sábado, 11 de noviembre de 2017

AHORA SÍ

que me voy
no me voy a llevar nada
de todo lo que te di

Voy a dejarte a mí también
entre la habitación
tuya y mía

Voy a dejarme el cuerpo 
colgando del dintel
que te reciba cuando entres
bienvenida soledad

Voy a dejarme la sombra
vagando en el pasillo -y a oscuras-
que te siga persiga cuando camines
tu incertidumbre

Voy a dejarte mi canción favorita
enredada entre las cuerdas de tu guitarra
que te ayude a afinarte
el corazón

Voy a dejarte todos mis libros
medio caídos -con algo de polvo- en la estantería
por si te da por leer-te-
el alma

Voy a dejarte mis especias guardadas
en el segundo cajón de la cocina
por si quieres hervir de nuevo a fuego lento 
tus mentiras

Voy a dejarte el cansancio de
todas mis noches sin ti
que se acomode en tu intento de
olvido
                                       

Voy a dejarte sin pilas
mi reloj de pulsera
que te marque la hora
en que se me agotó el amor y
la paciencia
que no repitas jamás
el conjuro de creerte único
e irrepetible
e inolvidable

Voy a dejarte enredado en el cabello
el amor de mentira que me diste
y entre tus manos y tus dedos -con cuidado-
voy a dejarte las ilusiones que contigo
yo me hice
que se te escurran poco a poco
como el agua que sostienes
como la cuerda floja que te sostiene
y que anuncia
tu abismo

Voy a dejarte las fotos de mí
desperdigadas en todos los rincones de la casa
que te hablen de mí cuando te estés consumiendo
de ginebra y 
melancolía

Voy a dejarte mi aliento impregnado
en los cuatro picos de la almohada
para que no comulgues con ella 
cuando otros te insuflen 
sueños nuevos o no tanto

-también-
en algún lugar de la casa donde nunca te dé por mirar
voy a dejar mi recuerdo favorito
aquel en que yo habitaba debajo de ti
y tú te crecías inmenso encima de mí
y me dominaba el gigante
que yo amaba
y tus gestos y tu cara
me sometían y redimían
y yo por último sonreía
antes de abandonarme
-no encuentres esto o tendrás que buscarme-

Voy a dejarte mi nombre
mas me llevaré mis ojos
para que en tu nueva historia
yo nunca te mire
y tú,
algún día,
mirando a otro,
me nombres a mí. 

                     

BOGOTÁ

Al final resultó que la felicidad era algo más que bajar contigo los veintisiete peldaños de la escalera que conducía al sótano. La felicidad - flotar - no sentir peso - perder el amarillo desconfiado de mis ojos- consistía en tener treinta y tantos y patear contigo una ciudad desconocida para ir derrumbando uno a uno cada uno de los prejuicios en torno a ella. Estuvimos de mañana en el Museo del Oro donde nos cogimos fuertemente de la mano para sentir el poder de la tierra y el pasado. Conocí allí la leyenda de Fura y Tena, y como no existía nada más en el mundo que no fuéramos tú y yo, asumí que el destino de aquellas dos montañas bien podría haberse inventado sólo para que el mundo nos advirtiera del nuestro, y aun así, valía la pena arriesgarse. Porque nada importa si tienes treinta y tantos y te importa un carajo las explicaciones que ya no piensas dar, estás enamorada como nunca lo has estado, y el pasado, simplemente, no existe. 
Sin apenas notar el cansancio, recorrimos dos cuadras más hasta llegar a La Candelaria. Me asombraron sus empedrados, sus casitas bajas de estilo colonial. Pero más me asombró el hecho de que cada uno de nuestros pasos a diez mil kilómetros de mi ciudad, me pareciera un acto poético. Llegamos finalmente a la Plaza Bolívar. El ambiente allí se me hacía extraño. Había gente. Poca. Una manifestación a favor del alcalde y contra el gobierno, relativamente cerca de nosotros. Los oíamos como de lejos. Como si el aire fuera denso. Unos globos de colores arañaban el cielo, como pidiéndole permiso para perderse en él. Flotar, sólo flotar. La felicidad había dejado de ser un concepto abstracto. 
                                       

Luego cogimos un taxi que te dejó a ti en la carrera doce porque querías llevarle comida a tu papá. Yo continué hacia el norte de la ciudad, prometiendo que te esperaría a cambio de un plato de sancocho. Puedes ahorrarte la mazorca - reí -.
Al taxista le contagié la risa. Me miró curioso por el retrovisor y preguntó. Señora. ¿Está usted enamorada? Nunca una tercera persona me había hecho semejante pregunta. -Sí- respondí - refugiando mi espontánea timidez en un libro de Gabo que compramos frente al Museo del Oro. 
- No sabe cuánto la compadezco, señora - rio más fuerte.
Yo le acompañé la risa con una sonrisa entre la timidez y la insolencia. Tenía las llaves de un apartamento en una ciudad desconocida. Tú vendrías en un rato. El riesgo nunca había sido tan hermoso. Ni la felicidad. 
                      

domingo, 22 de octubre de 2017

¡TAXI!

Eva entró al taxi como pudo. Fuera el viento sonaba enloquecedor, como acompañando a las revueltas que se extendían por la ciudad, creando una atmósfera caótica, como de fin del mundo. Lo primero que vio al entrar fue una estampa de San Cristóbal, que colgaba del espejo retrovisor, a punto de caerse, y volvió a tener la sensación de que el mundo - su mundo - pendía de un hilo, o de un celo mal pegado. 
                                   
- Hasta el Hospital Sur
- ¿Por el centro, o circunvalación?
¿Qué pregunta era aquella? Él sabría por dónde tendría que ir, no Eva. - Es porque el centro está imposible con las manifestaciones. Dicen que hay barricadas y todo. - Vaya entonces por la circunvalación, pero vaya ya - respondió Eva, lo más seca posible. 
Respiró hondo, y sacó su móvil para escribirle a Ana, decirle ok, ya estoy, todo bien. Pero no era más que uno de esos actos de autómata, porque hacía diez minutos que su móvil se había quedado sin batería, obedeciendo a la ley Murphy, o a la ley de la pereza. Necesitas un móvil nuevo, que este no coge batería, y puede que lo necesites en el peor momento, le habría dicho Ana en tono madre. El taxista puso la música a todo volumen mientras ella trataba de acomodarse, irse para adentro, cruzarse de piernas, pero no había espacio, no había espacio para ella. Asfixia.  Él la miró con sus ojos negros penetrantes, pequeños y redondos como canicas, a punto de dispararla a ella, que justo esa noche se sentía tan susceptible, tan fácil de derribar como el San Cristóbal del retrovisor, Eva era el blanco fácil de un juego de canicas a punto de salir disparadas de la faz de aquel señor.  Se sentía incómoda, así que bajaba la vista a cada rato para evitar que sus miradas volvieran a cruzarse. - Póngale atención a la carretera - le habría dicho en cualquier otro viaje que no fuera el de aquella noche. 
- ¿Estás incómoda? Si quieres te corro más este asiento.
La estaba tuteando. Mal presagio. Otro mal presagio. ¿Quién le había dado esa confianza? Algo raro empezó a flotar en el aire, algo tan espeso que Eva tuvo el impulso de bajar la ventanilla, pero no quiso parecer alarmada y se contuvo. 
- No, gracias. No hace falta. 
Además empezó a sentirse mal. Había entrado bien, pero ahora estaba mal. Apoyaba la cabeza en la mano, para sostenerla, que no le fuera a caer del cuello y salir rodando. Cerraba los ojos con los dedos de su mano en un vano intento por no sentir, por no pensar, por creer que todo saldría bien cuando las cosas estaban saliendo rematadamente mal. Dejaba un hueco entre su dedo corazón y su índice para mirar el mundo, digamos que para permanecer alerta y enseguida se topaba con los ojos del taxista, acechando su privacidad, diría Eva que hambriento por saber, con esas canicas que flotaban en las malas intenciones.  
- ¿Por dónde te has metido? - fuera estaba oscuro, sólo a lo lejos podían verse ambulancias, y varios contenedores en llamas - 
- Tú, tranquila. Yo me ocupo.
¿Que él se ocupaba? ¿Pero qué se creía? ¡Qué atrevimiento! Como si se conocieran de algo, como si fuera un amigo que le está haciendo un favor. Entonces Eva ya estaba aterrada, pero el dolor no le dejaba espacio al miedo, igual que el asiento de delante no le dejaba espacio a ella, como fuerzas antagonistas a punto de estrellarse las unas con las otras, y acabó emitiendo un breve y casi inaudible gemido. El tipo sin embargo lo escuchó, y la miró de arriba abajo, sin tapujos, con todo el descaro que ella odiaba. Un coche los adelantaba por el segundo carril en la glorieta, y en la salida casi se incrusta en su puerta, obligando al taxista a frenar en seco, y a Eva a gritar fuerte, esta vez sí, de puro dolor. El taxista se salió del carril y echó el freno de mano. El barrio estaba a oscuras y no había ni Dios, del que nunca se acordaba. La ciudad era pura desolación y negrura. Eva temblaba de miedo y de dolor. San Cristóbal cayó al suelo mientras el taxista intentaba abrir la puerta de atrás. No pudo. Se había atrancado. Se fue al otro lado. -Tendrás que salir por aquí ¡Abre, coño! -
Eva recostó su cabeza lo más que pudo, dejó los ojos entrecerrados, y con pavor dijo ¡no! ¡no lo haré! Vio como el taxista se irritaba más, y metió su brazo para abrir él mismo desde fuera. 
- Venga. Ahora relájate, vente. 
- ¡No! No puedo.
- Sí que puedes, ¿cómo no vas a poder? ¿no ves que no hay nadie y no te queda otra? - ahora había adoptado un tono conciliador, acompañado de una sonrisa que pareciera una calabaza en Halloween- 
Tiró suavemente de sus piernas, para dejarlas fuera de los asientos. Ella se dejó, comprendiendo que así era, que no le quedaba otra. No había alternativa. Eva gritó fuerte, gritó sin tapujos ni prejuicios. El taxista la agarró con sangre fría, con cierta maestría, como si no fuera la primera vez. Aun así, con las caderas de Eva tan adentro, no llegaba bien a ella, y le pidió que se moviera un poco más hacia fuera. Eva sollozaba, el dolor se le hacía ya casi insoportable, moqueaba en el asiento y nadie parecía apiadarse de ella. 
- ¡No puedo! ¡No puedo más! -le dijo- 
- Venga, que ya no queda nada, un último empujón -dijo él ya con ese descaro que ya se hacía familiar, el mismo que le otorgaba el hecho de que Eva se hallara completamente indefensa. 
Y así es como Abel vino al mundo. El taxista lo sujetó por la cabeza nada más asomarse a él. Luego le cortó el cordón umbilical, se lo puso a Eva en el pecho, y sin prisas ya, los llevó al Hospital Sur. 

                         

CARACOLES

                                          

Caracoles
Aquel día de verano volví a acordarme de ti, de tu voz inolvidable y de un año de esos en los que aún parecerías eterna. Digamos 1989.
Tú comprabas caracoles o papá te los traía. Yo me entretenía mirando cómo los pobres se retorcían en la cazuela, gritos diminutos de auxilio imaginados por mí sólo, llamadas desesperadas ahogándose en su propio jugo, trepando por el acero inoxidable en busca de la salvación.
Algunos conseguían refugiarse en la encimera. Otros deshacían el camino andado como la roca de Sisifo.
¿No podrían morirse de otra manera?
- A mí también me da lástima, no creas -
Me respondiste, cuchara en mano, devolviendo al infierno a los rebeldes. A mí me valía tu frase, y hacía lo mismo con los campeones de la encimera.
Aquel día de verano me volví a acordar de ti. Desde la ventana, vi que hacía un sol de justicia, que sólo había un hombre sin camisa sin afeitar y con otros sines más arrastrando restos de un frigorífico Bosch en un carro del Lidl.
Me acordé tanto de ti que pude verte de nuevo haciendo caracoles en 1989.
¿ No se pueden morir de otra manera, mami?
- Son sólo caracoles, hijo - me dijiste con tu voz inolvidable de 1989, mientras dejabas caer una hoja de laurel sobre la muerte.
                                    
                     

domingo, 15 de octubre de 2017

COLATERAL

Desconoce Eva la razón por la que le pasa todo esto. Lo raro es que le pasa siempre en casa, al tumbarse en la cama o en el sofá. Lo raro es también que le gusta, y eso sí que es raro. Porque a nadie le gusta sangrar por la nariz, que te caiga una auténtica lluvia roja, y a veces el papel higiénico no sea suficiente para proteger tu camisa favorita. Lo raro también es que el chorreo no es más que un aviso de esa bajada de tensión que le llega después, todo empieza a girar, las piernas no aguantan el peso de su cuerpo, pero como ya ha tenido el aviso de la sangre, se ha resguardado en el sofá, o en la cama, o se ha dejado caer en la pared para evitar un golpe, y entonces flota, flota durante unos segundos en los que siente que desaparece, y le gusta, para qué nos va a mentir Eva si ella no cree en el paraíso ni en pecados capitales. 
                                        


O le gustaba. La caída de ayer marcó un antes y un después. Porque ayer vino sin el aviso del sangrado. Y eso sí que es peligroso. Estaba en la cocina cuando de repente se sintió como un saco de tomates arrojados a la calle desde su séptimo piso. Incluso perdió la conciencia durante unos segundos en los que no flotaba, sino que la gravedad se ensañó con todo su cuerpo. Luego pudo incorporarse, y notó que los glóbulos blancos y rojos que le brotaban no provenían de la nariz, sino del ojo derecho. Ahora sí que su camisa favorita sería un estropicio. Se levantó y se fue al baño a comprobar que se había partido la ceja contra el suelo, que quizás tenía que ir al médico a que le echaran un vistazo a la herida, pero pensó que mejor un poco de betadine. Luego cogió el cubo y la fregona y limpió el charco de sangre de la cocina y salió corriendo al bar donde trabaja. 
Su jefe le preguntó qué le había pasado, y le mintió. Le dijo que se había escurrido en la bañera, y que se había dado una hostia contra el toallero, sonriendo mientras pronunciaba h-o-s-t-i-a para que todo pareciera creíble, y el humor quitara importancia al asunto. Diego la habría mandado al médico directamente, pero justo ayer había mucho curro, y no quería que se quedara solo. Eso sí: la semana que viene, martes o miércoles, pediría cita para contarle al médico lo de sus breves desmayos. Así que el día continuó normal, sin sangrado ni de ceja, ni de nariz, ni tampoco acontecieron esos breves y placenteros vahídos. Pero luego vino Ana, su mejor amiga, con la que se va de tapas al terminar el trabajo un día sí otro no. Son como hermanas, son las muy mejores amigas, Ana le habla de su ex, Eva le habla de su marido, Ana le habla de sus tres hijos, Eva le habla de que ya es tarde para tener hijos, Ana le habla de su trabajo en la oficina, Eva le habla de los clientes del bar, Ana le habla de su padre, Eva le habla de su madre; ambas hablan de recetas de cocina, del tiempo, de perder el tiempo con una nueva dieta antes del verano que viene, de esas vacaciones las dos solas en una playa, alojadas en hotel con pulserita donde te lo den todo hecho. Así que Eva considera que sería un pecado no contarle a Ana lo de la caída, lo del desmayo y todo eso, aun sabiendo que Ana reaccionaría como una histérica, que la querría llevar ella misma al médico a contárselo todo, eres una inconsciente Eva, le dijo Ana con forma de Dios, si el martes que viene no vas al médico me voy a enfadar contigo. Y eso sí que sería perder el paraíso, así que Eva prometió hacerlo. Luego sin saber por qué ni a qué se pusieron a hacer cuentas, y gracias a Ana, Eva se dio cuenta de que tenía un retraso de dos semanas. Bueno, ya sabes lo irregular que soy. No te preocupes que no conozco ningún embarazo que se manifieste a través de hostias contra el suelo, y volvió a pronunciar h-o-s-t-i-a-s con una amplia sonrisa, más falsa que un billete de euro, escondiendo que a Eva le aterraba la idea, la mínima minimísima posibilidad de estar embarazada. Ahora. 
Luego se despidió de Ana con un fuerte abrazo. La dejó en la parada para coger el 61, y se marchó a casa. De camino se paró en la tintorería a recoger su camisa favorita, y el traje de su marido. Al llegar dejó el traje de Juan -¿pensaban que se llamaría Adán? volvamos a lo terrenal- en el armario. Inspeccionó su camisa, y vio que había restos de sangre todavía. Pensó en llamar a quejarse a la tintorería, pero optó finalmente por volverla a meter en la lavadora con Kalia-oxi-action, mientras ella hacía la cena. Estaba poniendo ya el mantel sobre la mesa cuando llegó Juan. Parecía cansado, tan cansado que no le vio la herida de la ceja. Voy a ducharme primero. Ok, respondió Eva. Lo esperó durante quince minutos en la cocina, jugueteando con el tenedor y la ensalada. Cuando por fin Juan salió del cuarto de baño y del dormitorio, llevaba una maleta en la mano. 
Me voy de casa, dijo. También dijo alguna cosa más pero Eva no se acuerda. Tenía demasiada hambre y demasiadas cosas que hacer al día siguiente: pedir un aumento de sueldo a Diego, comprar un test de embarazo, ir al médico, tirar todo lo que Juan no se hubiera llevado, y empezar a cuidarse. 
                        

PUNTOS SUSPENSIVOS

Hay signos del lenguaje a los que se les debería levantar un monumento, pero como nadie está por la labor, ni nadie apostaría siquiera por dedicarle un hashtag, deberíamos al menos en desagravio concederles un significante. Estoy hablando, como ya habrán leído en el título, de los puntos suspensivos. Yo sé que el silencio muchas veces habla por sí solo, pero al fin y al cabo es la nada. Los puntos suspensivos, por la variedad de su significado, por la riqueza de sus connotaciones, merecerían un significante aplicable a todas las lenguas. Por ejemplo, propongo, un sonido gutural intermitente que dure unos tres segundos, y que imite el ronroneo de un gato. No en vano el ronroneo de un gato viene a significar algo así como mira-qué-a-gusto-me-he-quedado-que-siga-la-fiesta. ¿No les parece que los puntos suspensivos pueden querer decir todo eso y más? Sí, ya sé que sería difícil ahora que alguien me patentara esta idea, pero torres más altas han caído. Piensen en que la rueda tuvo que esperar un cambio de era para hacerse popular, o en los abrefácil, los muchos detractores que tienen, o en las gafas de sol a rayas, ha tenido que venir Kanye West a resucitarlas. 
Los puntos suspensivos son mucho más que un etcétera, son mucho más que el silencio, son contradictorios, son irónicos, son mordaces. Piensen.
- ¿Te quieres casar conmigo?
- ...
                                                  ...
- Declaro la independencia ... y la suspendo ...
                                                  ...
- Les dejo hasta el lunes 16 para que aclaren si se ha proclamado independencia o no.
- ... estamos abiertos al diálogo... para instaurar una Cataluña independiente.
- ... ¿eso es un sí o un no? Pues señores ... me veo obligado a ...
                                                  ...
- Gracias por todo, de verdad... no sé qué haría sin ti.
- ...
                                                  ...
- Me pasaría la vida aquí contigo mirando las estrellas.
- ...
- Vámonos ya.
- ...
No me digan que no son ricos los puntos suspensivos, que no encierran no sólo silencios, sino paradojas, sarcasmos, cosas que no valen la pena decir, a) porque no las entenderían nuestros interlocutores b) porque estamos cansados de repetir siempre lo mismo c) es imposible mantener la conversación contigo porque yo erre que erre y tú-más. Los puntos y seguidos son unos suicidas, los puntos y apartes unos camicaces, los puntos finales unos terroristas. Las comas sólo añaden y respiran, los puntos y comas viven en tierra de nada, levantan expectativas que no cumplen, las interrogaciones son demasiado inquisitivas, las exclamaciones maleducadas, los paréntesis nos hablan como si fueran idiotas, pero los puntos suspensivos... ay, los puntos suspensivos. Dicen todo y nada. Nada y todo. Reflejan como nadie nuestro quiero y no puedo, la chispa de la vida que nos otorga la ilusión de comunicarnos como ningún otro ser en la tierra, y la desilusión de estrellarnos contra nuestra propia incomprensión, mientras valoramos la gracia de caer (cada vez con mayor frecuencia) al vacío. 
               
                                                  
                       

sábado, 14 de octubre de 2017

VEINTISIETE

Bajar al sótano de tu casa era una misión arriesgada. La puerta de la cocina que conducía hasta él, se cerraba irremediablemente, dejándonos a oscuras en un trayecto de veintisiete peldaños. Conteníamos el aliento por el miedo a caer escaleras abajo. Yo me agarraba a tu cintura, tú me cogías de los hombros. Reíamos nerviosos hasta que en el decimotercero, nos parábamos a besarnos en mitad de aquella espesa negrura. Proseguíamos abrazados desde atrás, mientras tú contabas uno a uno los peldaños que quedaban. Al llegar abajo, cuando ya cada uno llevaba una parte del otro consigo, y justo antes de que tú prendieras la luz, una idea sobrevolaba mi mente: la felicidad era aquello. Éramos tú, yo, la nada, y el miedo a llegar al peldaño veintisiete. 

                       

Sé que sientes mariposas, yo también sentí sus alas
                                       
como un vallenato de esos viejos que nos gustaba