viernes, 23 de junio de 2017

EL PERSONAL COACH

EL PERSONAL COACH
ha venido para motivarnos
contesta siempre con paciencia
tiene respuestas positivas para todo
nosotras siempre preguntamos
mucho
para que se quede más tiempo
con su traje ajustado.
Las chicas no reconocemos que no
nos burlamos
de
él
que nos gusta cómo se perfila
el tupé
y se almidona
la pernera.
Nos hemos vuelto laxas
consentidas
risueñas,
todas excepto Martina,
que es una amargada
reprimida
contenida
refrenada.
Nuestro personal coach
se muestra acalorado
cuando nos ponemos
pesadas,
casi pierde ese aire de
don
licenciado.
Siempre recurre a la granja
de su abuelo
que si las vacas, que si los cerdos,
que si las gallinas, que si las cabras,
y yo aún no entiendo la relación,
entre el módulo de producción
y las ubres de la vaca,
repita, por favor, una vez más,
yo es que soy cosmopolita,
y no alcanzo a entender
a qué huele
la granja
de su abuelo,
quiero que me arranque,
el trajecito de moda.
El viernes,
se me mojaron las medias,
cuando el muy listo,
se nos puso cerca del oído
y nos pidió
permiso.
El lunes entré al baño
apurada
y el personal coach salió
acalorado
perfilándose el tupé
almidonándose la pernera.
En un cubículo estaba
Martina
con la cara desencajada
los ojos desorbitados
la sonrisa inevitable,
me llamó al cubículo
entré y eché el cerrojo
me dijo algo que no alcancé a entender
tan ebria Martina,
me acerqué tanto como pude.
Martina olía a granja del abuelo.

                              


                    

sábado, 10 de junio de 2017

CAMBIO DE PLANES

Imagínate por un momento, tampoco va a ser muy difícil, que hoy es puto lunes, que has trabajado de ocho a dos, que los pies te queman bajo el cuero, y estás deseando llegar a casa a comer algo y quitarte por fin esos zapatos. 
Has estado a punto de hacer el ridículo en dos ocasiones. En la primera, mientras mirabas a tu jefa, creías que te estaba hipnotizando con sus ojos, y has dejado cerrar los tuyos, justo cuando has visto el futuro: te desmoronabas en el suelo, vencido por esa falta de sueño que arrastras desde hace siglos. En la segunda, has confundido el teclado con una mullida almohada, y a punto, sólo a punto, has estado de escribir idjgneokfmdfjñjgntielirksdmivo con tu cabeza. 
De vuelta a casa, recuerdas que el frigorífico no es que necesite repuestos, es que está completamente vacío, que te has pasado el fin de semana, como dice la canción, bebiendo, comiendo (fumar ya no se lleva) y sin parar de reír. Y ahora tienes tu pequeña tragedia griega diaria, tu expiación de los pecados, por gozar así, tan inmerecidamente, de los días de descanso, creyendo que el lunes sólo era ciencia ficción, que nunca llegaría.
Imagínate que te has gastado cincuenta y pico euros en el súper. Que la cajera no sólo no te ha mirado a la cara, sino que tampoco te ha ayudado a meter la compra en tus tres bolsas de diez céntimos, que estás tan torpe y dormido que no has colocado bien las cosas, que si la lejía encima de los huevos, que si los plátanos al fondo, y que quizás te has dejado algo en caja. Que te duele hasta el alma cuando llevas las bolsas al maletero, que no importa, que ni siquiera piensas comer, sólo quieres llegar a tu sofá y lanzarte a él como si tu cuerpo nunca hubiera gozado de la posición horizontal. 
Imagínate ahora que estás esperando el ascensor, que te has dejado la compra en el maletero, que ya luego si eso volverás por ellas. Imagínate que el ascensor está en el sexto, que todavía tiene que bajar a ti, que alguien seguro lo ha colocado ahí, porque el mundo, por supuesto, se confabula los lunes contra ti.
                                             
Así que tendrás que esperar esa eternidad, sexto, quinto, cuar-to, ter-ce-ro, seee-guuun-doooo, pri, pri, pri, me, me, me, me, rooooo, baaaaaa, joooooo, cualquier espera desespera en una situación así, sigue imaginando. Justo cuando se abren las puertas del cielo, perdón, del ascensor, ves a una dulce ancianita cargada de bolsas, que no se queja como tú, y que intenta, con sus manos temblorosas, meter las llaves en la cerradura. 
Debe de ser la ancianita del quinto, la que vive justo encima de tu piso, la misma que de vez en cuando se desvela por la noche, que habla sola, o habla con sus muertos, que corre los muebles con esa molesta nocturnidad, y con esa poca fuerza que la vida le reserva. Seguro tiene hijos y nunca vienen a verla. Ábrele la puerta y ayúdala con las bolsas antes de que la pobre se descuajaringue en el portal. Sólo serán dos minutos.
La ancianita no podría ser más dulce. Efectivamente es la del quinto y vive sola, se queja. Le has aconsejado que utilice el servicio de compra a domicilio, pero ella replica que no quiere quedarse en casa a dejar que la vida termine de atropellarla. Tú insistes en que con esa opción, puede seguir saliendo a comprar, llenar su carrito y simplemente dejarlo en caja, pero ella no se entera o no quiere enterarse, así que desistes y vuelves a pensar en tu sofá y en cuánto le pesan los lunes a tus pies. 
Así que la acompañas hasta su misma puerta, y dejas caer las bolsas en el suelo mientras ella ha abierto con atino, dando por terminada tu obra de buena voluntad, pero la ancianita se ha metido en la cocina, dejándote la puerta abierta, de alguna manera obligándote a no marcharte todavía, o diciéndote, de una manera soterrada, si te vas justo ahora echarás por tierra tu buena acción del día, por la grosería de marcharte en el último momento. 
De esa manera te ves dentro de la casa de esa buena mujer, donde todo huele a viejo, hasta tus intenciones de echarte en el sofá, tú, que en el fondo eres un trocito de pan, sientes una inmensa ternura por la mujer que ahora te está tocando los mofletes agradeciéndote infinitamente el detallazo que has tenido con ella. 
Pero tú siempre estás demasiado cansado, demasiado ocupado, ¿cierto? o tienes demasiada prisa, o estás poco receptivo, o tienes demasiadas ganas de que te trague el sofá como para vivir al cien por cien lo entrañable de estos momentos que al fin y al cabo son irrepetibles. Puede que también tengas demasiados prejuicios y pienses que te repugna el café con leche al que la ancianita te ha invitado en agradecimiento, que quizás la leche lleva cien días en la nevera, y que el café ni siquiera es café, que es descafeinado de marca blanca. Tú, precisamente tú, que desde que te compraste esa Nespresso de última generación, aceptas con condescendencia cualquier café al que te invitan, como si el tuyo desdendiera directamente de la pierna de Juan Valdez. 
Imagínate ahora compartiendo mesa camilla con la ancianita, que por alguna extraña razón, has sido incapaz de decir no a la entrañable mujer que ahora se queja de lo mal que anda el mundo y de la poca gente joven que vive en la comunidad. Tu cabeza dibuja ahora una línea vertical, suponiendo que ahí debajo, sólo a unos seis metros, se halla tu sofá, tan solo y deseando la brutalidad de tu cuerpo cansado cayendo de golpe sobre él. Tienes la taza de descafeinado en la mano. La pobre mujer no ha caído en ponerte cucharilla, pero ya qué más da, sólo tienes que darle un par de sorbos y largarte. 
Imagínate que de repente algo no te cuadra mientras bebes. Que en el fondo de la taza, como si se hubiera quedado pegado a echar raíces, hay un objeto extraño que sientes el deseo inexcusable de identificar. Por esa, y sólo por esa razón, sigues bebiendo a sorbitos, sin paladear, para poder sobrellevar las náuseas que te están invadiendo, llevándote el café desde los dientes hasta la garganta, sin dejarlo hacer parada en las encías, y prohibiéndoles a tus glándulas salivares cumplir su función degustativa.  
Mientras la ancianita sigue hablando, tú inclinas la taza, impaciente por saber qué se esconde justo al fondo, cuando por fin la cosa toma forma, y no, no puede ser uno de los huevos de tu compra por tamaño, es algo redondo y más pequeño, algo que en principio no es fácil de reconocer pese a lo evidente, porque las cosas, cuando están fuera del lugar que la naturaleza les ha dado no son tan fáciles de reconocer. 
Pero sí, no te cabe ya la menor duda. El objeto pegado al culo de la taza es un ojo. Un ojo derecho dirías, por la ligera inclinación de la pupila hacia la izquierda. Un ojo que sufre - o sufría - de dacriocistitis, u obstrucción del saco lacrimal, como si su poseedor hubiera querido llorar durante un mes y no hubiera podido. Un iris verdoso de los que no pierden nunca la esperanza. Una esclerótica enrojecida como si hubiera soportado toda la contaminación de Pekín en sus centímetros cuadrados. 
Fijas tu mirada a intervalos, aterrorizado, comprobando que la vieja no tiene un ojo de cristal, y que ha olvidado su ojo original en la taza. No, no parece. La vieja tiene sus dos ojos originales. Ahora tienes dos opciones: decir que estás terriblemente indispuesto y que tienes que marchar ya a casa, o correr a la cocina, a poner el ojo bajo el agua, y creerte que de verdad eso que estás viendo es un ojo humano, y, ah, de paso comprobar que la vieja no guarda un cadáver en la vajilla. - Cogeré una cucharilla. No se moleste, yo voy. 
Guiado por ese instinto incontrolable, te hallas de repente en la cocina, escurriendo la taza bajo el grifo, dándole golpecitos al culo de la taza para que el ojo salga de su escondite. El ojo de repente salta al vacío, justo al borde del desagüe por donde no colaría, mostrándose ahora a la vista, y en su absoluta soledad. Imagínate a ti con las piernas temblando, sin saber qué hacer ni qué pensar. Es un ojo, un ojo humano extraído por ti mismo de una taza de descafeinado de tu vecina del quinto. Y eso no se ve todos los días.
Imagínate ahora que la vieja no está tan desvalida como el prejuicio te hizo pensar, que ha venido de la salita a la cocina a lo Usain Bolt, que se te ha colocado a la altura de la nuca, y te comenta lo muy loco que está el tiempo: que si ahora frío, uff, que si ahora calor, umm.
Imagínate por un momento que tu confundido razonamiento te ha hecho pensar que la vieja es una asesina y que te está intentando seducir, y que tú tienes que mostrarte más inteligente y rápido que ella. Así que tu primer ataque será un contraataque, desplegándole tu arte de la seducción. Imagina que le guiñas un ojo, susurrándole que sí, que mira que calor, umm,
e imagínate por último, que te percatas, de repente y por supuesto, que al guiñarle tu ojo izquierdo, el mundo se te vuelve completamente negro.  



                      

miércoles, 7 de junio de 2017

LOS TACONES DE LUCÍA

Lo que más recuerdo de Lucía son sus tacones, su presencia delatada siempre a través de ese toc toc tan elegante, rotundo, altanero, diría. Uno podría pensar que cuando se oyen tacones en casa alguien está a punto de irse, o acaba de llegar, que el feliz ruido no durará mucho, pero con Lucía ocurría todo lo contrario: su taconeo duraría horas de aquí para allá, ora lento, ora apresurado, pero persistente en el tiempo, como un regalo de fuegos artificiales sin prisas por acabarse. Me he olvidado de la cara de Lucía, incluso de sus gestos, se me ha desdibujado en la cabeza como un ser del pasado que apenas viene a visitarme unos segundos muy de vez en cuando. Pero de su taconeo nunca me olvido. Cada vez que escucho a alguien pisando fuerte, la recuerdo a ella.
Lucía no era de mi familia, pero siempre lo pareció. Mi madre trabajaba de lunes a viernes justo a mi salida de la escuela, y la tía Rosi se encargaba de recogerme. Pero la tía Rosi siempre fue una especie de dúo, una persona que no concebías en soledad, pues andaba siempre acompañada de Lucía. Hubo un tiempo - no sé si días o semanas - en que les dije a mis compañeros de clase que Lucía era mi madre y Rosi era mi tía. Una mentirijilla a medias sólo. Me gustaba pensar que Lucía era mi madre precisamente por aquella elegancia que le salía de los tacones y le irrigaba toda su presencia, lo mismo que un árbol recoge lo mejor de la tierra y lo reparte por sus vasos leñosos de arriba abajo dándoselas de eterno e irrepetible. 
El problema es que Lucía respondió tajante ante las dudas de Magda. No, claro que no, niña. Yo no soy su madre. Sólo soy una vecina. Desde entonces perdí toda posibilidad de encariñarme con Lucía, aquel "sólo soy una vecina" me robó el deseo de una madre nueva, guapa, altísima y que trabajase menos. Me dolió también su frialdad; verme descubierto en la mentira me costó ruborizarme cual tomate durante muchos minutos, y ella, sin embargo, apenas le dio importancia al tema, y siguió a lo de siempre. Que qué es lo de siempre. Pues hablar, hablar sin parar con la tía Rosi. Era su hobby favorito. Yo nunca entendía por qué ni de qué hablaban tanto, pues lo hacían siempre con la boca llena de deícticos, este, ese, aquel, eso que te dije, lo del otro día, nena, ya sabes tú, una especie de código secreto que nadie excepto ellas entenderían. Yo, en el camino del cole a casa de la tía Rosi, me quedaba rezagado, observando quizás los tacones de Lucía, y sin que ellas ni yo pusiéramos empeño en que la conversación fuera a tres bandas. 
Creo que lo mismo le pasaba al tío Luis, el marido de la tía Rosi. Cuando Lucía estaba en casa, que era de sol a sol más o menos, el tito se mostraba en modo off, se repantigaba en su sofá, se ponía a Verdi, o metía sus pies en una palangana, y con algún periódico viejo en las manos, se dejaba acariciar por Morfeo. De vez en cuando entreabría los ojos, semidespertado por las carcajadas de Lucía o de la tía Rosi. El tito respondía con un semi-ja, con el que intentaba mostrarse complaciente con la presencia de Lucía, en casa a todas horas, sus tacones retumbando desde la planta de arriba, cuando las dos cotorras venían de El Corte Inglés con ropa nueva, y dejaban tiradas las etiquetas por el suelo, o se probaban vestidos del año catapum y no los devolvían al armario, creando esa sensación adolescente, con los vestidos por aquí y por allá, de que la vida, sus vidas, era una fiesta siempre a punto de empezar. No ocurría lo mismo con los tacones que Lucía guardaba en la casa de los titos. Los tacones siempre debían estar en orden, cuidadísimos, cada par recogidito en su caja original, y ordenados todos por orden alfabético y cronológico: Chanel 1995, Chanel 1997, Christian Louboutin, Dior, Emporio Armani, Louis Vuitton 1999, Louis Vuitton 2000. 
Si en casa ajena guardaba todos aquellos tacones, entenderán que en la suya tenía toda una estancia dedicada a ellos. Y también entenderán ahora por qué de Lucía no recuerdo su rostro ni sus gestos, y que sólo conserve el recuerdo de sus pies y de sus pasos. Casi sin cariño, sobre todo porque ella nunca me lo mostró a mí. Ni siquiera percibió la fascinación que yo sentía por su colección de tacones. Tampoco sé si le pedí que me enseñara el cuarto de su casa donde los atesoraba, pero sí sé que deseé por encima de cualquier cosa verlos, que me llevaran allí una sola vez, y saciar ese primitivo fetichismo. Una vez ambas se marcharon; era verano, imagino, justo cuando más echaba de menos a mamá, que pasaba las temporadas estivales en Mallorca, trabajando de cocinera en un hotel, yo andaba por la casa en bañador, mis piernas apenas viendo florecer mi primer vello, subí al cuarto donde Lucía guardaba los tacones de estar en casa de la tita. Los olí, les pasé la punta de mis dedos a todos, y decidí probarme unos rojos de Vuitton. Me miré todo alzado en el espejo, y comprobé que sólo ella podía hacerlos elegantes. Así que me los quité raudo y nunca más sentí el deseo perturbador de vérmelos puestos. 
                                         

Pronto las dos amigas volverían con sus prendas nuevas, o con la cesta de la compra discutiendo sobre las virtudes de las verduras, que si lo de la zanahoria para la vista es un mito, que si las espinacas apenas tienen calorías, que si la sandía no engorda pero te hincha que casi es peor, y juntas preparaban un estofado riquísimo, que el tío Luis y yo esperábamos ansiosos en el salón. Piensen que esta escena es muy machista, si quieren. Puede que lo fuera. A favor del tío Luis y de mí, tengo que decir que esas dos mujeres no nos dejaban entrar en la cocina, que si lo hacíamos, ambas y al unísono gritaban quita quita quita que todavía no está, anda y vete pal salón y no comas nada todavía. El tío Luis tenía cara de resignado. Nunca se oponía a la presencia de Lucía, a que incluso mandara más que él en su propia casa. Creo que a veces había una especie de guerra fría entre ambos: él parecía querer decir, al fin y al cabo, el marido de Rosi soy yo, y cuando llega la noche tú te vas; ella parecía decir, tu mujer sin mí no sería feliz. Pero todo era, entiéndanme, de buen rollo. Nadie discutía en aquella casa. Cuando el tío Luis estaba de buen humor, usaba su cámara para inmortalizar a las mejores amigas del mundo, que se abrazaban, se tocaban, se divertían, posaban como auténticas modelos, y sobre todo, siempre salían desternilladas, lo sé, entre mis recuerdos, porque las recuerdo a ambas con esos ojos chiquitos que se te ponen cuando la risa es muy fuerte, intentándole hacer hueco a tanta dicha, y porque también se sujetaban la una a la otra para no acabar tiradas por el suelo, como las etiquetas y los vestidos viejos. 
Como de Lucía no recuerdo el rostro, la última vez que recuerdo verla es de espaldas, haciéndole la cucharita a la tía Rosi en el hospital. La pobre tía Rosi sufrió un infarto que la tuvo seis días moribunda en la UVI, cada día más inconsciente. Al principio, Lucía, que no se separó de ella ni un minuto, le leía revistas del corazón para animarla, con su lenguaje cada vez menos deíctico, luego se limitaba a acariciarla, desde la silla de acompañante, mientras el tío Luis se tapaba los ojos con las manos en el pasillo. Cuando finalmente la tía Rosi se iba, Lucía se acurrucó en cucharita junto a ella, con su vestido incómodo y la alargadera del gotero enredada entre sus piernas. Los tacones de Lucía se quedaron por el suelo, aquí y allá. De cualquier manera. El uno debajo de la cama, el otro en la puerta del servicio. El uno de lado, el otro bocabajo. Expuestos ambos a que alguien los pisara. Aquí y allá, lejos del cuidado de Lucía. Como si ya nada importase. 

                        
                        

                        

domingo, 4 de junio de 2017

LOVE HANDLES

Esta mañana
cuando la teacher ha contado
que a los michelines los llaman
love handles
-manillares del amor-
ha tenido una reminiscencia, sí.
Se ha acordado del primer beso,
que le dieron.
No sabe si fue a los 13 o a los 14
-no sería tan importante-
pero sí se acuerda del chico, Luis.
16 años de supervivencia
1,67 metros de fobias
68 kilos de inseguridades
y 15 centímetros de deseo.
La apretó por las caderas
con la fuerza con la que se agarra
un manillar.
-15x68x1,67x16-
y con el hambre con el que su padre
agarraba a su madre a las 3 y 15 de la noche,
-3x15-
Ella, que siempre había soñado con
dar la vuelta al mundo en 80 versos
se preguntaba dónde estaba la poesía
-si sólo era bicicleta-
Y así es como recuerda el primer be(r)so,
sin rima,
- pero con metáfora gracias a la teacher-
y OMG! se sintió tan incompleta
como la madre de Luis
a las 3 y 25
-de la noche-

                       

               

BRILLOS

He eliminado mi perfil de facebook, ¿a que no se habían dado cuenta? Adiós al flashy flashy. Ha sido mi definitiva desaparición de las redes sociales sin contar whatsapp (eso nunca) y blogger, claro, este denostado subapartadillo de google que sobrevive sólo y precisamente gracias a las redes sociales.
                                            


No es más que una cuestión de ahorro. Ahorro de tiempo. Una vez me hice una cuenta de Tuitter y mi incapacidad para decir basta me demostró que podía pasar horas, horas, digo bien, tanto para soportar una discusión sobre el animalismo de Alex Gibaja, como para leer una guerra fratricida entre susanistas y sanchistas. Bueno, en facebook, me pasa que busco a mis amigos, a los de verdad, pero para eso tengo que pasar por dos gifs de gatitos lindos, tres frases para la posteridad (mañana) acompañando una foto que ¡oh! se mueve, se mueven las cejas, se mueven los labios, se mueven los ojos, se mueve el pelo. Bien, lo confieso. Puede que no haya sido por esto. Después de los dos gifs, las tres fotos, y un post que te conmina a compartir si de verdad estás contra el maltrato animal, no encontré nada de mis amigos, los de verdad digo. Quizás duele el azar (uno no sabe a qué horas se conectan sus amigos) de que una foto mía sacándome el último moco obtenga más reacciones que la muerte de mi madre. Y uno no quiere ser un inquisidor, no quiere decidir quién es su amigo o no en función de sus reacciones cibernéticas teniendo en cuenta que puedo contarlos con los dedos de mis manos, y debo, si no cuidarlos, al menos no perderlos. Así que supongo por ahí van los tiros, por mi afición a la inquisición. No soportaría convertirme en un inquisidor, de esos que saben distinguir tan bien entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, de qué debe hablar la gente y de qué no, incluso con quién debe posar y con quién no. Hay un usuario con aires de líder, cuyas reflexiones voy a echar de menos. Comentaba cada día cómo las redes apaleaban a un personaje público por decir algo que no casaba con lo establecido como políticamente correcto. Hablaba de la estupidez humana de Instagram, que nos hace sentir buenos fotógrafos, del Tuitter, que nos hace sentir inteligentes, y del facebook no sé, la verdad, porque es esa extraña mezcla entre las dos anteriores, edulcorada hasta tal punto, que mire usted, en facebook uno tiene a la suegra, al jefe, al vecino, al profe de bachata, y no, no todo congenia. 
Tanta sobrestimulación, tanto flash, tanto perrito, tanto morrito, tanto gatito, tanto guiño, tanto lince en peligro de extinción, tanto compartir sin compartir, qué te voy a decir que te conmueva entre tanto color, tanto destello, tanto ruido, tanto run run, tanta pantalla encendida que ya no ilumina a nadie. Si quieren ustedes hablamos de la muerte, debería haber propuesto antes de irme, pueden comentar lo que se les ocurra entre foto y foto de su prima segunda en Tenerife, que por fin se atreve a enseñar las lorzas, el desayuno, la habitación donde se aloja, cómo separa la ropa blanca de la ropa de color, y las ganas que usted tiene de ocultar sus actualizaciones, pero se le aparece la abuela en plan pacificador, intentando recordar lo unida que debe estar la familia. Si quieren hablamos de por qué los niños no hablan inglés ni yendo a un bilingüe, pueden aportar sus fotos de niños rubios finlandeses, todos concentrados y sonrientes con sus tablets, pueden hacerlo después de compartir la foto ficticia de ese asesino hijo de puta que anda en búsqueda y captura no por su peinado ochentero, sino por alguna muerte que no conoce, y que le dará alas para declararse excepcionalmente a favor de la pena de muerte y enseñar con más orgullo su tattoo selfie, que es tan flashy flashy y alucinante, qué bueno esto, qué malo lo otro, odio las patatas gajo del telepizza tanto como la humanidad odia a Donald Trump, sí, lo digo en serio, es un aporte importante a la personalidad, yo con la cebolla lloro tanto como se puede llorar con un cartelito de fondo oscuro pray for whatever city in the western world!! 
Todos somos la madre Teresa de Calcuta, también Einstein, Neruda, superpapis, supermamis, superfriends, llenaron un día de me gustas su foto de perfil y otro día no se dieron cuenta de que la cambiaron, un día alguien se va a suicidar porque no le comentaron su foto de Instagram, qué voy a decirle a usted si acaba sus oraciones con un lol, xddd, y sus afirmaciones son un sip que le hacen parecer indiferente, la cosa consiste en juntar palabras acompañando a su sonrisa profidén, y lo demás es coser y esperar a que sus autómatas pulsen un botón para aplaudirle, babearle, sonriéndole a esa nada que es tan nada y tan reflashy, tan sin palabras, para qué escribió usted la parrafada que luego tiene que pedir disculpas, por qué no mandó sus palabras a la mierda, si algún día nos quedaremos en silencio, un flashy silencio que nos asfixie las ideas, que nos vuelva tan lerdos que digamos no leo libros, pero sí leo en las redes, que es lo mismo y más variado.
Supongo que lo hice para vivir más y por coherencia, yo, el ser más incoherente, porque quería vivir fuera de ese vertedero mental tan flashy flashy. Y es cierto, ahora, me siento un poco más muerto. 

                    

miércoles, 31 de mayo de 2017

CONFESIÓN

                                   



¿Sabes? Hace tiempo quiero decirte algo: te quiero.
Imagino que ya habrás oído esto varias veces en tu vida.
Pero no quiero que lo tomes como uno más.
Porque no es un te quiero más. 
Es un te quiero grande, en serio, tan grande que no me cabe,
tan grande que te lo he tenido que soltar sabiendo que nada va a cambiar.
Es un te quiero apenas egoísta, pues no espero nada.
No es un te quiero para quererme a mí mismo, ni para que me quieras.
No es un te quiero de tu cuerpo desnudo ni de besos robados.
Es un te quiero de esos que te miran mientras ríes
que te miran mientras hablas
mientras te irritas
mientras te concentras
mientras piensas la palabra exacta
y entonces yo exclamo, ¡joder! ¡cómo te puedo querer tanto!
No es un te quiero de te quiero para mí, no creas que sufriría si dejara de verte
si te fueras con el chico del polo amarillo,
si besaras al hombre que vende seguros,
es un te quiero libre que me vuela de dentro afuera
por eso no he podido evitar regalártelo justo ahora
cuando menos lo esperabas.
Es un te quiero de deseos, de los mejores deseos,
de qué bonito que disfrutes,
de qué bonito cuando bailas,
de qué bonito cuando miras y sonríes,
es un te quiero desinteresado, de los que no buscan quitarte la ropa,
aunque no estaría mal,
de los que buscan besos desesperados en el ascensor,
que también,
no es un te quiero de disculpas,
no es tu quiero para que me des explicaciones,
no es un te quiero para que te quedes,
es un te quiero de cosquillas cuando 
apareces de repente,
y me miras,
te sientas,
me tocas,
y de repente me levanto, y te invito a salir, a que mires, a que nunca dejes de mirar, a que nunca te falte ese motivo que no tiene nombre pero que te hace vibrar, y no importa si soy yo, el motivo, o es una cosa, o persona, o animal, eso no te importa,
es un te quiero desprovisto de mis egos,
no tiene fecha de caducidad,
ni condicionamientos espaciales o temporales, 
sólo es un te quiero,
sí, 
justo ahora,
que te vas,
es un te quiero minimalista,
yo no existo,
sólo ayudo,
sólo traigo,
lo que pidas,
lo que quieras,
sólo voy, 
o me quedo,
donde quieras,
es tan simple que se resume en tus ganas de reír, en tus ganas de gruñir, en tu obsesión por las cosas y las causas justas, tómalo,
es mi te quiero,
¿lo has cogido?
Guárdalo.

                    

miércoles, 24 de mayo de 2017

MY SOCIAL LOSER 2.0

Deja de hablarme de tus obligaciones como
community manager,
cuéntame a cambio cómo resistías
sin pestañear
los soplidos de diente de 
león.
No me cuentes otra vez que has sido
trending topic
en siete ocasiones, háblame a cambio de cuando tenías
siete años.
Deja de hablar de tus follows y unfollows
de tus likes y tus haters,
no entiendo por qué a ellos también los necesitas,
intenta porfa buscar una palabra que defina
el olor de la lluvia de
verano.
                                                                    


Olvídate por un día de tu fandom,
y recuérdame el camino en bicicleta al
río.
Cuéntame si los besos con naranjas en las manos
aún están en tu 
bucket list.
Qué tal si recordamos una noche en el cine de
verano.
Apuesto lo que quieras que no te provocaré un solo
phone-yawn.
Concédeme el siguiente de tus
digital detox.
Te lo pido así
b
  a
    j
      i
        t
          o
sin las networks de testigos,
no es mi intención que mañana sufras
digital hangover.
Apaga tu phablet
y háblame otra vez de tu
primer amor,
o háblame de mí a los quince años,
que para el caso...