lloré hacia fuera,
y olvidé mis alas,
y también mis zapatillas,
te juro que cuando te paraste en el chino,
estuve a punto de quitar el freno de mano,
y dejarte allí tirado,
tes yeux en croix,
pero ya sonreías,
traías dos litros más,
me mirabas fijo,
yo no sabía dónde mirar,
habría preferido arrancarme la pierna, antes de que siguieras tocándomela,
te reías de la china,
yo no veía la gracia,
me besabas,
haciendo chasquidos con la boca,
por entonces,
mi cabeza,
ya rodaba barranco 
abajo
        abajo 
                 abajo.

                         

viernes, 23 de junio de 2017

EL PERSONAL COACH

EL PERSONAL COACH
ha venido para motivarnos
contesta siempre con paciencia
tiene respuestas positivas para todo
nosotras siempre preguntamos
mucho
para que se quede más tiempo
con su traje ajustado.
Las chicas no reconocemos que no
nos burlamos
de
él
que nos gusta cómo se perfila
el tupé
y se almidona
la pernera.
Nos hemos vuelto laxas
consentidas
risueñas,
todas excepto Martina,
que es una amargada
reprimida
contenida
refrenada.
Nuestro personal coach
se muestra acalorado
cuando nos ponemos
pesadas,
casi pierde ese aire de
don
licenciado.
Siempre recurre a la granja
de su abuelo
que si las vacas, que si los cerdos,
que si las gallinas, que si las cabras,
y yo aún no entiendo la relación,
entre el módulo de producción
y las ubres de la vaca,
repita, por favor, una vez más,
yo es que soy cosmopolita,
y no alcanzo a entender
a qué huele
la granja
de su abuelo,
quiero que me arranque,
el trajecito de moda.
El viernes,
se me mojaron las medias,
cuando el muy listo,
se nos puso cerca del oído
y nos pidió
permiso.
El lunes entré al baño
apurada
y el personal coach salió
acalorado
perfilándose el tupé
almidonándose la pernera.
En un cubículo estaba
Martina
con la cara desencajada
los ojos desorbitados
la sonrisa inevitable,
me llamó al cubículo
entré y eché el cerrojo
me dijo algo que no alcancé a entender
tan ebria Martina,
me acerqué tanto como pude.
Martina olía a granja del abuelo.

                              


                    

sábado, 10 de junio de 2017

CAMBIO DE PLANES

Imagínate por un momento, tampoco va a ser muy difícil, que hoy es puto lunes, que has trabajado de ocho a dos, que los pies te queman bajo el cuero, y estás deseando llegar a casa a comer algo y quitarte por fin esos zapatos. 
Has estado a punto de hacer el ridículo en dos ocasiones. En la primera, mientras mirabas a tu jefa, creías que te estaba hipnotizando con sus ojos, y has dejado cerrar los tuyos, justo cuando has visto el futuro: te desmoronabas en el suelo, vencido por esa falta de sueño que arrastras desde hace siglos. En la segunda, has confundido el teclado con una mullida almohada, y a punto, sólo a punto, has estado de escribir idjgneokfmdfjñjgntielirksdmivo con tu cabeza. 
De vuelta a casa, recuerdas que el frigorífico no es que necesite repuestos, es que está completamente vacío, que te has pasado el fin de semana, como dice la canción, bebiendo, comiendo (fumar ya no se lleva) y sin parar de reír. Y ahora tienes tu pequeña tragedia griega diaria, tu expiación de los pecados, por gozar así, tan inmerecidamente, de los días de descanso, creyendo que el lunes sólo era ciencia ficción, que nunca llegaría.
Imagínate que te has gastado cincuenta y pico euros en el súper. Que la cajera no sólo no te ha mirado a la cara, sino que tampoco te ha ayudado a meter la compra en tus tres bolsas de diez céntimos, que estás tan torpe y dormido que no has colocado bien las cosas, que si la lejía encima de los huevos, que si los plátanos al fondo, y que quizás te has dejado algo en caja. Que te duele hasta el alma cuando llevas las bolsas al maletero, que no importa, que ni siquiera piensas comer, sólo quieres llegar a tu sofá y lanzarte a él como si tu cuerpo nunca hubiera gozado de la posición horizontal. 
Imagínate ahora que estás esperando el ascensor, que te has dejado la compra en el maletero, que ya luego si eso volverás por ellas. Imagínate que el ascensor está en el sexto, que todavía tiene que bajar a ti, que alguien seguro lo ha colocado ahí, porque el mundo, por supuesto, se confabula los lunes contra ti.
                                             
Así que tendrás que esperar esa eternidad, sexto, quinto, cuar-to, ter-ce-ro, seee-guuun-doooo, pri, pri, pri, me, me, me, me, rooooo, baaaaaa, joooooo, cualquier espera desespera en una situación así, sigue imaginando. Justo cuando se abren las puertas del cielo, perdón, del ascensor, ves a una dulce ancianita cargada de bolsas, que no se queja como tú, y que intenta, con sus manos temblorosas, meter las llaves en la cerradura. 
Debe de ser la ancianita del quinto, la que vive justo encima de tu piso, la misma que de vez en cuando se desvela por la noche, que habla sola, o habla con sus muertos, que corre los muebles con esa molesta nocturnidad, y con esa poca fuerza que la vida le reserva. Seguro tiene hijos y nunca vienen a verla. Ábrele la puerta y ayúdala con las bolsas antes de que la pobre se descuajaringue en el portal. Sólo serán dos minutos.
La ancianita no podría ser más dulce. Efectivamente es la del quinto y vive sola, se queja. Le has aconsejado que utilice el servicio de compra a domicilio, pero ella replica que no quiere quedarse en casa a dejar que la vida termine de atropellarla. Tú insistes en que con esa opción, puede seguir saliendo a comprar, llenar su carrito y simplemente dejarlo en caja, pero ella no se entera o no quiere enterarse, así que desistes y vuelves a pensar en tu sofá y en cuánto le pesan los lunes a tus pies. 
Así que la acompañas hasta su misma puerta, y dejas caer las bolsas en el suelo mientras ella ha abierto con atino, dando por terminada tu obra de buena voluntad, pero la ancianita se ha metido en la cocina, dejándote la puerta abierta, de alguna manera obligándote a no marcharte todavía, o diciéndote, de una manera soterrada, si te vas justo ahora echarás por tierra tu buena acción del día, por la grosería de marcharte en el último momento. 
De esa manera te ves dentro de la casa de esa buena mujer, donde todo huele a viejo, hasta tus intenciones de echarte en el sofá, tú, que en el fondo eres un trocito de pan, sientes una inmensa ternura por la mujer que ahora te está tocando los mofletes agradeciéndote infinitamente el detallazo que has tenido con ella. 
Pero tú siempre estás demasiado cansado, demasiado ocupado, ¿cierto? o tienes demasiada prisa, o estás poco receptivo, o tienes demasiadas ganas de que te trague el sofá como para vivir al cien por cien lo entrañable de estos momentos que al fin y al cabo son irrepetibles. Puede que también tengas demasiados prejuicios y pienses que te repugna el café con leche al que la ancianita te ha invitado en agradecimiento, que quizás la leche lleva cien días en la nevera, y que el café ni siquiera es café, que es descafeinado de marca blanca. Tú, precisamente tú, que desde que te compraste esa Nespresso de última generación, aceptas con condescendencia cualquier café al que te invitan, como si el tuyo desdendiera directamente de la pierna de Juan Valdez. 
Imagínate ahora compartiendo mesa camilla con la ancianita, que por alguna extraña razón, has sido incapaz de decir no a la entrañable mujer que ahora se queja de lo mal que anda el mundo y de la poca gente joven que vive en la comunidad. Tu cabeza dibuja ahora una línea vertical, suponiendo que ahí debajo, sólo a unos seis metros, se halla tu sofá, tan solo y deseando la brutalidad de tu cuerpo cansado cayendo de golpe sobre él. Tienes la taza de descafeinado en la mano. La pobre mujer no ha caído en ponerte cucharilla, pero ya qué más da, sólo tienes que darle un par de sorbos y largarte. 
Imagínate que de repente algo no te cuadra mientras bebes. Que en el fondo de la taza, como si se hubiera quedado pegado a echar raíces, hay un objeto extraño que sientes el deseo inexcusable de identificar. Por esa, y sólo por esa razón, sigues bebiendo a sorbitos, sin paladear, para poder sobrellevar las náuseas que te están invadiendo, llevándote el café desde los dientes hasta la garganta, sin dejarlo hacer parada en las encías, y prohibiéndoles a tus glándulas salivares cumplir su función degustativa.  
Mientras la ancianita sigue hablando, tú inclinas la taza, impaciente por saber qué se esconde justo al fondo, cuando por fin la cosa toma forma, y no, no puede ser uno de los huevos de tu compra por tamaño, es algo redondo y más pequeño, algo que en principio no es fácil de reconocer pese a lo evidente, porque las cosas, cuando están fuera del lugar que la naturaleza les ha dado no son tan fáciles de reconocer. 
Pero sí, no te cabe ya la menor duda. El objeto pegado al culo de la taza es un ojo. Un ojo derecho dirías, por la ligera inclinación de la pupila hacia la izquierda. Un ojo que sufre - o sufría - de dacriocistitis, u obstrucción del saco lacrimal, como si su poseedor hubiera querido llorar durante un mes y no hubiera podido. Un iris verdoso de los que no pierden nunca la esperanza. Una esclerótica enrojecida como si hubiera soportado toda la contaminación de Pekín en sus centímetros cuadrados. 
Fijas tu mirada a intervalos, aterrorizado, comprobando que la vieja no tiene un ojo de cristal, y que ha olvidado su ojo original en la taza. No, no parece. La vieja tiene sus dos ojos originales. Ahora tienes dos opciones: decir que estás terriblemente indispuesto y que tienes que marchar ya a casa, o correr a la cocina, a poner el ojo bajo el agua, y creerte que de verdad eso que estás viendo es un ojo humano, y, ah, de paso comprobar que la vieja no guarda un cadáver en la vajilla. - Cogeré una cucharilla. No se moleste, yo voy. 
Guiado por ese instinto incontrolable, te hallas de repente en la cocina, escurriendo la taza bajo el grifo, dándole golpecitos al culo de la taza para que el ojo salga de su escondite. El ojo de repente salta al vacío, justo al borde del desagüe por donde no colaría, mostrándose ahora a la vista, y en su absoluta soledad. Imagínate a ti con las piernas temblando, sin saber qué hacer ni qué pensar. Es un ojo, un ojo humano extraído por ti mismo de una taza de descafeinado de tu vecina del quinto. Y eso no se ve todos los días.
Imagínate ahora que la vieja no está tan desvalida como el prejuicio te hizo pensar, que ha venido de la salita a la cocina a lo Usain Bolt, que se te ha colocado a la altura de la nuca, y te comenta lo muy loco que está el tiempo: que si ahora frío, uff, que si ahora calor, umm.
Imagínate por un momento que tu confundido razonamiento te ha hecho pensar que la vieja es una asesina y que te está intentando seducir, y que tú tienes que mostrarte más inteligente y rápido que ella. Así que tu primer ataque será un contraataque, desplegándole tu arte de la seducción. Imagina que le guiñas un ojo, susurrándole que sí, que mira que calor, umm,
e imagínate por último, que te percatas, de repente y por supuesto, que al guiñarle tu ojo izquierdo, el mundo se te vuelve completamente negro.