miércoles, 24 de mayo de 2017

MY SOCIAL LOSER 2.0

Deja de hablarme de tus obligaciones como
community manager,
cuéntame a cambio cómo resistías
sin pestañear
los soplidos de diente de 
león.
No me cuentes otra vez que has sido
trending topic
en siete ocasiones, háblame a cambio de cuando tenías
siete años.
Deja de hablar de tus follows y unfollows
de tus likes y tus haters,
no entiendo por qué a ellos también los necesitas,
intenta porfa buscar una palabra que defina
el olor de la lluvia de
verano.
                                                                    


Olvídate por un día de tu fandom,
y recuérdame el camino en bicicleta al
río.
Cuéntame si los besos con naranjas en las manos
aún están en tu 
bucket list.
Qué tal si recordamos una noche en el cine de
verano.
Apuesto lo que quieras que no te provocaré un solo
phone-yawn.
Concédeme el siguiente de tus
digital detox.
Te lo pido así
b
  a
    j
      i
        t
          o
sin las networks de testigos,
no es mi intención que mañana sufras
digital hangover.
Apaga tu phablet
y háblame otra vez de tu
primer amor,
o háblame de mí a los quince años,
que para el caso...

                      

jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO DE COBRO

Katy Perry, o la gata en la cocina de mármol empieza a impacientarse. Su dueño, el topillo, no suele despertar mucho más tarde del amanecer. Van a ser las nueve, y el topillo sigue sin aparecer. Katy donaría dos o tres de sus afiladas garras por un café con leche de esos deliciosos a los que acostumbra a recibir desde que la Yoli no aparece por casa. Es lo que tiene el despecho, que suele propiciar la búsqueda de otros vicios. La gata, que ya sólo responde a los gestos de su dueño, hace unos días que olvidó su nombre, porque el topillo apenas mueve la boca excepto para toser. Miren que el topillo tenía su gracia tiempo ha, que la delincuencia no va reñida con el humor, y la Yoli se le reía a carcajadas en el pecho cuando le contaba los nombres de cada uno de los gatos que tuvo. El primero fue Michael Jackson, un gato que nació negro como el tizón y que desde el segundo día comenzó a desteñirse hasta acabar pardo, y no sólo de noche. La segunda fue Sabrina, una gata que en los noventa era la dueña de todas las miradas, tan exhibicionista ella, jugueteando en la barandilla. La tercera se llamó Infanta Elena, no me pregunten por qué. Y luego vino, Katy Perry, porque no había gata en el mundo que se pareciera tanto a un can. O eso decía el topillo, cuando hablaba, cuando Yoli no se había ido. 
Nadie lo sabe. El topillo aunque no habla con nadie, llora de madrugada. Lo hace sin querer. Se despierta porque empapa su almohada de lágrimas y de ese líquido transparente que te sale sin permiso de la nariz cuando el llanto es inconsolable. El topillo entonces toca la almohada como aterrado, porque no sólo no se reconoce, sino que tampoco se soporta. Para olvidar la escenita se levanta de un bostezo, y camina raudo a la cocina donde Katy Perry aguarda por su culillo de café con leche. Hay días en que piensa que la Yoli aún está en la salita o en el cuarto de baño, pero la realidad golpea cada día más y peor. Luego se va al cuarto de baño, se mira de reojo en el espejo, y se frota con fuerza las ojeras para hacer desaparecer ese topillo que no quiere ser. Es un hombre de la vieja escuela, de los que piensan que los hombres ni deben ni pueden llorar. Entonces comienza de verdad su día, una vez desprendido de ese topillo llorón que intenta suplantarle la identidad con nocturnidad y alevosía.
Katy ya lo está esperando en la puerta meneando su colita, dispuesta a su paseo matutino. La gata lo sabe. Claro que lo sabe. El topillo está muy mal, y tiene muchas ganas de morirse. Pero qué podrá hacer ella más que consolarlo con algún lametazo a traición, o utilizar su boquita para maullarle de esa manera tan canina.
                                         


A Katy, el pueblo, sin embargo, no la conoce como Katy, sino como el gato-perro. Ya se lo pueden imaginar. Katy pasea, menea la colita, muerde, come mucho, caga en la calle y casi ladra. Es lo poquito de especial que le ha quedado al topillo. Es triste, ¿no? Ser especial a través de otro ser. Cuando los niños lo detienen por la calle, nadie mira al topillo, ni nadie puede advertir sus ojeras hinchadas de tanto llorar, con lo temido y respetado que él ha sido, con tantas veces como consiguió mantener en jaque a la poli en sus tiempos, tan famoso como se hizo cuando lo pillaron excavando un túnel entre su casa y el banco. De ahí viene su mote. No me digan que no es original la forma que tienen los pueblos de rebautizarte y señalarte de por vida. Ni Hawthorne lo habría hecho mejor en La letra escarlata. Aunque para ser justos, hemos de decir que el topillo llevaba su marca con orgullo por mucho que la Yoli intentó borrársela vistiéndolo en condiciones y convirtiéndolo en un hombre de provecho, alejado de fechorías. Entre su arrepentimiento y su fama de Robin Hood, evitó dar con sus dientes en la cárcel. Una santa, la Yoli. Hasta que se fue.
Ay Dios si el topillo me leyera la frase prohibida, sí, sí, esa que acaban de leer más arriba, que se fue, que lo abandonó, pero miren que yo no tengo la culpa de ser un narrador omnisciente y no debo ni puedo faltar a la verdad como él sí hace, que sigue diciendo que la Yoli se murió de repente una noche de verano, cuando todo el mundo, también la gata-perra, de vez en cuando se la encuentran en la puerta del supermercado con un carro rebosante de comida. Parece ser que ella y su novio compran para un mes, pues viven en una casita en el campo, idílicos, bucólicos y apartados y todo eso, dicen, hablo de oídas porque mis poderes narrativos no llegan tan lejos, en una eterna luna de miel. 
Al topillo, con tanto negar la realidad, sólo le quedan ganas de morirse. Pero qué terca es la muerte que se niega a darle gusto. Él mismo le había dado esquinazo tantas veces, como cuando en el 83 sobrevivió a dos balazos, que quizás ahora era la parca quien tomaba venganza, y se hacía de rogar. A veces vienen a buscarlo sus amigos encorvados, mellados, alicaídos. Quieren que una tarde se acerque al bar Los niños. Qué poco fiel a la realidad en este caso el lenguaje. Aunque mirándolo bien, es la forma que tiene la lengua de ahuyentar las décadas, el desgaste, los achaques, el dolor que te llega hasta las trancas y la cercanía de la muerte. Pero el topillo no quiere ir a los niños, no insistáis. Una vez accedió y al volver borracho, creyó ver a la Yoli en la mecedora con Katy Perry en el regazo. 
- No, yo con mi Yoli muerta no quiero salir ni probar pecado.
- Deja de inventar, topillo, que tú no mereces esto, hombre. El otro día salía del Ahorramás, ¡y había comprado marisco!
Entonces Katy Perry ladra como para advertirle. ¡No lo mates! Pero el topillo, al que se le han vuelto los ojos blancos de la ira, levanta al atrevido un palmo o dos del suelo y amenaza: si vuelves a venir a mi casa con ese cuento otra vez, te mato. El atrevido pone pies en polvorosa. El topillo cierra la puerta y se asombra de la reacción de su cuerpo: corazón acelerado, muñecas temblorosas, piernas que amenazan con dejarlo allá en el suelo. De repente se da cuenta, de repente, quizás, bueno, (entiéndanme, esto es duro) quizás la parca no andaba tan lejos. 
De noche no llora. Bien hecho. Está tan entusiasmado que ha olvidado darle café con leche a Katy Perry. Madura la idea. Luego duerme. Despierta. Es el día de cobro. Guau, guau, dice Katy, que traducido al español sería algo así como no lo hagas, ¡por San Antón!
Pero el topillo lo tiene claro. Este será el golpe de su vida. Abre la puerta del garaje y a la tercera consigue arrancar el Fiat amarillo que le compró a la Yoli por su cuarenta cumpleaños. Le duele la ciática al apretar el acelerador pero sólo será un minuto. Es la primera vez que tiene dos sueños. Si no atrapa el botín, pues está la otra opción. Bueno, ya saben, es duro. El topillo, el de verdad, el que no llora de noche no tiene nada que perder. 
En la tarde siguiente, los niños, los del bar, andan silenciosos. Lo único que se escucha es la tele y sus noticias: corrupción, Donald Trump, las primarias, sucesos. Butronero muerto en intento de alunizaje. Qué favorecido han sacado al topillo por la tele. Los niños brindan. Katy Perry sorbe su café con leche y suelta un maullido bien auténtico. Hasta siempre, Tomás. 

                      

AGAINST ALL ODDS

Sobre la idea 
de ti y de mí
dijeron
que no tenía
ni pies ni cabeza.                      

La verdad,
a día de hoy,
es que
tú vistes con sombrero,
yo calzo zapatos.

                       

lunes, 1 de mayo de 2017

OCHENTAITANTOS

Ayer en la noche llovía, mamá. Podrían contarse las gotas que han caído desde que te fuiste, pero un buen rato caía con ganas. Tú sin embargo volviste en la caída de la tarde de un día de junio del ochentaitantos. Lo sé porque la calle estaba bulliciosa, sembrada de niños jugando al bote-bote, los vecinos con las sillas en la acera y sus botijos, el sudor en la frente anhelando una gotica de poniente. Me cogiste del brazo para evitar tropezarte con los adoquines más antiguos del pueblo y me alegró sobremanera tu manera de caminar, ese sobresfuerzo por parecer ligera como papá cuando sus cervicales le daban tregua. Qué grande se te ha puesto ya el gatillo, te dijo la vecina, tu matrona, esa mujer que nunca se sentaba en la calle con la silla, supongo que por su estatus, y que siempre olía bien cuando me llamaba gatillo y a mí me entraban ganas de decirle miau, qué perfume usas mujer, ya no soy un gatillo por mucho que lo pareciese al nacer. Y tú me apretabas con fuerza, con mucha más fuerza que la última noche de reyes, cuando salíamos de casa, y el niño te rozó sin querer, tú lo sabes que fue sin querer, y te me caíste como un castillo de naipes, poco a poco, rogándome que no te agarrara con fuerza que te hacía daño, y por fin en el suelo, feliz de amortiguar como pude tu caída, triste porque tu caída metaforizaba que el tiempo me te quitaba de las manos, a ti, precisamente, que te quiero tanto tantísimo y de esta manera irracional que hace que aparezcas en una tarde noche de junio del año ochentaitantos. Portabas ese calor tan tuyo en las manos que yo me asía a ellas olvidándome de la ilógica de las cosas. Pasamos de largo de la casa, querías pasear, reconocer la calle como si llevaras tiempo sin verla, mira, la casa del panadero, sigue igual de abandonada, espero que no nos entren ratas a nosotros, miraste de soslayo la casa de las gemelas y te preguntaste en voz alta qué será del parricida, si habrá salido ya de la cárcel, hace tiempo que no se oye nada, y yo quise pasar de puntillas sobre el tema, pues todavía recuerdo las gemelas, con sus vestiditos blancos saltando la comba con esa ligereza propia de las niñas delgadísimas y altísimas para su edad, con esa suerte de ordinaria valentía que les daba el hecho de ser dobles y exactamente iguales. 

Las gemelas aparecieron muertas en el pozo de su propia casa después de tres días de búsqueda infructífera por el pueblo y la provincia. Entramos en la leyenda más negra de la España más profunda, junto a Puerto Hurraco y otros hechos. Ninguno de los chicos de mi pandilla se atrevía a hablar de las gemelas de noche, por miedo a que se colasen por su almohada. Murieron - las mataron - en una época en que la muerte para nosotros no estaba en la agenda. Morirse era un pecado, un macabro atrevimiento penado con el infortunio de no pronunciar más el nombre del difunto. Imagino que por eso la memoria colectiva convirtió a las gemelas en lo más parecido a una película de pura psicosis, de esas niñas dobles que la mente perversa, y a las tres de la mañana, te planta a ambas en sendos extremos del pasillo, en modo El Resplandor, de esas niñas valientes que no tienen nada que perder y cuya mirada has de evitar a toda costa. Fuimos calle abajo y te colmé de besos porque no sabes cuánto me pesa no haberte acompañado aquel último e inesperado día tuyo. Pero te mostrabas tan parlanchina que me dejé llevar por tu brazo siempre almohado, y tus manos cálidas, con ese lunar justo debajo de tu índice, el mismo sitio donde se me dibuja a mí un corazón de tres aurículas. ¿Habrá pasado ya la lechera? Anoche se me pegó y desperdicié por lo menos medio litro. No creo, te dije, suele pasar sobre las diez. Aquí vive Rubén. ¿Cómo están? ¿Sabes si su padre ha encontrado trabajo? El pobre está entrampado hasta la médula. Pasaban coches con esa velocidad moderada tan de los ochenta, los gritos alegres de los niños, las naranjas podridas caían de sus naranjos, y las salamanquesas empezaban a buscar la luz de las farolas. Pasó Paquita con su hijo en el coche, intentando buscar aparcamiento. Dijiste que querías verla, llevabas mucho sin hablar con ella. Me enfurecí y te regañé. Mamá, Paquita pasa de ti. Sólo te ha utilizado cuando necesitaba que le prestaras cuatro duros. Tuve que comerme mis palabras; cuando Paquita te vio, os abrazasteis como pocas veces, y yo, que soy tan sentimental, me contuve dos hipos y tres lágrimas que me avisaron de que Paquita, ¿Paquita no había? ¿No había...? ¿Dos años antes que tú?
Entramos en la casa. Las macetas en su sitio. El olor a jazmín todavía delataba la reciente primavera. Corriste las cortinas y el toldo. Dejaste que la luz entrara y también llegó la hermana Mari. Sus ojos como platos buscándote hasta el servicio. La acompañé como quien quiere mostrar un hallazgo. Vas a ver cuando la mires. Está tan tan bien. Y os dejé a solas en vuestro encuentro. Nunca fui celoso con las hermanas. Me querías tanto que no me importaba compartirte. Me asomé con esa alegría propia de una tarde de junio de un año ochentaitantos, con las vacaciones recién comenzadas; la vida, una fiesta a punto de empezar; la muerte, un acontecimiento de leyenda que no habitaba nuestras agendas. 
Por detrás escuché a la Mari quejárseme, ¿dónde está? ¡yo no la veo! Fuera, en la calle, las gemelas saltaban la comba y me miraron con esa sonrisa valiente de quien se sabe repetido. Recordé a Nicole Kidman, su ética avasallada por la terrible idea de que los muertos no deben mezclarse con los vivos. Comprendí. Traté de pronunciar el nombre de mi hermana. M-A-R-I. El esfuerzo de pronunciar los cuatro fonemas de su nombre me despertó y salí de mi cama con un escalofrío que me bajaba y me subía desde el hombro derecho hasta la cintura. 
Ya no llovía, mamá. Pero tú no estabas. 
                     

LO SIENTO

Corcoveo cuando me tocas
(sin avisar)
A veces pienso
que seas
él.
                              

MORIR DE MADRID

Ahora que he perdido las raíces y tú no dudas en culparme, siento que todo nace y todo muere en Madrid. Que una madre sin rostro me da a luz cada día frente a uno de esos centros de ilegales, o en los orinales de una estación de tren. Que huyo rehúyo busco y rebusco el peligro para no morir cada noche de tanto escalofrío.

Y todavía dices que la culpa la tuve yo.

Que cada vez que muero de Madrid, de policías pidiéndome datos sin que se atrevan a explicarme el porqué, de euros mal gastados, de asfixia, mis fosas nasales negándose a respirar oxígeno romántico ahora que mamá no está, que cada vez que sufro sobredosis de Madrid, marcho al sur...

Y todavía dices que tú pusiste todo de tu parte.

A pasarme los inviernos tomando salmorejo y arroz con leche a falta de las faldas de mamá, hablar inglés con los turistas y creerme que quizás aún soy útil, ver los aviones volando hacia Madrid como tú nunca lo haces, caminando olivares a medianoche y fumando porro a mediodía. 

Y todavía dices que yo no te quise de verdad.
                                           



Tengo amigos vanidosos que me quieren suficiente, que me alojan en sus casas y me charlan de corazones altruistas,
hermosos,
puros,
intensos,
sin ánimo de lucro,
rotos, mientras yo los utilizo para escudarme de la parca.

Y todavía dices que todo fue por una traición.

Le hago el amor a mi vecino musculoso allá donde antes había mimos y oxígeno romántico. Viste desnudo en primavera, despide a su esposa con un pico, me miran complacientes y me exclaman, ey, tío, ¿cuándo nos harás un poema? perpetúanos antes de que olvides nuestros nombres o mueras de Madrid.

Y todavía crees que yo no te quise. Qué sabrás.

Creí ahogarme en Malasaña, recibir un tiro en el templo de Debod, desmayarme sin oxígeno al salir del Museo del Romanticismo. Todo me nace y me muere en Madrid, ahora. Te fuiste tan con cara de quizás que yo vivo entre paréntesis, 
ahora.

Pero fuiste tú que me soltaste. 

                                

                    

                    

                    

                    

domingo, 16 de abril de 2017

OJOS DE OTRO

Anoche vino Oaks a verme y no veas qué sorpresa.
Su esclerosis y mi vacío lo han dejado sin tapujos
y sin pelos en la lengua.
Me dijo que merezco algo mejor que tú,
yo te defendí con el mismo argumento con el que tú te defiendes,
me quieres, me quieres, me quieres,
me miró a los ojos,
todo su dolor concentrado en las bolsas de sus ojos,
hablando con la certeza de quien no espera convencer, 
y me dijo que querer no es suficiente,
si no piensas
hacer
nada
al respecto.