domingo, 26 de marzo de 2017

MAMI, TENGO NOVIO

Otra vez. 
Mi chico es un hombre grande de manos grandes
que me desviste por desorden alfabético.
Él no se entera de que amo sus manos grandes,
si lo supiera no esperaría a que lo forzara 
a agarrarme por la cintura
cuando me coge.
Ni siquiera sabe que no siento nada en sus otros juegos malabares
mientras no me pone las palmas de sus manos
en la cintura o en el costado
cuando me coge.
Mi chico tiene los ojos grandes de color porno, 
también cree que me gusta el porno 
pero no sabe que yo lo miro sólo para ver pasar sus manos grandes
sobre mi teclado.
                                

Cuando se pierde dentro de mí se le olvida cogerme con las dos manos,
y entonces le grito que pare porque yo sin sus manos sobre mi vientre no siento nada. 
Luego me pide agua.
Mi chico no bebe alcohol ni fuma.
Se le incendia el teléfono con otras mujeres, creo que rebota rebota de cama en cama, pero a mí no me importa, he aprendido a hacerme la tonta y cuando le hablo a sus manos y les digo te amo, él cree que le hablo a sus ojos color porno. 
Luego del agua me pide que le preste un billete de cincuenta, que la casera ya lo ha avisado tres veces, y yo me hago la tonta de nuevo, y le aliso el billete en la palma de su mano derecha, y espero no encontrarlo de nuevo, y sin que él lo sepa, en esa calle donde cuelgan zapatillas desgastadas por el vicio. 
                                           
Mi chico de manos grandes
sabe más de la primavera que las propias flores,
porque brota en deseo de sus manos cada cuatro o cinco días,
cuando le digo que lo amo, 
y él escucha atentamente, 
y a lo mejor sabe que miento,
pero no hace drama.
Hay días que no hablamos, sobre todo si es lunes o jueves,
porque somos independientes, decimos, cuando el teléfono le arde a putas y mentiras. 
Pronto me olvidaré de sus manos grandes 
y sus ojos porno,
él no hará drama,
comprenderá cuando entre en su whatsapp
y ya no nos vea - a ti y a mí - en la foto de perfil.

                    

viernes, 24 de marzo de 2017

TÚ Y YO A PESAR DE OAKS

                        
Anoche te traje a la cama. Es una lástima que mis gritos lo estropearan todo, pero ya sabes que hay cosas que uno hace sin querer, o que hace como si realmente no las hiciera, más bien pasan, inevitablemente, como cuando sales sin paraguas y te llueve. Llevabas años sin aparecer por allí, por mi cama que ya no es mi cama, pero se te veía igual que en los noventa, como un planeta de poderosa gravedad que hace que mi cuerpo celeste o inferno sólo aspire a pegarse a tu superficie de esta manera tan torpe que tengo de pegarme a tu superficie, de pasar las palmas de mis manos por tu espalda, de girar mis dedos para que no sólo las puntas se llenen de ti, de enredar mis piernas en tus piernas con la desesperación de un adolescente que por primera vez te experimenta. Te conté que era la primera noche sin mi madre en la cama que ya no es mi cama, y accediste, en deuda quizás por todas las veces que ella te abrió la puerta cuando no tenías donde dormir, y por los colacaos preparados con batidora a media tarde de verano. Me mirabas con ternura y cierta preocupación ante mi insistencia en que ella volvería a esta cama que ya no es mi cama, que aparecería con buenas noticias acerca del más allá y todo eso que yo no sé explicar, por eso me enredo, se me enredan las palabras en el paladar, y cuando veías que me ahogaba, accedías a mi chantaje emocional y te dejabas abrazar igual que en los noventa, aunque ya no me quieras, aunque ya no te quiera, o eso creía hasta anoche, cuando traspasé todas tus atmósferas, y olías y sentías igual que en los noventa, y yo no sabía dónde esconderme el sexo para que no pensaras que aquello no era más que amor y todas las historias de los noventa cuando mi madre sí era mi madre, cuando uno no pensaba en el más allá, cuando incluso Dios sobraba en la habitación, cuando teníamos las esperanzas y el corazón tan llenos que no nos cabía ni una duda, y todos los demás nos sobraban. 
Incluso Oaks. Anoche también se vino a dormir a la cama de al lado. Él siempre tan discreto (en los noventa sabía cuánto te quería pero nunca dijo nada, ni siquiera cuando nos emborrachábamos). Y tan ingenuo. En mis relatos eligió poner su apellido en inglés para que nadie lo reconociera, como si nadie más que nosotros fuera a aprender inglés. Oaks no portaba anoche el brillo de los noventa. Traía en su cara la oscuridad de su esclerosis, el frío de la certeza de que no mereció la pena vivir. Por eso lo coloqué en la cama de al lado, para que no salpicara mis sábanas con sus malos pensamientos. 
Y me limité a seguir abrazándote, tocarte con toda la superficie de mis dedos como si allí se hallara mi memoria, adaptarme a tu figura decúbito prono y absorberte con la ansiedad de quien cree que una última vez será suficiente. Hacía tanto calor como en los noventa, pero a mí no me importaba que nuestras glándulas sudoríparas por momentos no supieran si pertenecían a mi cuerpo al tuyo o a esa cama que ya no es mi cama. 
Así que por fin llegó mi madre, supongo es lo que quería. Te había llamado a ti, a Oaks y a los noventa para evocarla. Subía quejándose del calor y de su cuerpo, no le encontré la sonrisa, me despegué de ti a pesar de la gravedad, y te gritaba, te lo dije, te lo dije, te lo dije, sabía que esta noche sí vendría, y la toqué, era de carne y hueso, la toqué para asegurarme de que me creerías, pero no le encontré la sonrisa de los noventa, y le pregunté por qué no me había avisado a tiempo para prohibirle la muerte, encadenarla a un conjuro de nunca jamás, pero no logré la sonrisa que antecede a su te quiero, entonces la busqué a gritos, mami, mami, mami, y aun así seguías sin creerme, ni tampoco el oscuro Oaks que trató de mostrarse comprensivo encendiendo la luz de la habitación. No funciona, dijo, no funciona el interruptor, así que tú abriste el balcón para que pudiéramos coger aire fresco y algo de luz, y nos sentamos a ver la noche, mami, mami, mami, seguí gritando yo al otro lado del sueño. 
                                        


Las piernas nos colgaban del balcón. Parecíamos las macetas de mamá asomadas al vacío. Las flores en descenso hacia la superficie sin miedo a que los transeúntes les cortaran el cuello. Hay que ver lo poderosa que es la gravedad. Oaks había vuelto a dormirse. Tampoco la vida onírica le valía la pena ni la sorpresa ya. Dios, qué calor hace, me dijiste. Mañana sin falta nos compramos a medias un bono de sesenta días para la piscina. 

                   

domingo, 19 de marzo de 2017

EJERCICIO DE SINCERIDAD

Simplificando un poco, no es tan difícil de entender. Les ocurre a

todos. Se casan y se quieren unos cuantos sueldos más. Trabajan

para realizarse porque lo personal nunca es ni fue suficiente.

Trabajan mucho. Trabajan duro. Trabajan con la promesa por

incumplirse de que algún día se les reconocerá el mucho y duro

trabajo. Pasan los besos, que no, nunca son suficientes y cada vez

saben a menos, los porvenires cerrándose lentamente. Las facturas

acechan, las obligaciones no pedidas se aceptan sin reclamo. La

infelicidad interiorizada pero no expresa es el peor de los

boomerangs. Un mar de sueños no deseados se cierne sobre sus

sombras.

El sufrimiento es tan silencioso como el mutismo en la cena. Se

sufre sin querer, claro, y también sin darse cuenta. Se sufre durante

años y nadie lo sabe. Se sufre antes y después de saber que se

sufre. 


Entonces uno de los dos se va. El otro sin saber que lo hace con

alivio, respira. Comienzan las explicaciones, adónde, cómo,

cuándo, por qué. ¿Es esto para siempre? Y se necesitan muchas

palabras falsas para explicar la verdad, incluso firmas de textos

que ninguno entiende en su totalidad. Palabras y más palabras

nunca tampoco imaginadas con la sintaxis rota en sus órganos más

rosas. Que cuando había amor, todo era magia, y la magia no debe

explicarse, si no, se rompe, si no, está rota. 
                                               


Tan roto como ella, amanece cuando ella ya no está, y se le rompen

hasta los huesos sus palabras de convencimiento, no me hace falta

ser feliz para volver a inventarlo intentarlo todo, y él está más roto,

ahora sí que lo sabe, no porque ella no esté, sino por el vacío de

todo, y sabe que la naturaleza odia el vacío, y que pronto

remendará el horror vacui con collages de mentira, pero no con 

mentiras a ella, sabe que tiene en su boquita el truco mágico para

que ella regrese y quizás, sólo es pura probabilidad, ella podría 

regresar precedida de tres fonemas sibilantes, sí, sí, sí, hechizada

por la hipnosis de las bilabiales de él, te amo, se me olvidó

decírtelo todo aquel tiempo, y ahí tan roto, pero qué roto, 

permanecerá callado, porque no, ella no, ni yo tampoco,

merecemos más mentiras. 

Quedábamos en que si explicábamos el truco se nos acabaría la

magia. Desde cuando tú. 
  


                 
                 

domingo, 12 de marzo de 2017

BRAINSTORMING

A-M-A-R, escribió el maestro, ocupando la pizarra con las cuatro letras. Se giró con la disposición de quien quiere iniciar una tormenta de ideas. 
- A ver, amar, palabra de cuatro letras, díganme qué es amar. 
Dos señoritas que ocupaban la primera fila, se levantaron de sus banquetas muy dispuestas. 
- Parece que vuelven a estar de acuerdo, señoritas Bovary y Karenina. 
- Sí, lo estamos - dijo una de ellas. Y eyaculó su afirmación tocándose el sombrero: es un verbo irregular. 
Al fondo, alguien levantó la mano en señal de desacuerdo. 
- Dígame, señorita Esteban. 
- Es un verbo defectivo. - dijo la chica tímida del fondo, clavando en la pupila del maestro su pupila azul. 


                    

DE LLEGAR Y NO ENCONTRARME

He tenido la suerte o la desdicha de encontrarme con un poema de Alejandra Pizarnik, y ahora no me lo puedo sacar de la cabeza. A algunos humanos nos gusta recrearnos en el fango, sabiendo que es imposible salir de él, sacamos y metemos insistentemente la cabeza en él, rozamos el infierno, y nos quedamos en ese punto de inflexión en el que te hundes definitivamente, o asomas la cabeza para limpiarte un poco. 
La diferencia entre ésta y mis anteriores caídas, es la duración, el tiempo que llevo metido en el barro, rozando el infierno cada noche, recreándome en pesadillas que soy incapaz de controlar y en que ella se muere, simplemente se muere, malditos sueños, esta vez se han encargado de demostrarme que lo más temido es real, y que el tiempo no prepara para esto. De día suelo machacarme con esa canción de Lukas Graham que en principio pensé que me haría bien, pero las sobredosis nunca son buenas. Y lo que le faltaba a mi mente herida, poesía suicida. No temáis. Amo la vida por encima de todo. Pero no puedo dejar de emular mentalmente a Pizarnik desplegando mi orfandad 
sobre la mesa, como un mapa.
...
Los que llegan no me encuentran.
Los que espero no existen.
                                             

Nunca he escrito si me encontraba triste. No era capaz de sacarle brillo a las palabras, si es que alguna vez he sabido pulirlas. Dicen que la tristeza pasa, el solivianto, como diría ella, se irá atenuando con el tiempo. Yo tengo una teoría bien diferente. Han sido casi cuarenta años sabiendo de su existencia, del refugio de su mirada, del cobijo de sus palabras que todo lo simplificaban a un mientras yo esté aquí no habrá calamidades. Esta es otra etapa de la vida. Una más triste, sí, para qué o por qué negarlo. Ella no está por primera vez en mi vida, ella no me va a llamar, ella no me va a esperar con el brasero encendido, ella no va a despedirse de mí en la puerta de casa pidiéndome que no mire para atrás mientras conduzco. La vida sin ella seguirá siendo vida, pero perderá el don del consuelo escondido en última instancia, ese por si acaso, ese in extremis, ese just in case estás desesperado, pasa una tarde con ella, y las heridas parecerán sólo arañazos. 
Según esta teoría, a partir de ahora y sin remedio, seré un hombre más triste. Los que lleguen no me encontrarán. Los que espero no vendrán. Metido en esta vida a medio gas, seré incapaz de escribir más de dos párrafos derechos. Los días serán un intersticio entre el desprecio a la realidad sin ella, y el amor cobarde que siento por la vida y por mi hijo. Las noches permanecerán crueles, mostrándome con virulencia y sin tregua la deformidad de todo lo extinguido. 
Perdonadme vosotras, las que siempre venís a escribirme con ese amor tan vuestro, y tengo la desfachatez de no contestaros (me cuesta horrores entrar en blogger). Al fin y al cabo, de eso se trata. De llegar y no encontrarme. Espero que no os canséis. Intentaré seguir sujeto a la vida, y al mapa de la mesa. 

                           

domingo, 5 de marzo de 2017

HORA CERO

Dos de marzo, Guzmán el Bueno, hora punta, línea circular.
La repisa de las fotos se derrenga.
La estufa renquea al encenderla.
La bombilla de tubo de la cocina se ha fundido.
Dos persianas ya no suben ahora que la primavera
ya no llega.
Prefiero no llegar a casa yo tampoco, cerrar los ojos y viajar a 
ninguna parte.
Guzmán el Bueno. Entra ella. 
Su perfume primavera me hace abrir
los ojos. 
Al principio no le presto atención. 
Sus prendas de colores engaitan mis sentidos.
Creo que me mira con tres ojos. 
Quizás su tika me ignore
pero tiene dos más, tan azules, tan oscuros, tan intensos, tan inmensos,
que pienso que dos krishnas se le han resbalado por el rostro.
Con una mano sujeta el extremo del sari para que no 
le arrastre.
                                          


Si llegara a hablarme, la invitaría a subir a la superficie, buscar el sol bajo el mismo metro cuadrado, llevarla a comer korma mientras me explica cuál es su dios favorito, o qué sintió con su tika este primer instante al verme. 
Mantengo mi mirada sobre los ojos que me han mirado.
Se levanta sujetando nuevamente un extremo de su sari a cinco dedos,
y cambia de vagón.
Vuelvo a cerrar mis ojos antes mirados. 
Las persianas,
la bombilla de tubo, 
la estufa renqueante,
la repisa derrengada, 
la primavera sin llegar,
mi madre sin llamar,
Guzmán el Bueno,
hora cero,
dos de marzo.

                       

lunes, 27 de febrero de 2017

78

(esto es lo único que puedo hacer ya por ti, hablar contigo y de ti)
78
veces creímos aquella noche que volverías, que cruzarías esa puerta de cristal y nos interrumpirías con aires de reclamo, ¡oye! ¡si estáis hablando de mí tendré que estar yo presente! Porque a ti te encantaba que hablaran bien de ti, que te reconocieran todo el amor que nos diste. Que no eras una amante de esas que dan sin esperar nada a cambio. En verdad, no esperabas nada, ni siquiera amor, pero sí reconocimiento. Por eso te escribo, porque ya va a hacer una semana que no te oigo y quiero reconocerte ante los demás. Porque me duele horrores y de ti no sé escribir bonito. Lo único bonito de todo esto es el contenido: tú. Porque intentaré buscar un final feliz para esta historia, pero lo demás sigue doliendo, y creo que dolerá siempre, hablo de caminar por la calle y todas esas historias banales y cruzarme con tu voz llamándome con la suavidad con la que sólo tú sabes hacerlo, de verte la nuca en el reflejo de un cristal, de sentir en el aire que tu olor está presente en cada cosa que digo o que hago. Hablo de todo ese dolor, de la cárcel de lo inolvidable. Pero no voy a hablar de eso, que como ya dije alguna vez, hay dolores demasiado personales para las redes sociales. Sólo hablo para reconocerte. 
Del techo salía una especie de calefactor que expulsaba un aire caliente y desagradable de esos que tú detestas, y a su lado, otro aparato con rejillas, se encendía para refrigerar, intentando equilibrar la temperatura a veintiséis grados. Cada diez minutos calefactor y refrigerador se turnaban automáticamente, produciendo una especie de bajada de tensión eléctrica que al intentar restablecerse, disminuía ligeramente la potencia de las luces e incluso producía un ligero temblor en la puerta de cristal donde parecía que dormías, provocando setenta y ocho veces la ilusión de que todo aquello no era más que un mal sueño, que te incorporarías a nuestras charlas repletas de huecos a comentar que es cierto que apenas tienes arrugas y aseverar que un día fuiste guapa y delgada, no tanto como tu hermana, pero que también tenías tu aquel. Eso sí, después de parir cinco hijos pues una no podía ser la misma. Entonces, como más vale una imagen que setenta y ocho palabras, irías a tu cuarto a enseñarnos tu foto en blanco y negro, pero por el camino quizás perdieras el hilo de la conversación y habrías vuelto con la foto de tu esposo en la mano culpando al tabaco, al hambre y al campo de que no llegara a ser el Paul Newman de Jaén. Que mira que te lo dijo veces tu madre, no escojas un hombre de campo, que el campo es desagradecido y esclavo, pero tú elegiste al bajito de ojos verdes azulados, el que mejor te iba a querer y sin dinero ni futuro te las apañaste para vivir el amor en blanco y negro como te habían enseñado a vivirlo, desde la lealtad de los que están dispuestos a caminar juntos hasta el final. 
A medida que nos fuiste naciendo a cada uno de nosotros cinco, tu vida, la personal, la que uno guarda para sí con celo debajo de las sábanas, se fue haciendo chiquita chiquita, y te convertiste en una mujer sin secretos que necesitaba hablar con quien fuera y de lo que fuera. Cómo te arrepentías de haber sido tan tímida de pequeña, cuando amaneciste a la vida en plena posguerra y os obligaron a marcharos a Sevilla, con una familia de señoritas andaluzas venidas a menos, pero con la suficiente elegancia como para que tú quisieras copiarles las formas correctas de la clase afortunada. Digamos que no sufriste de odio de clases, porque te declaraste ingenua y agradecida de presumir de que allí en aquella misma calle vivía la Piquer, y de que allí conociste por primera vez el mundo del celuloide, tan fascinante, Rita Hayworth y todas esas mujeres que adivinabas infelices, pero que sabían transmitir magia a través de la pantalla, mujeres sin prejuicios dignas de tu más pura admiración. Digamos que el cine fue tu pequeño gran fetiche. Sí, señor. Habrías dicho la otra la noche al abrir por fin la puerta. Cuando salía con vuestro padre, si teníamos dos pesetas y sólo daban para elegir entre el cine y dos cervezas, yo sin duda elegía el cine. Luego ya vino el nacernos, y dejaste que tu vida se achicara para agrandarnos la nuestra, y empezaste a conformarte con las películas de la tele, que menudas tardes de frustración en Antena3 con la tvmovies, esas pelis, te quejabas, bien repetidas, bien con argumento y reparto escasos. Por eso fuiste una de las primeras vecinas en comprarte la tele, y como eres una mujer de puertas abiertas, no dudaste en compartir con los vecinos los grandes acontecimientos de los 80, como aquel inolvidable España-Malta, cuando llamabas a tu vecina, eres pura alegría, pura generosidad desinteresada, treinta años después te convertiste en su mejor escudo anti-alzéimer, nadie sabía hacerla reír como tú, con nadie encontraba tanto calor como contigo que sabías disfrazarle las tragedias en pura comedia, luego se marchaba y tú soltabas un suspiro de cansancio, se me olvidó decirte muchas veces, tienes un corazón así de grande, pero yo creo que ya lo sabes. 
En segundo lugar, como parte de ese resquicio de tu vida chiquita, estaba la música. A Julio Iglesias y a la Pantoja te gustaba escucharlos pero no verlos, con Machín lo querías todo, más de una vez te descubrimos un suspiro cantando aquello de madresita del alma querida, justo lo mismo que yo quiero hacerte ahora, pero el dolor todavía no me deja. Me acuerdo de cuando tú perdiste a tu madre, volviste a casa tan de negro que tuve que asirme a tus gemelos para abrazarte, por ser ellos la parte más blanquita de tu cuerpo. A los once me asustaba tu figura tan oscuro acostumbrado como estaba a tus vestidos floreados, cuando la vida aún se me dibujaba eterna y tú no eras más que un cielo, daba igual si azul radiante u oscurecido de problemas económicos, eso no importaba, yo sólo tenía que decir tu nombre y tú contestarías, una existencia sempiterna e incondicional, un sí o sí, un estoy detrás de las tormentas y caídas, un siempre me encontrarás velando por ti, deseosa de nada para ti y de todo lo mejor para nosotros. Tú eres lo más parecido al concepto de Dios. Uno podía separarse de ti un tiempo, volver a casa y encontrar tu sonrisa en forma de sorpresa entre fingida y ensayada extendiéndose por el suelo de tu casa como una alfombra gigante, bienvenidos a casa, hijos, regalándonos un sentido de pertenencia, regalándonos siempre gratis un sentido de pertenencia, de raíces tan bien arraigadas en la tierra por mucho que nuestras ramas se troncharan en lo inviernos duros. 
Tu amor incondicional fue mermando lo que yo llamo tu propia vida, la personal, la que te hace pedir deseos propios. La perdiste cuando te dedicaste en cuerpo y alma a tu chico de ojos verdes azulados, cuando te empeñaste en suplir nuestras carencias con tus viajes improvisados, cuánto te gustaba viajar en tren. Tú y tu maleta. Ayer la abrimos. Allí guardabas los recuerdos del día de la madre, sin reparo, sin desconfianza de que nadie te robara los recuerdos y tesoros, porque tú nunca guardabas secretos. Te encantaba regalarlos, por eso salías a la calle a hablar con las vecinas y uno no sabía cuándo volverías, y cuando por fin aparecías, traías cara de adolescente rebelde, sí, me he parado a hablar una hora y media, ¿algún problema? Eres una mujer de puertas abiertas, así te recuerdan todas las chicas que yo llevaba a estudiar a casa, les extendías la alfombre de bienvenida a casa, qué moderna tu madre, me decían, ¿moderna? contestaba yo incrédulo. Les contabas batallitas del pasado y algún chiste que provocaba más carcajadas por la forma que por el contenido, mientras yo mantenía una tensa sonrisa temeroso de que se te escapara alguna intimidad. Hablabas a la par que pensabas. No había censura. Alguna vez te acusé de imprudente y tú me castigabas con silencio, pero el silencio y tú nunca os llevasteis bien, por eso mantuvimos intacta la esperanza de que saldrías de aquel cuarto aquella noche cada vez que crujía la puerta de cristal, y nos dirías, ¡no! ¡no! ¡que no cunda el pánico! este es un guion equivocado de la vida, este día no podía llegar tan pronto y sin avisar, porque yo soy eterna, debo ser eterna viendo que me queréis tanto tanto y ahora tengo más motivos aún para ser lo que más me gusta ser: la espectadora feliz de vuestras vidas felices. En nuestros últimos meses las conversaciones se redujeron a una ¿ya ha merendado el niño? ¿y tú? ¿qué has comido? e incluso en los peores días de sándwich plastificado, yo me inventaba un plato suculento para oírte decir, coño, entonces te has preparado, daba gusto la facilidad de tu felicidad. Entonces mi imaginario plato repleto de proteínas e hidratos se convertía en objeto de tu conversación con quien fuera que hablases. Y yo volvía a quejarme. A la vecina no le importa si mi pollo era frito o asado, mami, y volvías a molestarte, niño, déjame que hable de lo que yo quiera. Daba gusto sentirte tan feliz con tan poquito. Yo casi nunca quería abrazarte, creo que somos tan parecidos, que nos conocemos muy bien, temía que pensaras que te abrazaba porque barruntaba tu marcha, yo sé que comprendes mi silencio, que me conocías demasiado bien como para no saber cuánto te quiero, sabes incluso que cuando te sentabas a mi lado en el sofá, yo adoraba tocarte ese lunar azul pero lo disimulaba todo convirtiendo el tacto en una fingida exploración dermatológica. Qué bien se sentían tus manos, qué bien se sentía tu voz de fondo, otra vez acercándote al concepto de Dios, otra vez eres cielo, hay días que quizás no te pensé demasiado porque eras cotidiana y omnipresente, no era necesario invocarte, por eso me parecía increíble que la otra noche no salieras por la puerta de cristal, que tú, destinada a ser eterna, ya te habías librado de unas cuantas, y ésta, ninguna, podía ser la definitiva. Como aquella peritonitis antes de nacernos, cuando por fin despertaste y te encontraste con tu Paul Newman, con sus ojos azules tan abiertos, que decidiste lanzarte a ellos para vivir en ellos hasta el final. Desde entonces lo elegiste a él y para siempre, porque aunque no supiera decirlo y expresarlo como en las películas de Hollywood, el amor era el mismo. 

                            

Qué suerte tan infinita los que hemos sido tus hijos, mami. Qué bien olían tus mañanas de granos de café en el molinillo, mis amaneceres de Edipo de ocho a diez, tus cenas de pan con tomate y aceite, tus noches de sueño ligero con la puerta de tu dormitorio siempre abierta, atenta a quién entraba y salía. Qué fortuna tan inmensa mirar a la derecha y saber que una vez en casa y pronunciado mi nombre, dormirías más tranquila. Qué reconfortante tu mano en la frente cuando vomitaba por empacho y tus manos untadas de vicks vaporub para aliviar la tos, qué alegría tan inmensa gritar tu nombre y saber que me responderías desde cualquier parte de la casa que estuvieras, qué suerte tan inmensa recibirte en mi casa con tu maleta medio llena de unas mudas, tus caramelos Werthers, y tu minicafetera para hacerte descafeinados, tu presencia siempre grata, tu amor infinito no siempre verbalizado pero siempre visible como un aura en el sillón donde pasabas tus tardes de bostezo, más allá siempre de cualquier miedo, por encima del relámpago, tan real como tus manos y tus ojos incapaces de enhebrar agujas pero dispuestas siempre a inventarte trucos de la nada, enseñándome a tener paciencia justo para estos días, cuando te buscara, y ya no pudiera encontrarte. Nuestro nombre tiene tu voz. 
¿Sabes? A medida que despuntaba ese horrible día de frío levante, el crujido de la ventana se hizo imperceptible por el bullicio de la gente que vino a despedirte, y la esperanza del milagro de tu voz se nos desvanecía con una crueldad indecible. Hablar sobre una realidad sin retorno es lo más difícil que he podido escribir, y aunque he de confesar que me ha costado horrores, has de saber que lo he hecho por ti, no por mí, para reconocerte. Que alguna vez hemos envidiado a los famosos de la tele, pero no a los del corazón, sino a los que pueden presumir de haber hecho algo grande en su vida. Tú también tienes algo grande de lo que presumir: TÚ.
Y todo el amor regalado y esparcido sin secretos ni censuras a lo largo de tus setenta y ocho años de vida. Hasta que aquella mañana comprendimos que no saldrías por ninguna puerta porque ya corrías por nuestra sangre, porque ya nos habitabas dentro, porque ya sólo Dios sabe cuánto te queremos, porque tu amor incondicional ya tatuaba la piel de cada uno de nosotros cinco. 
Tú no te irás nunca.